Ahora que el incremento de salarios está a punto de llegar a los bolsillos menos favorecidos crece la inquietud ante un rebrote de la inflación. Más que un índice de precios topados –susceptible de burlar de mil maneras− lo fundamental para evitarlo sería aumentar la oferta de bienes y servicios que permita realizar esta súbita demanda agregada. Sueño con que se alcance el binomio: mayor salario con mayor oferta.

Más que nunca urge la liberalización de bienes y servicios artificialmente restringidos por prohibiciones inexplicables y limitaciones monopólicas. Algunas posibles medidas para un plazo inmediato podrían ser: rebaja de precios de venta estatales (TRD, autos, etc); extensión de las ventas a crédito y el comercio en línea; uso de cheques y tarjetas de crédito por ciudadanos cubanos y la subida de las tasas de interés para las cuentas de ahorro del BPA.

A ello le sumaría el tan anunciado paso de parte del comercio interior a manos de empresas estatales autogestoras, cooperativas y privadas. Esto permitiría el arriendo y la reanimación de miles de espacios vacíos y subutilizados del MINCIN en bodegas, tiendas y almacenes.

Pero como la ingestión sistemática de la carne de res me es particularmente añorada por mis genes espirituanos[1] –aunque creo que el resto de los cubanos me pica cerca− hago votos por la libre producción y comercialización de la carne de res. De hecho, creo que la carne –así, sin más, la llamamos por allá− es el alimento proteico por excelencia para un país como Cuba.

No hay más que recordar que cuando los colonos trajeron los primeros pies de cría de Andalucía y los abandonaron en esta tierra fértil, sin depredadores peligrosos, la reproducción natural de puercos y reses pronto llenó los montes y sabanas de rebaños cimarrones que se multiplicaban en escala geométrica.

Eso hizo posible que, siendo ya la ganadería la rama principal de la economía cubana −siglos XVI al XVIII−, las reses ni siquiera se criaran en ranchos. Dos veces al año, en los hatos y corrales de la aristocracia terrateniente se efectuaban las llamadas monterías.

En estos safaris criollos los animales seleccionados eran  cazados cruelmente[2] con el fin de quitarles los cueros y las piezas principales, preservadas con humo y salazonespara intercambiar luego con los herejes extranjeros en las bulliciosas ferias del Comercio de Rescate.

Si hurgamos en la historia de la ganadería espirituana, sabremos que en la segunda mitad del siglo XVIII se benefició notablemente con el encadenamiento productivo que supo establecer con la agro-industria azucarera occidental y trinitaria. Por ello el  precio  de las reses alcanzó la astronómica cifra de 32 pesos en 1780.

En ese año la jurisdicción tenía 336 fincas de crianza, con 47,527 reses; aunque los dueños ocultaban un 30% más para evadir impuestos. El más dañino era el de La Rueda de la Pesa, porque los obligaba a entregar una cantidad de añojos al ayuntamiento para el común. Con ellos el gobierno municipal abastecía anualmente a la población, de menos de diez mil habitantes, con unas 32,880 arrobas de carne a precios irrisorios.

En 1827 se alcanzó, proporcionalmente, el mayor auge de la producción ganadera espirituana. Existían en la jurisdicción 133,168 reses para una población de 42,204 habitantes. Más de tres reses por persona (sin pienso, ni electricidad, peor que en el Período Especial). Entonces, si las reses se dan tan bien en Cuba, ¿por qué se controló tanto el consumo de carne de res desde los años 60?

Confieso que el tema me ha sido difícil de asir y aún no tengo una respuesta acabada. No he encontrado una ley, o disposición expresa, que prohíba la libre comercialización de la carne de res. Incidieron varios factores y hallo que las exigencias represivas de la lucha contra bandidos (LCB) fueron las que primero determinaron que se prohibiera a los campesinos la libre matanza y la obligatoriedad de entregar las reses a los mataderos estatales.

También la extensión del consumo masivo garantizado de carne de res abrió las puertas a su riguroso control. Los años 60 fueron de racionamiento equitativo de carne fresca, que llegaba puntualmente a las familias cada nueve días (la novena) en dos categorías alternas (primera y segunda) y daba generalmente para dos comidas. Al mismo tiempo se expandió el consumo de carne enlatada –la carne rua−, tanto en el consumo familiar como social.

Por su parte, la ilusoria pretensión de convertir a Cuba en una potencia mundial ganadera, gran exportadora de productos lácteos, determinó que se restringiera el sacrificio para tener más leche –aunque siempre se sacrificaron toros y añojos, no vacas lecheras−. Así, matar una res, vender y comprar su carne devinieron pecados. Nos convertimos en adoradores de Visnú.

Con el tiempo la prohibición caló tan hondo que cuando vino la crisis de los 90 y se levantaron otras muchas −hasta la circulación del dólar− los bistec siguieron desterrados. Mas, desde 2014, en Sancti Spiritus se disparó la población ganadera con el establecimiento de los nuevos precios de compra que permiten llegar hasta 7 CUP la libra si el añojo domina varios idiomas –recuérdese que cualquiera puede vender carne de cerdo al Estado a 13.5 CUP− y el acceso a los productores a tierras ociosas para producir ganado.

Lo cierto es que la prohibición de comerciar, unida a una crianza cuasi europea, ha frenado la producción por décadas. Buen momento este para romper las ataduras y no pensar tanto en clarias, avestruces y jutías para la proteína animal cuando podemos disfrutar a cada rato de una buena ropa vieja.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

 

[1]Sancti Spiritus es la segunda región ganadera en la historia de Cuba. Hoy es la única provincia cubana con más reses que habitantes.

[2]Con el fin de cuidar las pieles se les cortaban los tendones de las patas con una especie de guadaña y luego eran rematados de un lanzazo.

 

Este texto fue publicado originalmente en La Joven Cuba y su autor es Mario Valdés Navia. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.