Como periodista me he topado con el silencio informativo que ha  rodeado el brote de dengue de los últimos tiempos en mi país. Y sin proponérmelo, viví en primera persona  la  crónica de un revelador internamiento preventivo como consecuencia de la enfermedad.

“El resultado de la prueba demora un rato, así que yo te recomiendo que pases por la casa…y recojas”, me dijo el médico con cara de quien no quiere decir  pero es lo que toca.

Un malestar general desde hacía tres días, dolor en la cavidad ocular, sensación de fiebre y una erupción en todo el cuerpo, me pusieron esa mañana ante el doctor, buscando confirmar lo que los médicos por cuenta propia de mis colegas ya habían dictaminado: “¡tienes dengue!”

Sin poderlo confirmar, porque solo una prueba al sexto día de los síntomas lo corrobora, el doctor me registró en la lista de los “sospechosos” (que ya iba por diez) y me envió en un taxi gratuito hacia el sitio donde concentran todos los casos de la ciudad de Cienfuegos.

Partí a mi ingreso como quien va a una aventura porque en esta inesperada infección encontré, por fin, un santo grial periodístico: para descubrir (y describir) cómo enfrenta el sistema de salud cubano a la recurrente presencia del dengue, ya no tenía que esperar por una fuente oficial siempre escurridiza. Yo sería mi propia fuente oficial.

El dengue retornó a Cuba (tras haber sido erradicado en la década de 1980) en los cuerpos de los médicos enviados a servir en países subdesarrollados de la región y de África, y también de los jóvenes de esos mismos países que llegaron a este archipiélago caribeño a cursar la universidad.

Las deterioradas condiciones higiénicas en muchas zonas del país y la desidia de muchos habitantes (quienes, por ejemplo, dejan sin cobertura los depósitos de agua limpia y los convierten así en criaderos seguros de los mosquitos transmisores) han vuelto recurrente la aparición de casos entre los cubanos, desacostumbrados pacientes de esta afección.

Por la mala prensa que acompaña al dengue y su presumible efecto sobre la imagen turística y política del país, existe desde hace años un elevado control sobre la información que pueden transmitir todos los medios de comunicación nacionales sobre esta enfermedad.

Resulta sumamente infrecuente escuchar el número de enfermos, la localización de un brote y mucho menos si se ha registrado algún fallecimiento, y se recurre con frecuencia al eufemismo de “síntoma febril agudo” para referirse al padecimiento, aunque es abundante la cantidad de advertencias sanitarias sobre sus efectos y síntomas y hasta los médicos van por los barrios hablando con claridad sobre el peligro al que nos exponemos.

Por eso ingresar en una clínica de tratamiento y con todos los síntomas era casi como un pasaporte a la verdad, sin manipulaciones ni encubrimientos.

El paciente de la cama 28

Una policlínica en el reparto más periférico recibe por su puerta de urgencias a todos los remitidos y comienza entonces la cuarentena, que durará tres o cuatro días.

“Te estamos protegiendo y protegiendo a otros de ti”, le decía en la entrevista inicial uno de los doctores de guardia a mi compañero de taxi, renuente a recluirse sobre una litera y bajo un mosquitero por los días que le faltaban para dejar de ser un portador contagioso.

“Si te vas tendremos que mandarte a buscar con la policía”, le advirtieron, con una aseveración sobradamente probada como método de compulsión cada vez que un “sospechoso” de dengue o cólera (otra enfermedad “silenciada”) evita someterse a la reclusión profiláctica. Si estás enfermo y puedes contagiar a otros, eres una especie de “peligro público” y por tanto la Autoridad puede actuar sobre ti.

Y es que en Cuba el método más efectivo de enfrentamiento consiste precisamente en aislar al paciente como vía de cortar la transmisión y así además mantenerlo vigilado ante posibles complicaciones médicas.

Luego de la pesquisa del galeno viene el cuestionario de un representante de la Campaña Antivectorial, una dependencia estatal que envía el mismo día para “el foco” (tu casa) a un equipo de fumigadores que espantan con humo y larvicidas al “agente transmisor”, (el mosquito Aedes Aegypti).

Desde entonces estás en manos del “team”: un grupo de médicos, enfermeros, laboratoristas y asistentes que tratan de acomodar a los pacientes en su nuevo status. Las mujeres en un sitio, los hombres en otro. Si el móvil no encuentra cobertura, te cambian de cama. Y si te toca “venir de excursión” con la familia (como estaban en el cubículo frente a mi el novio, la novia…¡y la suegra!), pues hasta aparece un “reservado” para ellos. Todo por la mayor “comodidad” posible en esta espera precavida.

“Aquí viniste a dormir y comer sabroso en estos días, ¡aprovéchalo muchacho!”, le insistía el doctor a otro de los ingresados, ya inquieto por el reposo y el “encierro” entre la tela de mallas. Y cierto fue que por la dieta no escuché ni una queja: comida típica y bastante más completa que en algunas casas, con vianda, vegetales, plato fuerte y los infaltables frijoles negros con arroz blanco. Además, digestión seis veces al día (desayuno, almuerzo y comida, más tres meriendas).

Varias veces al día pasan por tu cama a indagar cómo te sientes y a ponerte un termómetro. En cada visita de los doctores aproveché para aprender del dengue, su condición de virus y por tanto la ausencia de un medicamento que lo elimine, sino más bien la existencia de un tratamiento que suprime sus síntomas.

Conocí, además, de la diferente agresividad de la cepa existente en Cuba, de cómo puede en caso extremo colapsar el sistema circulatorio por la acción del virus sobre las plaquetas de la sangre, y cómo también la mayoría de los cubanos lo que sienten les parece una gripe sin tos, un padecimiento en la piel o una intoxicación.

En mi internamiento, con ínfulas de periodista encubierto, disfruté con ánimo de sociólogo la diversidad de personajes que aparecen. Está, por ejemplo, el “guapo de barrio” (un hablador típico) que quiere hacer méritos hasta con su padecimiento. “¡A mí sí que me tuvo que buscar la “fiana” pa meterme aquí! ¡Yo sabía que esto era como el “tanque”, pero en hospital!”,  grita bien alto refiriéndose a la policía y la cárcel, como dos medios bien conocidos en su historia de vida.

Y es verdad que uno a veces se siente preso, está preso, aunque el delincuente sea tu propio organismo. Además, como en la prisión, casi nadie “cometió” el delito que allí lo tiene: “¡asere, te lo juro, yo no sé qué hago aquí si yo no tengo ná!”, es una frase que se repite una y otra vez, casi como una súplica que anhela la “libertad”.

Al sexto día del padecimiento, y mi segundo en el sanatorio, una última extracción de sangre confirma que estás en condición de regresar a tu vida y refleja finalmente que todos tus síntomas correspondieron con dengue. Sí, porque hasta entonces solo fuiste un “sospechoso” y estuviste allí, en esencia, para evitar que otro mosquito llevara tu sangre enferma al cuerpo de un desafortunado.

Salí orondo, mucho más feliz, notablemente descansado y con la salud de vuelta; aunque la claustrofobia bajo el velo haya resultado un costo que debí pagar.

El tratamiento cubano a estas nuevas epidemias de nuestro subdesarrollo puede parecer aparatoso, enérgico e impositivo. Pero es el modo, desde mi opinión, más efectivo para evitar el desastre. Es caro, sí, pero más caro (financiera y políticamente) sería una epidemia descontrolada, como la que puede producirse si se deja a su libre albedrío la indolencia generalizada, la falta de verdadera percepción de riesgo que padecemos los cubanos.

Tal vez hace falta enfermarse para entenderlo. Aunque, créanme, no lo recomiendo.