Cien años de una oportunidad (perdida)

13 de agosto de 2026 a las 07:10 a. m.

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Un mural descascarado de Fidel Castro cubre una pared en La Habana, Cuba, el miércoles 12 de agosto de 2026. (AP Foto/Ramón Espinosa)

Un mural descascarado de Fidel Castro cubre una pared en La Habana, Cuba, el miércoles 12 de agosto de 2026. (AP Foto/Ramón Espinosa)

Habrá algunos que querrán aprovechar este 13 de agosto, cuando se cumple el centenario del nacimiento de nuestro Comandante en Jefe, para declararlo Día Nacional del Aborto. Gente desagradecida que no sabe apreciar la grandeza de aquel que vio hace un siglo la luz en Birán para terminar quitándosela al resto de la isla. Porque quienes sueñan retrospectivamente con el aborto de Lina Ruz en las primeras semanas de 1926 son de los que ven el vaso medio vacío y fantasean con una Cuba en la que nunca hubiese existido el más jefe de los comandantes. Eso, en vez de soñar en grande y pensar en el vaso lleno. Aunque nunca de leche, por supuesto, porque como sabemos, la leche es un invento de la CIA para que los niños cubanos piensen que se están perdiendo algo.

Si los sueños del Comandante no se cumplieron a plenitud fue un poco por mala suerte y otro poco porque los cubanos no estuvimos a la altura de nuestro máximo soñador. Mala suerte de haber nacido y aplicado sus esfuerzos en una isla de 110 000 kilómetros cuadrados y que tenía un poco más de 6 millones de habitantes a su llegada al poder. Si con tan pobre punto de partida el Comandante terminó interviniendo en buena parte de África y América Latina, ¿qué no habría hecho con un país a la altura de sus anhelos? Lo que deberíamos preguntarnos no es lo que hizo el Primo Comandante Assoluto con la materia prima que encontró, sino lo que habría hecho con una más digna de sus designios. Sí, fusiló a unos cuantos miles de desagradecidos a su llegada al poder y encarceló a otras decenas de miles. Eso y el montón de ineptos para la exigente fragua de la revolución que envió a ese monumento a la reeducación y adquisición de buenas costumbres que fueron las UMAP y sus instructivos cortes de caña en Camagüey. ¿Se imaginan ustedes lo que habría hecho si en lugar de 6 millones y Camagüey hubiera dispuesto de 200 y la Siberia?

Innecesario recalcar aquí todo el esfuerzo desplegado por el Comandante para erradicar esos agentes del capitalismo como son la propiedad privada y el bistec. Porque si al llegar al poder en Cuba había 6 millones de cabezas de ganado vacuno, o sea, una por habitante, tres décadas más tarde quedaban unas 200 000 para 10 millones de habitantes; algo así como 50 cubanos por cada vaca a las que se habrían zampado en un simple almuerzo. De ahí su sabia medida de tratar a las vacas como animales sagrados cuya muerte e ingestión castigaba como si le hubieran matado a un hijo. Que para eso el Comandante también era el padre de la ganadería cubana. Y en cuanto a la propiedad privada, el Comandante nacionalizó todo lo que podía ser nacionalizado, desde los centrales azucareros y las refinerías de petróleo hasta los puestos de fritas y los carritos de granizado. Y si no nacionalizó la ropa interior y los cepillos de dientes, al menos organizó su distribución para asegurarse de que a cada cubano y cubana se le venciera el elástico de los calzoncillos o las bragas más o menos al mismo tiempo y evitar las injustas desigualdades del capitalismo donde unos tienen mucho y otros no tienen casillas para ropa interior en la libreta de abastecimiento.

Incluso los peores críticos del Comandante, debidamente subvencionados por la CIA, poco podían decir de sus grandes logros como el deporte, la educación, la salud y el marabú. Dirán si acaso que el deporte y la salud los subvencionaba la Unión Soviética y que la educación empezaba con la letra F, de Fidel y fusil y solo servía para leer el Granma y discutir los discursos del Comandante en los círculos políticos. O que todos esos avances desaparecieron junto con la URSS. Pero ¿qué van a decir del marabú, a ver? Porque con un mínimo esfuerzo y sin ayuda exterior el Comandante logró que en tiempo récord el marabú se adueñara de los campos cubanos. Que no se supiera qué hacer con una planta tan entusiasta y agradecida solo es testimonio de la miopía de sus compatriotas que ahora cuando, por motivos que no es necesario mencionar, se han vuelto al tradicional método de cocinar con carbón nada mejor para producir combustible vegetal que el marabú patrocinado por el visionario líder.

Y así con todo. Nadie como el Gran Hijo de Birán para convertir aparentes reveses en sonoras victorias. Otro en su lugar se hubiera amilanado ante la perspectiva de construir el comunismo a solo 90 millas de la meca del capitalismo. Donde muchos veían como obstáculo insuperable la cercanía de cohetes y bombarderos imperiales el Comandante vio una oportunidad: supo aprovechar la proximidad para hacer que los cubanos recorrieran esas 90 millas en cuanto objeto flotante pudieran encontrar, desde neumáticos y palanganas hasta armarios y Chevrolets debidamente impermeabilizados. Y así, de paso, se daba el gusto de alimentar a los tiburones del Golfo con los menos aptos para completar la travesía. Donde otros veían éxodos vergonzosos, el previsor líder lo aceptaba como la necesaria liberación de lastre de la nave revolucionaria y futura fuente de remesas en momentos difíciles.

Unos lamentarán la desaparición del Comandante pero este —para no darnos oportunidad de extrañarlo— creó la revolución energética que implantó los grupos electrógenos, condenó a las grandes termoeléctricas a la extinción y puso a toda Cuba a cocinar con hornillas eléctricas. Todo eso funcionaba cuando el petróleo venezolano entraba a Cuba a borbotones, cierto, pero luego de cerrarse la llave venezolana —por motivos que no es necesario mencionar— los cubanos se han visto precisados a recordar al Comandante. Y a Lina Ruz, su progenitora. Si Homero decía que los dioses tejían desdichas para que los futuros poetas tuvieran motivos para cantar, hoy se hace evidente que el Comandante multiplicó el marabú para que las amas de casa del futuro tuvieran carbón con qué cocinar.

Aun así, debemos reconocer que con todo y sus dotes de profeta la comandántica ausencia nos deja un vacío más irrellenable que estómago cubano a medianoche. ¿Se imaginan todo lo que podría hacer ahora con la maleable arcilla de estos años cubanos? Si con la Zafra de los Diez Millones difirió las navidades por 30 años, con el Mariel le malogró las elecciones a Carter y con el Período Especial se volvió más creativo que Leonardo Da Vinci en el Renacimiento con sus picadillos de texturas varias, sus plátanos microjet y pedraplenes, ¿qué no haría ahora su desaforada imaginación con tanto estímulo actual? ¿Transformaría los basureros en los que se han convertido las calles cubanas en organopónicos para cultivar frutos menores? ¿Los apagones nacionales en maniobras para volver la isla indetectable a los bombarderos enemigos? ¿El hambre —o dificultades alimentarias por motivos de todos conocidos, según su nomenclatura— en batalla final contra el colesterol? ¿Aprovecharía los breves alumbrones para explicarnos la realidad con sus pedagógicos discursos? De ahí que ahora, cuando conmemoramos un siglo de su nacimiento, apenas estemos en condiciones para valorar todo lo que hemos perdido con su ausencia. Y, lamentablemente, tengamos que conformarnos con declarar el 13 de agosto Día Nacional del Aborto porque con gente como el Comandante más vale precaver que cientos volando.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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