La primera vez que visitó el país de su padre se le puso la piel de gallina. Tenía 19 años y, aunque se le había explicado sus funciones como “Ahn” (Primo Mayor), llegó sin haber comprendido del todo la magnitud de su jerarquía. Chuyen (hijo) entraba en el fabuloso Viet Nam, y al llegar sólo le hacían reverencias, le mostraban respeto, sonrisas y cariño educado. La ocasión era importante. Arribaba el “Ahn Do Van”, futuro gestor de los caminos que algún día transitará esa familia.

“Desde hace siglos en Vietnam existe una jerarquía familiar tradicional y respetable. Los hijos varones primogénitos llevan las riendas. Tengo mucha suerte porque soy el primogénito de otro primogénito (mi padre) y eso me da una posición privilegiada, única, respecto a los demás. En estos momentos mi papá es la cabeza del núcleo. Le sigo yo. No importa que existan parientes de más edad. Algún día deberán subordinarse a las decisiones que yo tome.”

“Cuando hay una emergencia familiar o una toma significativa de decisiones tienen que esperar por mi papá y por mí. No se puede decidir nada si nosotros no estamos. Una vez, un primo me dijo que si la abuela moría estando allá, debía arrastrarme desde la casa hasta el cementerio porque así se hacía. No sé si me ‘corría una máquina’ (una broma) pero sentí sobre mí una gran responsabilidad. Para quitarme peso de encima hice una dejación de mis poderes al primito más pequeño, de cinco años, para que ocupara mi lugar. Todos rieron, tiramos fotos del momento, pero solo fue simbólico. No es una posibilidad real según la tradición,” cuenta sonriente Chuyen.

Según las normas históricas la parentela de Chuyen debe dirigirse hacia su persona como Anh Do Van (Primo Mayor Do Van) y él, a su vez, les responderá con la posición que ocupen dentro del núcleo familiar.

“Por ejemplo, debo dirigirme a mis primos como “Em” (Primos Menores) y ellos a mi como Anh. Si no se realiza se considera una falta de respeto. Poco importa que no viva en Viet Nam, las costumbres no tienen fronteras. Desempeño este ‘cargo’ aunque resida en Cuba y desconozca el idioma. Es difícil adaptarse, pero las reglas allí son así y tengo que cumplirlas.”    

Foto cortesía del entrevistado

“Las diferencias son inmensas. Los vietnamitas son respetuosos, formales, con un concepto de familia muy unida. Nosotros, los cubanos, somos menos rígidos y más sociables. Allá no se dan besos en la cara ni siquiera dentro de la familia. Aquí a cualquiera lo besas y lo abrazas como algo normal. En Viet Nam no tienen esa costumbre y si lo unimos a que uno ignora las tradiciones… imagínate las penas que pasé.”

Chuyen es una Isla, justo al centro de dos culturas, dos continentes tan distintos como distantes. Aunque dice que en su interior mantiene el equilibrio: “No me siento más cubano que vietnamita. Soy de los dos. De Viet Nam admiro el respeto que se tienen todas las personas. Desde los niños hasta los ancianos. La mesura y honor que se observan dentro de la familia se transmiten a nivel de la sociedad. Eso es muy positivo. Lo que no comparto mucho son los alimentos. En Cuba me encanta la comida, cómo somos, la sociabilidad, el sentido del humor. Ambos son pueblos luchadores contra las adversidades y estoy orgulloso de ello.”

A pesar de sus privilegios en Viet Nam, Chuyen vive en Cuba. Aquí domina el idioma, las costumbres y cuenta con su propio negocio de venta y reparación de celulares. Lo único negativo es que nunca podrá ser “Ahn” a tiempo completo en su hogar cubano: “Estoy trabajando en eso. Soy subordinado. Mi mamá manda en la casa y muchas veces lo hace sin ningún respeto a mi persona,” dice entre carcajadas.