La noticia del día era la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y no pocos se mostraban atónitos o indignados. La cola para la consulta médica estaba igual de henchida y muchos aprovechaban para rajar contra Trump. La mayoría sin saber nada de Trump ni de política, pero igual opinando. Al cubano no le gusta quedarse callado aunque se esté hablando de pelota o de botánica.

Yo me acomodé en el oscuro pasillo en el que habían apiñadas dos hileras de sillas y saqué mi móvil para distraerme con algún juego o aplicación de androide, pero la voz de una mujer me hizo aguzar el oído:

—¡Yo sabía que iba a ganar el Trump ese! —dijo—. ¡Lo sabía desde que vi que la Clinton era su oponente, porque quién ha visto a una mujer de presidenta!? —y su mirada y los gestos de sus manos acompañaban el tono despectivo de su voz.

Sentí soberbia, sentí genio, pero sobretodo sentí incredulidad. Mis ganas de rebatirla iban en aumento cuando un hombre entró en escena. El señor le dijo calmadamente:

—¿Usted sabe quién fue Margaret Thatcher? ¿No? Pues sepa que fue la Primera Ministra de Reino Unido por más de diez años y lo hizo tan bien o mejor que todos los hombres que estuvieron antes que ella. ¿Usted sabe quién es Ángela Merkel? ¿Tampoco? Pues esta mujer desde 2005 es canciller de Alemania y gracias a ella este país posee hoy la mejor economía de Europa. ¿Quiere saber más?

Hubo silencio después de aquella apología femenina. El rostro de la mujer se llenó de recelo y de impotencia, como si quisiera rebatir pero no supiera cómo hacerlo.

Yo pensé en todas las mujeres que el hombre no mencionó y que son parte esencial en la Historia Universal, en las tantas activistas feministas cubanas que se estremecerían en sus tumbas si hubiesen escuchado semejante opinión de una de sus congéneres, e imaginé cuántas de nuestras féminas —federadas o no— podrían quitarle el voto a una hipotética aspirante a la presidencia del país, nada más por ser mujer, o sea: igual a ellas.

Se lucha por llegar a la equidad entre los derechos del hombre y la mujer, pero el paquete cultural que heredamos es tan raigal —incluso puede llegar a ser denigrante— que a veces ni hombres ni mujeres saben cuándo están discriminando los unos a las otras, o ellas mismas asumen la autodiscriminación como una forma posible de vida.

También imaginé un posible acercamiento amoroso o afectivo entre esos dos personajes que me acababan de robar la mañana y captaban toda mi atención —al punto de hacerme olvidar lo mucho que se demoraban los doctores en llamar a sus pacientes—, y me pregunté si esa mujer estaría dispuesta a tener una relación con un hombre que fuera capaz de considerarla tal y como su condición humana exige, y si él podría llegar a demostrarle que por nada en este mundo, por ser mujer, ella tiene razón alguna para sentirse menos.