Es temporada de elecciones presidenciales en los Estados Unidos. En Florida, o entre los observadores de Florida, eso significa una nueva ronda de predicciones sobre el desempeño del “voto cubano”. Para ser claros, se trata de un voto que nunca ha sido monolítico. Y dado el crecimiento de la población latina no cubana en el estado sureño, los cubanos no son un electorado tan decisivo como antes, incluso para ganar el condado de Miami-Dade. Aun así, en una elección que se decidirá por márgenes, cada boleta cuenta. Así que hay razones para especular.

La contienda de 2020 también tiene lugar con el telón de fondo de un cambio dramático en las relaciones entre EE. UU. y Cuba, un tema que podría, hipotéticamente, influir en algunos votantes cubanoamericanos.

A pesar de haber enviado a su propio personal en 1998 y 2015 para investigar las oportunidades de negocios en la isla, Donald Trump hizo campaña en 2016 para deshacer el “mal acuerdo con Cuba” de Barack Obama. Después de algunas medias tintas iniciales, ha cumplido su palabra. Hoy en día, la relación entre Washington y La Habana está en su peor momento en la memoria reciente, superando los días en que la Batalla de Ideas y “El Cabo” James Cason ocupaban todos los espacios de la televisión cubana. Entre otras cosas, la campaña de “máxima presión” de la administración Trump ha llevado al cierre del Consulado estadounidense en La Habana, la suspensión de la mayoría de los vuelos comerciales y chárter, así como la escasez de suministro de petróleo. Y con señales de que Cuba pronto podrá regresar a la infame lista de “Estados patrocinadores del terrorismo”, mantenida por el Departamento del Estado, no hay final a la vista.

Durante años se nos ha dicho que la comunidad cubanoamericana se estaba alejando del apoyo a tales tácticas. Encuesta tras encuesta mostraron un creciente apoyo a la apertura de las relaciones diplomáticas, de viaje y comerciales, especialmente entre los jóvenes cubanoamericanos y los emigrantes cubanos desde los años 90. Esos cambios, de hecho, ayudaron a crear el entorno político que hizo posible el avance diplomático entre Cuba y EE. UU. el 17 de diciembre de 2014. Por lo tanto, es lógico que algunos argumenten que las políticas del presidente Trump hacia Cuba tienen poco sentido político y mucho menos en materia de política exterior. Si en una encuesta de 2016 el 63 % de los cubanos en el condado de Miami-Dade estuvo de acuerdo en que el embargo debería ser levantado, ¿podría el presidente estar disparándose en el pie?

Entre los que parecen compartir esa opinión se encuentra el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla. En un tuit del 13 de febrero, aconsejó a sus homólogos estadounidenses que reconsideraran su curso: “El Pdte. Trump obtuvo en 2016 el segundo peor resultado del voto cubano en Florida entre candidatos republicanos. Hostilidad y medidas de asfixia económica contra #Cuba no favorecen sus intereses electorales… Pdte. de #EEUU sigue mal asesorado”. Otros funcionarios cubanos se han hecho eco de esta línea de pensamiento en semanas recientes.

No vayan tan rápido

Es cierto que el poco más del 50 % del voto cubano que recibió Donald Trump en 2016 no fue una actuación particularmente fuerte comparada con el precedente histórico. (El presidente ha afirmado repetidamente que ganó más del 80 % de ese voto. Nada más lejos de la realidad). Tampoco el voto cubano decidió la carrera de Florida. Aun así, 2016 no es 2020. Y las variables explicativas del voto cubano nunca han sido tan simples. Últimamente, varios signos sugieren que el apoyo cubanoamericano al presidente y a su política hacia Cuba ha aumentado.

Excavando en los datos, podemos considerar lo siguiente:

  • Encuesta tras encuesta muestran que, para los votantes cubanoamericanos, incluyendo los que se oponen al embargo, la política de Estados Unidos-Cuba no ocupa un lugar alto en la lista de temas prioritarios que determinan su voto. Esto significa que la oposición a la política de Trump hacia Cuba (en su totalidad o en parte) no se traduce necesariamente en apoyo al oponente.
  • Encuesta tras encuesta también han mostrado que hay una diferencia significativa entre la opinión de los votantes cubanoamericanos en asuntos de la política de Estados Unidos-Cuba y la de la comunidad en su conjunto, que incluye a muchos residentes permanentes que no se han naturalizado y por tanto no tienen derecho a voto. Esto último es particularmente notable entre los inmigrantes cubanos de los últimos 20/25 años, lo cual es importante, porque es este grupo (junto con los cubanoamericanos de segunda generación y los más jóvenes) el que más ha apoyado en los últimos años el cambio de la política tradicional sobre Cuba. De esta manera, aunque más de la mitad de los cubanos nacidos en el extranjero que se encuentran actualmente en los Estados Unidos inmigraron después de 1990, y aunque el número de cubanos nacidos en el extranjero en los Estados Unidos ha aumentado en más del 50 %, solo desde el año 2000 (de 853 000 a 1,3 millones), las opiniones de estos migrantes más “recientes” no tienen un peso político comparable debido a las menores tasas de ciudadanía entre ellos.
  • Hasta la fecha, no ha habido una oposición organizada significativa en la comunidad cubana a la política de la administración Trump sobre Cuba. Desde que anunció por primera vez la “cancelación del acuerdo de Obama” en abril de 2017, las voces que han denunciado esta postura en público han sido escasas. Las excepciones incluyen a las familias con parientes en el limbo de la inmigración desde el cierre del Consulado de EE. UU. en La Habana, que han presionado para obtener una legislación especial que haga frente a sus necesidades. Eso no significa que no haya oposición. Pero el electorado que apoya la normalización ha estado tranquilo. Para los defensores de la normalización a nivel local eso debería ser preocupante.
  • Últimamente en Miami el Partido Republicano ha mostrado una fuerza renovada entre el electorado cubanoamericano. El Partido Demócrata no lo ha hecho. Si miramos las elecciones intermedias de 2018, sí, los demócratas cambiaron dos escaños del Congreso en el área de Miami tradicionalmente ocupados por los republicanos, en parte debido al apoyo de algunos jóvenes cubanoamericanos y especialmente no cubanos en esos distritos. Pero en la carrera por la gobernación de Florida, el doble de cubanoamericanos votó por el candidato republicano en lugar de por su oponente demócrata.
  • Desde 2018, las encuestas sobre las actitudes y opiniones políticas cubanoamericanas muestran tendencias preocupantes para los que favorecen el acercamiento. La Encuesta sobre Cuba de la Universidad Internacional de la Florida (FIU, por sus siglas en inglés) de 2018 —centrada en los cubanos del condado de Miami-Dade— reveló que, en temas individuales como la libertad de viajar y enviar remesas a la isla, fuertes mayorías todavía favorecen las políticas del llamado engagement. Una cuantiosa parte también sigue estando de acuerdo en que el embargo “no ha funcionado”. Sin embargo, paradójicamente, esa encuesta también registró un ligero repunte en el apoyo al embargo (51 % a favor frente a 49 % en contra) en comparación con 2016, cuando la oposición a la política alcanzó un pico (63 % en contra por 37 % a favor). Las variaciones de opinión entre los inmigrantes cubanos anteriores a 1980 representan la mayor parte de este cambio. Sin embargo, la encuesta también mostró aumentos en el porcentaje de cubanos en el sur de la Florida que se identifican con el Partido Republicano, no solo entre los inmigrantes anteriores a 1980 (tradicionalmente la base de apoyo republicano), sino también entre los cubanos que han llegado a los Estados Unidos desde 1993.
  • Por último, una encuesta de noviembre de 2019 de Equis Research sobre las actitudes políticas de los votantes cubanoamericanos inscritos en todo el estado de la Florida (pero predominantemente en el condado de Miami-Dade) muestra una fuerte intensificación, y no moderación, de las tendencias mencionadas. En esa encuesta, el 63 % de los votantes cubanoamericanos registrados estaban a favor de reelegir a Donald Trump. Curiosamente, el número de votantes inmigrantes posteriores a 1993 que favorecieron la reelección fue aún mayor: 72 %. Eso significa que entre los inmigrantes cubanos más recientes que son ciudadanos y están registrados para votar, el apoyo a Trump era mayor que en el conjunto del electorado cubanoamericano. El 75 % de este grupo posterior a 1993 también reportó apoyar la política del presidente Trump en Cuba.

No hay razón para la confianza

Considerando estos datos, hay pocas razones para creer que la oposición a las medidas de la administración Trump hacia Cuba, o a cualquiera de sus muchas políticas atroces, para ser francos, impulsará una fuerte participación de cubanoamericanos anti-Trump en las urnas. Más bien, parece que ocurrirá lo contrario: en igualdad de condiciones, el presidente podría estar en camino de recibir un mayor porcentaje del voto cubano que en 2016.

“Júzguenme por lo que hago y no por lo que digo”, argumentarán algunos. Y es cierto: hasta que la administración Trump decidió reducir los vuelos comerciales y chárter a la isla —y, por supuesto, hasta que la COVID-19 interumpió todo tipo de viaje— el número de cubanos en los Estados Unidos que visitaron su país alcanzó niveles récord, incluso cuando la administración puso en marcha otras piezas de su campaña de “máxima presión”.

Pero visitar a la familia no equivale a aceptar el status quo de la isla. Y dadas las estadísticas anteriores, parece probable que los cubanos de la diáspora que seguirán viajando a su país natal con mayor regularidad —cuando las condiciones epidemiológicas de nuevo lo permitan— compartan una de dos características: o bien es menos probable que sean votantes registrados, o bien no consideran que su oposición a nuevas restricciones de viaje, remesas y visados para sus familiares disminuya su apoyo al presidente. También es probable que algunos de los que estaban dispuestos a dar una oportunidad a la normalización anteriormente hayan cambiado de opinión desde entonces.

Hay una serie de paradojas en todo esto que deben ser explicadas. Si la política hacia Cuba no es el único ni el más importante tema que impulsa los votos de los cubanoamericanos, ¿por qué sigue siendo una fuerza política en Miami? ¿Por qué el Partido Republicano dedicaría tanto esfuerzo a hacer retroceder el legado de Obama en Cuba? Puede ser que los operadores políticos hayan concluido que, para ganar el estado, en realidad no necesitan demasiados votos de las cohortes de cubanoamericanos de segunda generación o de inmigrantes cubanos recientes. Puede ser suficiente solo concentrarse en convertir a la antigua base republicana de línea dura en Miami, para la cual la política hacia Cuba constituye un gran impulsor del comportamiento de los votantes. Y cualquier cosa después de eso es la guinda del pastel.

De todas formas, el fuerte apoyo al presidente Trump y su política hacia Cuba entre los votantes inmigrantes cubanos posteriores a 1994 debería ser particularmente preocupante para los proponentes de la normalización en los Estados Unidos y en Cuba. Después de todo, es este grupo de cubanoamericanos, dadas sus conexiones más duraderas con la familia y los amigos en la isla, el que teóricamente tiene más que perder por la continua tensión bilateral que probablemente traería una segunda administración Trump. Y aunque Cuba no es el único o incluso el más prominente tema que los lleva a las urnas, ciertamente forma parte de una potente mezcla que da forma a las identidades políticas de los inmigrantes más recientes.

Se ha presumido que los inmigrantes posteriores a 1994 tenían una mente más abierta políticamente y ayudaban a impulsar un lento realineamiento político en la comunidad a favor del Partido Demócrata. Ese todavía puede ser el caso eventualmente, si más miembros de ese grupo se convierten en ciudadanos y comienzan a votar, particularmente aquellos que inmigraron más recientemente (digamos, desde 2010) o fueron testigos de los efectos positivos del acercamiento entre los Estados Unidos y Cuba entre 2014 y 2017. Pero también puede ser que las frustraciones duraderas con la situación política y económica en Cuba impulsen el deseo de rechazar todo lo que representa el “socialismo”, incluso superficialmente, no solo adoptando argumentos a favor de sanciones punitivas, sino también gravitando hacia el individualismo patriotero y procapitalista que es el sello distintivo del Partido Republicano. Basta con mirar la creciente popularidad del influencer Alexander Otaola entre los inmigrantes cubanos como él, que llegaron a los Estados Unidos entre los años 1990 y 2000. No solo ha movilizado apoyo para Trump y su “campaña de máxima presión” entre miles de seguidores; sino que, incluso, ha aparecido en un video de Instagram jactándose de sus habilidades en un campo de tiro.

Barack Obama durante su discurso a los emprendedores cubanos en su visita a La Habana en 2016. Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida

Barack Obama durante su discurso a los emprendedores cubanos en su visita a La Habana en 2016. Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida

¿Hay un camino de vuelta a la cordura?

Nada de lo anterior es eterno, por supuesto. Las opiniones políticas son notoriamente inconstantes. Así como la aplicación de la política de normalización de Obama a partir de 2014 vio un impulso en el apoyo a las políticas de acercamiento en 2016, el apoyo a las medidas de Trump hacia Cuba podría ser coyuntural, producto de una actitud de rebaño. Además, varias de las encuestas citadas arriba necesitan ser actualizadas. Y todavía está por verse si el desastroso manejo de la pandemia por parte de la Casa Blanca en 2020 —con un saldo de ya 100 000 vidas— ha afectado las dinámicas políticas locales en Florida en alguna manera notable.

Aun así, quienes favorecen las políticas de normalización no deberían asumir que el momento actual de apoyo renovado a una política de línea dura hacia Cuba simplemente pasará. Y desde Cuba, tampoco es aconsejable que los interesados en volver a una relación bilateral más constructiva se queden con los brazos cruzados. Mirando hacia el futuro, es imprescindible que los funcionarios del Gobierno cubano se den cuenta de que tienen el poder de cambiar las dinámicas políticas en la comunidad cubana emigrada en un grado considerable. Las opiniones de los cubanoamericanos sobre la política de Washington hacia Cuba, así como sus preferencias políticas generales en EE. UU., no se forman en un vacío. Están íntimamente relacionadas con las percepciones de los acontecimientos en la isla y la forma en que las autoridades cubanas han tratado a la diáspora hasta la fecha.

Para concluir, entonces, ofrezco las siguientes observaciones para que las autoridades cubanas las consideren, no solo mientras se preparan para la ahora pospuesta cuarta conferencia “Nación y Emigración”, sino también mientras contemplan una agenda legislativa y política más allá del 2020.

En primer lugar, y para reiterar un punto señalado anteriormente, la conectividad entre los emigrantes cubanos y su país de origen no equivale al apoyo al statu quo en la isla. Las autoridades cubanas suelen señalar el creciente número de visitantes cubanoamericanos en los últimos años como un voto de facto contra el aislamiento. En parte, eso es cierto. Pero el hecho de que muchos cubanos de la diáspora visiten su país de origen no significa que estén contentos con la situación de la sociedad cubana. Si no se abordan sus objeciones, estas pueden enconarse y empujar a algunos migrantes a abrazar el extremo político opuesto. Pueden, incluso, llevar a los migrantes que han sentido los efectos de las sanciones a abrirse gradualmente a los argumentos de los que abogan por su intensificación.

En segundo lugar, los cubanos que están más conectados con la isla sienten que su apoyo a su país y a sus familias no es reconocido. Las remesas se han convertido en una de las fuentes más importantes de divisas para la economía cubana y de fondos de arranque para el sector cuentapropista (es decir, privado). Los visitantes de la diáspora cubana amplían algunos de los mayores agujeros del embargo cada vez que viajan con maletas cargadas de regalos. Sin embargo, el gobierno cubano nunca ha reconocido abiertamente estas contribuciones, ni siquiera cuando los corteja.

Si bien se han registrado progresos (como la reforma de la Ley de Migración de Cuba en 2012), las normas vigentes siguen haciendo una tarea onerosa, desde el punto de vista financiero, el mantener una relación con la isla. La imposición de elevadas tasas consulares para pasaportes y otros trámites y derechos de importación son ejemplos claros.

También vale señalar que, a pesar de que muchos emigrantes cubanos envían remesas, a algunos les molesta tener que hacerlo, preguntándose por qué sus padres o seres queridos no pueden sobrevivir con los ingresos que obtienen. Una vez más, estas frustraciones pueden hacer perder el apoyo a la normalización de los lazos entre Estados Unidos y Cuba y la diáspora cubana.

En tercer lugar, la mayoría de los inmigrantes cubanos en los Estados Unidos están frustrados con el ritmo de cambio en casa. Hay un profundo pesimismo sobre los acontecimientos en la isla en la comunidad de emigrantes cubanos en los Estados Unidos. Parte de ello tiene sus raíces en una oposición ideológica histórica e inquebrantable, pero entre los emigrantes más recientes también se alimenta de la frustración de haber vivido o presenciado un período de expectativas crecientes seguidas de la decepción.

A partir de 2010, muchos cubanos miraron con esperanza las perspectivas de la “actualización” propuesta al modelo social y económico de Cuba, que pronto se superpuso al proceso de normalización con los Estados Unidos. Pero, finalmente, muchos se desanimaron por los límites internos impuestos al cambio, a los que siguió el retroceso de Trump. Como resultado, últimamente es común escuchar entre algunos que la política de Obama “tuvo su oportunidad” o que es hora de “girar los tornillos”, sin articular ningún razonamiento sobre lo que esas medidas lograrán hoy en día que no lo hicieron en los últimos seis decenios.

Por último, en ausencia de mayores pruebas de reforma interna en la isla, el apoyo público a la normalización entre los cubanoamericanos y los inmigrantes cubanos probablemente permanecerá débil, independientemente de los resultados de las encuestas.

Entre muchos cubanoamericanos e inmigrantes cubanos recientes, todavía hay un reconocimiento significativo de que las políticas de línea dura de los Estados Unidos no logran ningún saldo positivo. Cuando se les sondee, la mayoría reconocerá que el pueblo cubano, y no el sistema político de Cuba, es el que siente los mayores efectos de las restricciones de viaje y otras medidas punitivas. Sin embargo, debido a los recuerdos negativos que algunos tienen de sus experiencias en Cuba, junto con su percepción de una falta de voluntad de reforma en la propia Cuba, es menos probable que muchos cubanos en los Estados Unidos defiendan activamente las políticas de normalización (o voten para hacerlo) aunque las consideren una alternativa mejor que la contraria.

Algunos de mis amigos en Cuba insistirán en que, independientemente de lo anterior, no puede haber justificación moral para las sanciones generales que, por su propia naturaleza, se dirigen y afectan a civiles cubanos inocentes —mucho menos en medio de una pandemia global. Estoy completamente de acuerdo. Pero nos guste o no, los eventos en la isla inciden en las actitudes y comportamientos políticos de la diáspora cubana.

También debemos tener claro de quiénes estamos hablando. Muchos cubanos de la diáspora que hoy en día expresan su apoyo a las políticas de la administración Trump son productos no de la clase alta cubana de los años 50, sino de la sociedad cubana contemporánea. Estas realidades requieren más humildad y pensamiento proactivo. Es hora ya de reconocer que parte de la solución para disminuir el apoyo a las políticas de sanciones en Miami está en la propia Cuba, independientemente de quién gane la presidencia de los Estados Unidos.

 

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