Nos gustaría muchísimo poder utilizar la bandera u otro emblema nacional sin violar la legalidad o pagar precios exorbitantes.

En segundo año de la carrera llegó la Semiótica y con ella las luces. A esta disciplina y a la denominación de significado y significante legada por Ferdinand de Saussure le debo muchas lecciones.

Los símbolos no son símbolos por gusto. Se nombran así precisamente porque tienen la propiedad de resumir de manera visual el sentido intrínseco de determinados elementos de la sociedad. Su presencia denota, entonces, que son tan inteligibles como necesarios en la vida cotidiana.

Hace un mes aproximadamente, un bar fue el epicentro de fructíferos debates entre varios amigos y compañeros de trabajo. Primero hablamos de los temas laborales que nos habían reunido, luego comenzó una charla muy interesante que se movió por los asuntos más disímiles por los que atraviesa hoy la nación.

En un momento de la plática todos nos encontrábamos dando opiniones acerca del empleo de los símbolos, más específicamente de la enseña nacional. Los criterios eran diversos, pero confluían en un punto: nos gustaría muchísimo -a los jóvenes sobre todo- poder llevar la bandera en algunos de los artículos que usamos asiduamente en esa mezcla diaria que combina la necesidad con el gusto propio, dando paso al estilo personal.

Es decir, hacíamos hincapié en la posibilidad -que para algunos debía ser un derecho más que una probabilidad- de poder usar pulóveres, camisetas, bolsos y otros tipos de productos con la imagen de nuestra hermosa bandera de la estrella solitaria, sin la sensación de que infligimos la ley y sin tener que pagar precios prácticamente inalcanzables para el bolsillo “made in Cuba”.

Porque al interior de esta realidad no se pueden obviar dos cuestiones fundamentales. Primero: En la Isla existe la Ley N° 42 y el Decreto Ley 143 del Consejo de Ministros para el uso de los símbolos nacionales que, entre otras cosas, prohíben utilizar la bandera como parte del vestuario, reproducida en artículos de uso no oficial, como réplica en cualquier material con propósitos ornamentales o comerciales.

Por otra parte, los souvenirs de la insignia que sí se comercializan en la Mayor de las Antillas -especialmente en las tiendas ARTEX- llegan a ser casi exclusivos de los turistas, por los exorbitantes costos y su relación antagónica con los salarios cubanos.

En esta dicotomía se basaban las preocupaciones manifestadas aquella tarde sobre la mesa de un bar. Ante todo mostrábamos estupor al corroborar cómo en el país se puede encontrar con facilidad y costes más bajos, piezas utilitarias con las banderas de Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, y hasta con los estandartes del Real Madrid y del Barça.

Alegábamos además que los estatutos que limitan el manejo de este importante emblema debían actualizarse, puesto que son normas con  más de tres décadas de existencia inalterables.

Si los momentos históricos cambian, deberían cambiar también las mentalidades y las formas tangibles en que estas se perciben.

Tampoco estoy hablando de abusar de los símbolos. A mi juicio el bombardeo, tanto de imágenes como de nociones, conduce al hartazgo y a la vulgarización. No defiendo de ninguna manera la forma en que fue recibido en La Habana el primer crucero proveniente de Estados Unidos. Experimenté molestia al ver como la bandera fue reducida al breve espacio que ocupa un bikini, para exportar una imagen totalmente deformada de lo que Cuba representa.

Lo que pretendo transmitir en estas líneas es la preocupación de disímiles personas, ante los impedimentos de poder enaltecer individualmente un pedazo de nuestra ínsula. Porque estoy convencida que quienes abogan por hacer suyo y mostrar con transparencia de espíritu ese distintivo tricolor, lo hacen movidos por auténticos sentimientos de cubanía y orgullo.

Tener vías para empoderarnos de aquellos elementos que nos caracterizan y a la vez nos hace únicos, que no le serruchan el piso al nacionalismo sino todo lo contrario, es una empresa que bien merece la pena avivar.

Si sentimos tanta satisfacción cuando nuestra enseña cubre la espalda de un deportista en el momento de ganada su medalla de oro, o cuando una agrupación lleva la música cubana a otros parajes, por qué no patentizar esas emociones en la usanza común de quienes nacimos en esta tierra.

La bandera de la estrella solitaria, es un claro ejemplo de la dualidad saussureana. La idea de nación e identidad que se evidencia en sus proporciones sería el significado, y el término acústico bandera –y su muestra palpable- sería el significante. Sobran razones entonces para que queramos llevarla bien cerquita del pecho.