Yolanda tenía cinco años cuando su padre se fue para los Estados Unidos. Nunca más supo de él. Seis años había cumplido cuando el padrastro comenzó a abusar sexualmente de ella.  A los siete su madre le rompió la frente lanzándola contra una cama de hierro.

Vivió en el barrio de Belén hasta que, a los 14 años, salió huyendo. Desde entonces comenzó a subsistir gracias a lo que robaba en las tiendas. En pocos meses entró a prisión por agredir a una teniente. Fue la primera de sus tres estancias en la cárcel.

“Crecí en un infierno donde había que aprender a sobrevivir. A mí quien me tocara, sería golpeado con más fuerza. Esa policía me levantó la mano primero. Yo solo le respondí el golpe, pero siempre él más débil pierde. Y aunque era menor de edad, me recluyeron. Era una niña rebelde y agresiva, pero era una niña. Aquel lugar no me educó, solo sirvió para torcerme más”.

A los 16 años tuvo a su primera hija. Con Rosmery en brazos un día dormía en casa de su mamá, otro con la abuela paterna y a veces en el alquiler de turno. “Rodar por ahí es duro pero hacerlo con un muchacho es una locura”.  Luego nació Keylap. Entonces sí, con dos niñas y 23 años, comenzó a prostituirse.

“La gente dice que es un camino ´fácil´,  pero no hay nada de fácil en fingir placer cuando te sientes asqueada. Tuve sexo con hombres sin gustarme y con algunos malolientes que no me dejaban de manosear. Unos pagaban bien, pero otros cuando terminaban te decían que no te iban a dar nada, y si te quejabas te amenazaban con la policía.”

Tenía noches de acostarme con muchos tipos. Salía de la discoteca con uno, regresaba y conseguía otro, y así, hasta que cerraban el lugar”.

Al amanecer yo me había acostado con seis y estaba borracha.

– ¿Eras alcohólica?

– Si entras a un bar con un “yuma” tienes que consumir para que el dueño o el barman te den una comisión. Me tomaba muchos mojitos para que me pagaran. Ahí comenzó la adicción.

Yolanda volvió a la cárcel nuevamente, dice que por ser considerada “potencial delictivo”. Sin delito probado (porque en Cuba la prostitución no es delito, sino un factor de “peligrosidad social”) esta mujer convivió durante un año en el mismo piso con las reclusas más violentas.

Después de eso quería tranquilizarme, pero necesitaba un lugar para vivir con las niñas y estaba dispuesta a todo para conseguirlo. Hace 10 años hice mi última locura.

Foto: Yander Zamora

Yolanda aprovechó una madrugada de 2006. Bebida, rompió una ventana de cristal y ocupó un local abandonado. Era una antigua lavandería humanamente inhabitable. Un espacio de paredes mohosas y pestilentes.

“Al principio me quisieron sacar, pero no me dejé. Yo soy muy fuerte. No iba a volver a las calles. Nueve años después todavía estoy legalizando papeles en Vivienda para que sea mi propiedad, pero no me he ido”.

“Desde entonces estoy limpia de alcohol, de crack, de prostitución. Tenía dos motivos grandes para dejar esa vida tan sucia. Y eso mis hijas me lo agradecen: una ya se graduó de nivel medio y la otra está estudiando. Son muchachitas buenas y a pesar de mi pasado están orgullosas de mí, por lo que soy ahora”.

“En 2012 mi delegada de circunscripción me habló de las cortes de mujeres contra la violencia. Me explicó que era un proyecto del Instituto de Filosofía que promovía contar testimonios frente a un jurado simbólico. Esa fue la primera vez que narré todo lo que había vivido. Al principio me dio pena pero luego sentí que me sacaba demonios.

Ni los más cercanos sabían que el recuerdo más atroz de mi niñez era sentir a mi padrastro tocándome, en la misma cama donde dormíamos los tres.

En 2015, en Centro Habana, siete mujeres se reunieron para compartir las historias más crudas que puedan pensarse, siete pedazos de vida de La Habana más profunda. Esta fue la primera corte que organizó la propia Yolanda.

Es la definitiva vuelta de página de ella con su pasado, y ahora es, con orgullo, una graduada como educadora popular en el Centro Martin Luther King, vigilante en su Comité de Defensa de la Revolución y asistente asidua a eventos feministas. Hoy, además, se acerca a jóvenes de su barrio que se prostituyen o consumen drogas.

“No trato de imponerles nada, solo los busco y converso. Le doy los consejos que yo no tuve. Las muchachitas me dicen:´Yolandita, pero si no jineteo ¿qué como?´. Y esa es la visión que hay que cambiarle. No pueden ver la prostitución como la única salida. Ese fue mi error hasta que toqué fondo y mírame hoy: soy la recepcionista del Instituto de Filosofía. Trabajo con personas cultas, preparadas y ellos me tratan sin menosprecios. Confiaron en mí.  Me ayudaron a ser otra persona. Y yo quiero hacer lo mismo por otros”.

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