Dice el popular dúo Buena Fe que cuando niños, sus exámenes no fueron de “buenas tardes” pero sí de tangentes y directrices. Para los jóvenes de mi generación, esa que nació en la antesala del período especial, es imposible no identificarnos con las letras.

Una generación que ha sido la última (o la primera) en una serie de experimentos que marcó (y sigue marcando) la historia de nuestra Nación. Una generación en la cual el sistema educacional insistió en formarnos sobre las bases de la geometría, la aritmética y las reglas de la gramática, pero pasó por alto el formar a todos como buenos ciudadanos.

Recuerdo durante los años de mi paso por la escuela secundaria, ante la aguda carencia de maestros y profesores a lo largo y ancho de todo el país, el Ministerio de Educación en el marco de lo que se comenzaba a conocer como la Batalla de Ideas, decidió recurrir a las clases televisadas con tal de paliar un poco la insuficiencia de educadores. Nacieron en aquel entonces los cursos de Universidad para Todos.

La idea era hacer de los cubanos las personas más instruidas del mundo.

Así, los televisores y videocaseteras fueron reemplazando a los maestros ausentes y a los presentes también, pues quienes seguían ejerciendo el magisterio se vieron convertidos de pronto en auxiliares docentes de unos maestros virtuales. Recuerdo los cursos de inglés con especial énfasis, las mismas clases eran proyectadas a los estudiantes de séptimo, octavo y noveno grados, como si la educación diferenciada por grados no existiera. De igual manera muchas veces los profesores que se presentaba a cuidar el grupo de alumnos y a responder las preguntas que pudieran suceder eran los profesores de biología, química o física, y por supuesto eran versados en todo menos en la lengua de Shakespeare y Lord Byron.

Entiendo que fue el desesperado intento de nuestro sistema de educación para paliar la ausencia de maestros, sin embargo, lo más probable es que haya sido un fracaso, teniendo en cuenta que aún hoy en nuestro país el conocimiento de un segundo idioma no es una práctica muy extendida.

Quien haya concebido tal plan de emitir teleclases a niños y adolescentes, es probable que haya pasado por alto lo indispensable que resulta para un alumno la figura siempre atenta del maestro. Si bien en tiempos de crisis es preferible ante la impasividad intentar cualquier fórmula, no dejo de pensar que con toda la inversión en divisa que hizo el país en televisores, video reproductores, casetes VHS, compra de piezas de repuesto y producción escénica e infraestructura, si lo hubiese destinado a mejorar la deprimida remuneración de nuestros maestros, se hubiese obtenido, cuando menos, los mismos resultados con la diferencia de unos maestros más gratificados y satisfechos que servirían de estimulación a futuros aspirantes.

Los cursos luego fueron aumentando y ampliaron su diversidad, incluyendo temas tan disímiles como economía global, teatro de títeres para niños, radiaciones y vida, historia y repercusión del descubrimiento de la estructura espacial de la molécula del ADN, entre otros. Temas en muchas ocasiones, demás está decir, demasiado rebuscados e inútiles para el cubano promedio.

La idea era hacer de los cubanos las personas más instruidas del mundo

Cuando entré a la Universidad, supe que mis profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, todos reconocidos profesionales a nivel nacional e internacional en sus respectivas especialidades, habían presentado durante años varias propuestas de cursos sobre derechos ciudadanos y temas jurídicos y cívicos de seguro interés para la ciudadanía, nunca obteniendo una respuesta afirmativa para la puesta en marcha de los proyectos presentados.

Si de establecer una teoría conspirativa se tratara, tal pareciera que la burocracia autóctona no está interesada en la instrucción de los ciudadanos cubanos sobre los deberes, derechos y garantías que le asisten. Además, ello le permite extender el dedo acusador a una juventud que ha visto muchas veces cómo el resquebrajamiento de la norma moral es justificado, incluso por la misma burocracia, con la precariedad económica. No hay mejor autodefensa.

No es posible moldear un Hombre Nuevo versado medianamente en las ciencias de la naturaleza pero incapaz de definir la sociedad que está construyendo, o peor, aquella que está destruyendo. No es posible un Hombre Nuevo que identifique el Teorema de Pitágoras y las Leyes de Newton pero ignorante de las leyes y costumbres que deben regir el buen comportamiento de una persona y ciudadano. No es posible crear tal Hombre Nuevo, de la misma manera que no es posible crear un jarrón perdurable, cuando la amalgama necesaria no cuenta con todos los ingredientes indispensables.