Por Milena Recio

El presidente Miguel Díaz-Canel está a punto de cumplir sus primeros seis meses a la cabeza del país. No solo se le ha visto al frente de las cada vez más frecuentes reuniones de su Consejo de Ministros y de las comisiones y grupos de trabajo. En la calle le dicen el Caminante en Jefe, y está claro que significa una chanza, pero también un reconocimiento. La gente suele sentirse agradecida si la van a ver, a conversar, a preguntar; aunque nadie llegue repartiendo regalos ni haciendo promesas, sino más bien arengando y dando instrucciones.

Lo cierto es que Díaz-Canel tiene probablemente más kilómetros recorridos en estos meses que todos los que acumuló Raúl Castro en sus casi 12 años en el mismo cargo. Está claro que son dos estilos muy distintos, aunque el nuevo Presidente enfatice siempre la continuidad de la que él es portador.

Se le ha visto, además, muy activo en política exterior. Su agenda en Nueva York el pasado septiembre estuvo cargadísima. No todo quedó perfecto, pero casi todo quedó muy bien. Díaz-Canel regresó a casa después de tres discursos en la ONU y más de 20 reuniones bilaterales con jefes de Estado y otras personalidades, incluidos congresistas, empresarios y artistas estadounidenses. Usando la misma camisa con la que tocó tumbadoras en una fiesta con cubanos en Nueva York, se bajó del avión en La Habana, de regreso. Cosechó, entre otras cosas, el acuerdo de una visita a Cuba del presidente español Pedro Sánchez. Otro tablero de ajedrez.

Díaz-Canel baila y toca tumbadora en NY

El presidente de #Cuba, Miguel Díaz-Canel bailó y tocó percusión en #NuevaYork.

Posted by OnCuba on Sunday, September 30, 2018

Así va el ingeniero villaclareño de 58 años, con la oportunidad de oro en sus –y nuestras– manos para rediseñar el país mediante una nueva Constitución. Un regalo de la vida, si se quiere ver de ese modo. ¿Cuántos nuevos mandatarios han podido estrenar Constitución acompañada por un acto de votación que se sentirá e interpretará como un gran referendo reafirmatorio para el gobierno?

El nuevo presidente también se emplea a fondo, incluso desde antes de tener su cargo actual, en el ámbito de la comunicación social en Cuba. Lo que se ha llamado “la esfera ideológica” es de su preferencia, según las evidencias indican.

Se sabe que ha participado durante años en la redacción de una llamada Política de Comunicación, cuyos contenidos todavía no se han difundido ni aclarado, mediante la cual se intenta reglamentar el campo del periodismo y la publicidad en Cuba. El presidente está también vinculado directamente a los temas del gran cauce de acciones que por décadas se ha denominado “Informatización de la Sociedad cubana”. Dentro de él, el gobierno electrónico es un eje principal y Díaz-Canel ha decidido dar el ejemplo.

Hace unos días, exactamente el 10 de octubre –a los 150 años de que Carlos Manuel de Céspedes inaugurara Cuba–, el presidente cumplió la promesa hecha en el pasado Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba: inauguró su cuenta en Twitter, como tuitero.

Díaz-Canel consumió ese día toneladas extra de la atención que habitualmente suscita. Un rostro “photoshopeado” y un tuit de estreno desde La Demajagua, en Granma, surgieron en la red. La prensa nacional e internacional se refirió a esta nueva fase digital del jefe de Estado como una gran noticia.

En su cuenta se describe como “Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba. Comprometido con las ideas martianas de Fidel y Raúl.”

El mundo está lleno de presidentes tuiteros –incluso algunos fuertes aliados como Evo Morales o Nicolás Maduro llevan años en esa lidia. Un estudio de Twiplomacy de este año notifica la existencia de 951 cuentas en Twitter (372 cuentas personales y 579 institucionales) de jefes de Estado y de gobierno y ministros de relaciones exteriores de 187 países (del total de 193 que integran Naciones Unidas). Desde el 10 de octubre, hay una más. Pero no es cualquier otra.

Se trata de la cuenta en Twitter del presidente de la nación con uno de los más bajos índices de penetración del acceso a Internet y redes en el mundo, al mismo tiempo que es una de las de más alto nivel de escolarización. Otra de nuestras paradojas.

Nuestra precariedad digital garantiza que pocos cubanos, estadísticamente hablando, se relacionen con redes con la frecuencia e intensidad estándar en nuestra región y en buena parte del mundo. Y no digamos ya la gran Internet de cobertura global; hablemos, para empezar, de las raquíticas redes nacionales, que de tener una situación más favorable permitirían no solo navegar entre los portales de noticias de la prensa cubana, sino también pagar el recibo de la electricidad y hacer transferencias bancarias desde casa, distribuir libros de texto en formatos digitales, conocer en tiempo real los datos de temperatura del país o las oscilaciones de los precios del ajo en toda la isla a lo largo de una jornada (si es que oscilan).

El retraso con que estamos llegando los cubanos al mundo digital –no intentemos ahora discernir las causas– trae consigo varias contrariedades que han sido muchas veces advertidas. Siempre las he visto como una especie de hipoteca que tenemos sobre nuestros hombros y los de nuestros hijos. Escojo solo referirme a dos. La primera es la todavía inmadura comprensión que existe entre amplias zonas de los mandos altos, medios y bajos acerca de cómo se realizan los múltiples vínculos entre crecimiento económico, desarrollo social y tecnologías digitales. Por ejemplo, creo que aún no se entiende bien el ADN descentralizador de lo digital, ni el sentido transterritorial de lo global.

Otra razón por la que avanzamos escorados en el mundo de las redes es por la poca claridad que impera entre los cubanos, no solo dentro de la Isla, sino también entre los que viven fuera, sobre la dinámica democrática que propicia lo digital.

En vez de contribuir a una sociedad cada vez más plural, parecería que los islotes de ágoras virtuales que tenemos, en ocasiones sirven más para la polarización en términos ideológicos. Así también se escamotea o se pretende escamotear la posibilidad de participación democrática desde o para Cuba.

Por otro lado, quienes dirigen los procesos fundamentales de la “esfera ideológica” y la reproducción cultural en Cuba siguen dando a entender que tienen una visión muy instrumental de las redes y especialmente de Internet. La siguen viendo como un simple altavoz, desde donde se pretende “dar una imagen de Cuba”, que en realidad ellos cada vez controlan menos, aunque pretendan lo contrario.

Las redes no son, o no deberían ser, el lugar donde mejor se organiza un rebaño o desde donde más “alto y claro” se difunde una idea.

Las redes no son “medios de difusión”, sino zonas explosivas y creativas de convivencia social, donde el conflicto está implícito. En ellas nadie tiene la voz más gruesa por úcase. Los liderazgos en las redes son nómadas y siempre hay permutas de roles; se recrean las ideas y las verdades se entremezclan. Y esto que digo no es teoría, ni un simple delirio utópico de algún entusiasta libertario.

Cuba está lejos de tener un gobierno 2.0 y no solo por el hecho de que escaseen los artefactos y las conexiones, tanto para gobernantes como para gobernados. También nos faltan las mentalidades. Y es sabido que estas se construyen desde la práctica (puro marxismo).

¿Qué podría hacer el gobierno cubano en el escenario virtual?

El presidente Díaz-Canel, al abrir su cuenta en Twitter, acaba de escapársele por un lateral al status quo cubano predominantemente analógico. Ahora le quedan muchos metros de carrera, tan fatigosa como creativa y democratizadora, para llegar a marcar goles.

Hasta el momento que escribo, @DiazCanelB ha publicado 68 tuits en cinco días. De ellos, la inmensa mayoría son retuits de prensa cubana sobre temas nacionales vinculados a acciones directas de gobierno o a la denuncia del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba.

Otros tuits repitieron la fórmula de enfatizar ese aparente sentido de ubicuidad del presidente –por suerte la isla de Cuba es pequeña:

Esa fórmula, repetida una y otra vez, sin precauciones, puede terminar pareciendo mera propaganda.

En 280 caracteres, además de los hashtags de rigor, cabe que el presidente de vez en cuando nos cuente qué se discutió durante la visita, qué quedó pendiente por revisar, qué se logró recuperar en la Isla de la Juventud o construir o enmendar en cualquier otro territorio; qué está en proceso; cómo se llaman y qué responsabilidades tenían sus interlocutores. Más información permitiría hacer parte, a quien lee, de la acción de gobierno. Empatía, lo llamamos.

¿Qué tal si un día los Consejos de Ministros dejaran de ser esas reuniones crípticas contadas en Granma varios días después por dos periodistas especializadas en ello que saben cómo decir poco con muchas palabras? Podría el presidente tuitear en directo alguna vez y hacer él mismo los anuncios, cuando existan.

¿Por qué no estimular, además, que aparezcan respuestas –en ese u otros espacios– a los tuit presidenciales, por parte de usuarios con capacidad para aportar más datos, ideas nuevas, críticas o propuestas no recibidas y, sin embargo, útiles y deseables?

Un presidente en Twitter es un ente mucho más libre, con las riendas mejor tomadas sobre su propia comunicación. Tiene permanentemente el derecho de palabra: el micrófono en la mano sin esperar a que nadie se lo dé.

Liberado del sometimiento tradicional a la prensa, que por muy fiel que sea, es una mediadora capaz de distorsionar los mensajes o fallar al distinguir lo relevante de lo que no lo es tanto. Cuanto más omisa, insegura y poco creativa, la prensa termina achatando más la acción política a la cual se refiere.

Un presidente en Twitter es un servidor público que, además de sus habituales tareas, asume por convicción y voluntad ofrecer el diálogo como vía de crecimiento social. Podría ser una experiencia políticamente aleccionadora para cada ciudadano.

Un presidente en Twitter podría ser un importante educador, y un gran demócrata.

 

 

Este artículo fue publicado originalmente en OnCubaNews