Haber llegado a Georgia —país de la región del Cáucaso, entre Europa Oriental y Asia Occidental— no ha significado el fin del miedo para Lía y Almeris, sino la apertura de un nuevo capítulo de incertidumbre. Tan solo días después de escapar de Rusia —donde la persecución del aparato de seguridad cubano los alcanzó tras cinco años de estancia sin documentación legal—, esta pareja de activistas y su hijo menor de edad enfrentan la negativa de asilo político en su segundo país de tránsito, mientras claman por una visa humanitaria que proteja sus vidas.
El matrimonio de jóvenes cubanos y creadores de un canal online de denuncia contra la tiranía en Cuba conversaron con elTOQUE y contaron las vicisitudes que han atravesado durante su vida bajo el yugo castrocomunista y tras su salida de la isla. Para comprender el proceso de migración de esta familia es preciso viajar al pasado y narrar las consecutivas privaciones de libertad y desarrollo que moldearon la infancia y juventud de la pareja.
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Para Almeris, nacido en Camagüey en 1991 durante el denominado «Período Especial», los primeros recuerdos están indeleblemente ligados con la supervivencia. Con 3 años viajaba en el timón de la bicicleta de su padre hacia el campo en busca de cualquier fruto o alimento que les permitiera subsistir en medio de la escasez extrema.
«Tuve que enfrentarme a la cruda realidad de lo que es vivir bajo la dictadura cubana», rememoró al evocar una época en que, incluso, presenció el consumo de animales domésticos o inventos desesperados para calmar el hambre mientras sobrevivía a base de plátano y sopas. Para intentar mejorar las condiciones de vida, su familia se trasladó a la capital cubana, en donde él terminó de crecer.
Lía, nacida en 1996, creció bajo la misma miseria estructural en Centro Habana. En su memoria infantil quedó grabada la imagen de su madre improvisando una fogata con palos en el medio de la sala para poder cocinar por falta de gas y electricidad. Recuerda que una chispita de esa fogata incendió su abrigo de nailon y su cabello; afortunadamente y gracias a la acción de su madre, no pasó a mayores.
Años más tarde, mientras era integrante del coro infantil Amadeo Roldán, Lía experimentó la segregación oficial cuando la llevaron a cantar al Centro Internacional de Salud «La Pradera» —institución que solo brinda asistencia a pacientes extranjeros—. Mientras a los niños cubanos les prohibían acercarse a las mesas llenas de comida o a la piscina, había niños venezolanos y de otras nacionalidades que si podían hacerlo; pero a ellos, los de Cuba, los utilizaban como espectáculo publicitario. «Éramos el circo que iba a entretener y para que tiraran la foto de la propaganda castrista». Para ese momento, ella tenía alrededor de 9 años y le preguntaba a su mamá por qué no podía ser atendida en ese hospital que «parecía un hotel». Lía, desde pequeña, padeció de diversos problemas de salud, y por esa razón, aun siendo niña, le era difícil no comparar. La respuesta de su madre le chocó: simplemente le dijo que ese hospital no era para ellos.
Lía y Almeris crecieron de maneras diferentes, pero con un factor común: la carencia sostenida en la que el régimen obliga a vivir a todos.
14 años atrás, la música unió sus caminos y corazones en un parque de La Habana. Almeris tocaba la guitarra y Lía cantaba. A pesar de haberse graduado como técnico en informática, Almeris nunca pudo ejercer su profesión debido a las trabas estatales para asignar plazas tras cumplir el Servicio Militar; entonces, fue invitado por uno de sus tíos a trabajar en una óptica del sector privado. Lía, por su parte, estudió Lenguas Extranjeras y ejercía como guía turística independiente en recorridos que titulaba críticamente «Caminando por la realidad de Cuba»; para ella, ese era su «granito de arena».
Años más tarde, y debido a que ambos eran cuentapropistas, el confinamiento por la pandemia de COVID-19 destruyó sus escasos medios de vida. Para sobrevivir, Lía vendía croquetas en la calle; para elaborarlas, utilizaba la leche que le asignaban a su hijo a través de la libreta de racionamiento.
La asfixia económica los llevó a vender su pequeña vivienda por solo 3 000 USD con la idea de emigrar. Sin embargo, el 11 de julio de 2021, mientras buscaban ingredientes para una sopa que Lía le prepararía a su mamá (quien estaba convaleciente en ese momento), se tropezaron con la manifestación masiva en la calle y se sumaron a la marcha. Lía admitió entre lágrimas que en la efervescencia de la protesta le decía a su marido que ya no se irían de Cuba porque creía que ese alzamiento les daría la tan ansiada libertad. Pero eso no sucedió.
Tras la violenta represión policial con palos y disparos, ellos recibieron citaciones para presentarse en la unidad policial de Zanja. Allí, enfrentaron un interrogatorio de más de diez horas conducido por un teniente que repetía de forma incisiva la pregunta: ¿quién les pagó? «Nos amenazaron con el niño, con que no lo íbamos a ver más», señaló Lía sobre la coacción sufrida para forzar su salida del país. Relató que solo los dejaron ir porque los entes policiales sabían de sus planes de migrar y les dijeron que se fueran de Cuba lo antes posible.
Después de esa comparecencia, miembros de la Seguridad del Estado fueron a casa de sus familiares para advertirles que debían apresurar el viaje. Ellos no sabían a dónde ir, sí tenían intenciones de dejar el país, pero no tan rápido y bajo la presión del régimen. La pandemia, además, limitaba aún más las opciones.
Por esa razón, se decantaron por Rusia, que era de los pocos destinos de libre visado para cubanos, además de que Almeris tenía un amigo en territorio ruso que compró los pasajes por ellos. Decidieron irse a la patria de Putin aun sabiendo que era un país aliado de la dictadura caribeña.
No obstante, no todo fue tan fácil. Les pedían pruebas de COVID-19 para abordar el avión en Matanzas (ciudad de la que salieron), así que tuvieron que acudir a realizarse las PCR. La primera prueba de Almeris dio positivo, se la repitieron y dio negativo; la de Lía arrojó negativo, pero el resultado de su hijo, de entonces 7 años, nunca apareció. «Una doctora me dijo en tono muy serio: “no te lo van a entregar”», recuerda Lía. Pocas horas antes del vuelo y ante la negativa de dejar a su niño atrás, la joven madre se vio obligada a falsificar el resultado, tomó una forma médica y la llenó ella misma mientras se trasladaban de La Habana a Matanzas.
El matrimonio cubano aún piensa que el hecho de que el centro de salud no les diera el resultado de su hijo representa un mecanismo de coacción que el régimen emprendió para obligarlos a dejar al menor y luego usarlo para mantenerlos silenciados. No sería la primera vez que el Estado cubano utiliza ese mecanismo contra activistas y disidentes.
En septiembre de 2021, lograron llegar a Rusia, y al mostrar las formas con los resultados de las PCR, las autoridades aeroportuarias les dijeron que esos papeles no servían para nada «prácticamente nos dijeron que eran basura», comentó Almeris en un tono agridulce. Sin embargo, les permitieron entrar a territorio ruso.
En Rusia, sobrevivieron en la ilegalidad, trabajaron extenuantes jornadas de 15 horas diarias —ella en la cocina y él como mesero del mismo restaurante—. Hasta ese punto, permanecían callados, no opinaban públicamente del régimen de La Habana, pero pasó algo que lo cambio todo. Lía perdió a su madre por lo que ella denomina «un acto de negligencia médica». La muerte de la madre de Lía en Cuba ocurrió en diciembre de 2025: «a mi madre me la mataron los médicos cubanos, le pusieron un medicamento para bajar la presión y ella sufría de presión baja», aseguró con voz llorosa.
Ese hecho transformó el dolor —por una despedida que no pudo darse— y el duelo en un punto de no retorno que los impulsó a romper el silencio y crear el canal «No me callo más» en YouTube y otras redes sociales para denunciar los abusos del régimen.
La respuesta del aparato represivo cruzó las fronteras. El jefe de sector de la comunidad donde vive el padre de Almeris en Cuba, lo interrogó y les envió con él un mensaje para que dejaran de publicar contenido; un contacto policial —dijeron— les alertó acerca de que la Inteligencia cubana los tenía ubicados en Krasnodar, ciudad del suroeste ruso donde residían. A lo anterior, se suman amenazas en línea que constituyen acoso por el activismo digital que los dos ejercen.

Captura de pantalla.
Ante el riesgo y el miedo inminente de detención o deportación derivado de la amistad entre Moscú y La Habana, emprendieron una huida de emergencia.
Viajaron nueve horas por carretera hasta el aeropuerto de Mineralnye Vody para evadir controles policiacos. En la terminal aérea vivieron una angustiosa retención por parte de las autoridades migratorias rusas debido a su estatus irregular: «en ese momento pensamos que ya nos iban a entregar a la dictadura cubana», dijeron. Pero no fue así y los agentes del aeropuerto los dejaron abordar el avión hacia su nuevo destino, Georgia, país que escogieron por lo fácil que les fue obtener una visa de turismo.
En ese país llevan pocos días, pero la respuesta oficial ante la petición de asilo ha sido demoledora. El Gobierno local y la Agencia para los Refugiados de la Organización de las Naciones Unidas (Acnur) les han dicho que es casi imposible que les den asilo y aseguraron que en su situación hay al menos 60 cubanos en este momento en Georgia.
Lía y Almeris, junto a su hijo, se encuentran en un limbo migratorio y lo viven entre sollozos y sin recursos. Por ahora, solo estarían legales los tres meses que les otorga el visado electrónico. Al parecer, su huida no finalizará.
La pareja pidió públicamente, a través de la entrevista con elTOQUE, apoyo a las autoridades internacionales para que evalúen su caso y consideren otorgarles una visa humanitaria urgente en Georgia o cualquier otro país. Alegan la necesidad de proteger a su hijo mientras reafirman su compromiso de no callar. Como muestra de su resistencia, Lía evocó los versos del musical Los Miserables que suele interpretar: «en esta barricada hay un mañana que vivir. Esclavos seremos o libres, depende de ti», finalizó cantando y pidiendo por una Cuba libre.














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