Rubén mira a su pequeña que duerme tranquila, mientras el cuerpito respira acompasadamente. Arma su maletín con lo necesario antes de partir hacia el puerto, donde la tripulación espera. Aunque ha repetido la escena mil veces, nunca se acostumbra. Las despedidas nunca son dulces y menos si la familia queda detrás; pero el futuro de todos depende de él.

Vive seis días del mes, a veces menos, en tierra firme. El resto del tiempo transcurre en el mar, durante los ocho meses de la corrida de la langosta. Allí, otra gran parte, lo gasta dentro o bajo el agua. Es buzo del barco Ferrocemento 304, tiene 22 años y quizás debería estar en tierra, con su gente.

El nombre oficial de la empresa que emplea a Rubén es Empresa Pesquera Industrial La Coloma. Hasta su muelle, en el poblado pinareño de La Coloma, llega el 40% de la langosta que se captura en los mares cubanos. En 2016, los ingresos por exportación del marisco ascendieron a 55 millones, de los 70 que recaudó el estatal Grupo Empresarial de la Industria Alimentaria.

La captura de la langosta es, en esta parte del mundo, un proceso en gran medida artesanal y es por eso que buzos, como Rubén, son imprescindibles para facturar millones.

 

Foto cortesía del entrevistado

En ocasiones, las profundidades alcanzan los 11 metros. En la rutina se pierde la cuenta, pero fácilmente, se llega a los cientos de zambullidas diarias. Cuando la embarcación sale de madrugada hacia las zonas de pesca, comienza una jornada que se extenderá por muchas horas.

“Por mi capacidad de bucear siempre me dejan las jaulas más profundas. Todo el tiempo estoy en el agua, independientemente del tipo de arte que se esté trabajando (jaulas elevables, jaulones o jaulas de fondo). Me paso el día entero y eso me ha ayudado a tener más capacidad. Uso un traje para el frío y la careta”.

El inefable mundo acuático está hecho para los gestos, la mímica, la soledad. El riesgo acecha muy cerca, en forma de picúa, morena o tiburón. El buzo nunca puede confiarse porque siempre estará en desventaja kinésica. Además de su labor, deberá estar pendiente de su derecha, de la izquierda, arriba o abajo. El peligro llega por donde quiera.

“Una vez calzando una jaula, no vi un pez león y me pinchó por la cabeza. Ese día no pude trabajar más. Otra vez, había una picúa alrededor del lugar donde estaba pescando. Traté de azorarla, no quería irse y se me tiró y me arañó por la oreja. Parece que el brillo del arete que uso le llamó la atención. Así que salí, le conté al patrón y nos fuimos para otra zona porque aquel bicho se había adueñado de esa”, recuerda.

Pero no solo las especies agresivas entorpecen la labor. La pesca ilegal causa estragos y daña las zonas tradicionales. Esos pescadores saquean y destruyen las jaulas colocadas por los integrantes de EPICOL y suelen descabezar la langosta en el mismo sitio. Este simple acto de dejar los restos del crustáceo muerto en el mismo sitio repele a las vivas, que suelen abandonar el área y no regresar- explican los avezados marinos- hasta pasados varios años.

Foto cortesía del entrevistado

Rubén tenía ocho años cuando decidió su vocación. Practicaba polo acuático y otros deportes que implicaran nadar y zambullirse. Comprendió la capacidad innata de su cuerpo para sobrevivir con escaso suministro de oxígeno y entró, más tarde, en la escuela de patrones y maquinistas de barco. Allí recibió lecciones de buceo.

Durante un tiempo, estuvo con su padre en una embarcación, y luego en otra, apenas meses en cada uno. Pero en el Ferro 304 parece haber encontrado un hogar flotante, una camaradería humana lejos de tierra firme. El fruto de esta hermandad serán los cientos y cientos de toneladas que, procesadas después, llegarán a los principales mercados fuera del país, en Europa (España, Francia e Italia) y Asia (Vietnam, China, Japón y Corea).

“Caí aquí hace tres años por la capacidad que tengo para bucear, porque hacía falta un buzo bueno. En este tipo de pesca se usa bajar y subir rápido, por la eficiencia. Pero yo cuando bajo, trato de hacer todo lo posible: tirar el chinchorro, abrirlo, calzar la jaula, azorar la langosta; todo eso en una sola zambullida. En la escuela llegaba hasta los 28, 29, 30 metros y podía bajar más, pero es el límite que me ponían”, dice Rubén.

Foto cortesía del entrevistado

Desde los 19 comenzó en este mundo de la pesca. Aunque esté lloviendo o haya frío, saldrán a trabajar. No partieron de sus hogares, dejando la familia detrás, para perder el tiempo. La paga es sustanciosa. En un mes muy bueno, Rubén puede ganar, por ejemplo, hasta 7000 pesos en moneda nacional y más de 1000 en CUC.

Pero traerá consecuencias algún día. Con los años, la humedad y el frío llegarán en un futuro la artrosis y otras dolencias reumáticas. “¿No te gusta salir, hacer las cosas comunes de los jóvenes a tu edad?”, le pregunto. El Ferro 304, pequeña mancha en el mar, está muy lejos de La Coloma para andar divagando sobre esas cosas.

“Poco a poco uno llega que adaptarse. Pero sí extraño la familia. Mi hija tiene 2 años y durante la mayor parte del año apenas estoy con ella. Tengo deseos de verla a diario, y lo máximo que puedo hacer es llamarla por las noches desde mi celular. Eso me alivia un poco. Yo le hablo mucho, le digo que la quiero y cuando voy a tierra le dedico todo el tiempo, porque si no, en el futuro me va a ver como su padre, pero no va a ser el mismo cariño”.