Desde hace tiempo padezco un síndrome molesto, una dolencia común para quienes habitamos esta isla. Sus síntomas son fáciles de reconocer y casi siempre se presentan de la siguiente manera: llegas a una tienda con la ambición de comprar ese artículo necesario -que casualmente viste ayer pero tu capital no alcanzaba- y ¡zas! el producto se esfumó; recorres una, dos… diez tiendas más y terminas por darte cuenta que la mercancía no figura ni en centros espirituales.

El fenómeno se repite por períodos. Lo he sentido en carne propia con más fuerza porque hace aproximadamente un año mi casa está en construcción. Solo quien haya pasado por  semejante proceso, sabrá que se necesitan meses para reunir los materiales precisos. Cuando al fin aparece la arena, se pierde el cemento blanco; si afortunadamente encuentras un lavamanos, entonces se evaporan los tubos de plomería. Construir en Cuba pareciera una ecuación, donde resulta imposible despejar el total de las variables.

Pero esta manifestación es polifacética y se despliega en casi todas las aristas de la vida. Me he visto en la necesidad de buscarle un nombre que la distinga entre los sucesos cotidianos. Con un epíteto ilustrativo y poético, he bautizado como “Síndrome de cuarto menguante” al fenómeno de carestía cíclica que padecemos.

Pareciera depender de las fases lunares porque el malestar nos afecta de muchas maneras. No solo logra obstaculizar la reparación de un inmueble, sino que a veces afecta las necesidades más básicas. Puede escasear lo mismo el papel higiénico, el shampoo sin sal o el picadillo de pavo, así como los condones, y las chancletas de baño. Es entonces cuando debemos ponernos creativos para no amargarnos la existencia.

Pensemos ahora en varios de los componentes que le inyectan energía al síndrome. Externamente, el bloqueo impuesto desde el norte ha fraguado sus cimientos. La distancia de los mercados y las condiciones hostiles en que Cuba debe negociar, dificulta y encarece la importación de productos.

Otros factores internos fortalecen el fenómeno. Alentados por la inestabilidad de los artículos comerciables en las redes de venta, cobran auge los famosos revendedores que convierten la especulación en herramienta laboral. Sus currículos avalan cierta destreza de oficio: conocen perfectamente los artículos propensos a la extinción, hacen compras mayoristas y luego nos restriegan en la cara que ellos son la única alternativa. Entonces, cedemos a sus precios o perecemos detrás de las vidrieras en una espera insegura. En la filosofía de dichos depredadores el desabastecimiento se torna una bendición.

Por suerte a los cubanos se nos da bien el arte de la inventiva. Y es que no nos queda de otra. Si no encontramos la pieza idónea del almendrón, siempre podremos adaptar una similar de Lada. Si está perdida la Dipirona, echamos garra al Paracetamol. En Cuba sabemos bien que “a falta de pan, casabe…”, mientras tanto seguimos sujetos a la ley de oferta, demanda y escasez.