En la isla comunista y de discurso contra la “penetración cultural” —ese rancio bocadillo que sirve para tachar de ajeno y perverso a cuanto incomode al paladar de la burocracia—, Voltus V y la princesa Zafiro le abrieron una puerta trasera, inimaginable, al buque de las ropas de miliciano y los dirigentes en guayabera.

El gusto por dibujos animados y sus vestimentas, por videojuegos y convenciones de fanáticos, en cualquier parte del mundo puede ser natural, incluso una industria rentable; en Cuba, puede convertirse hasta en activismo ciudadano.

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Atravesando varios salones de piedras escarpadas y cañones de hierro bien conservados, a lo largo de antiguas barracas para soldados y a la vista de la bahía de la antigua villa de San Cristóbal de La Habana, galopan cientos de jóvenes y adolescentes entre selfies, videojuegos y vestimentas de pelos altos y puntiagudos y ropas de colores tremendamente brillantes. El lugar, la antigua fortaleza más grande de Cuba y América, San Carlos de La Cabaña. Los “galopantes” son un grupo de otakus cubanos, que solo en la capital, rondan los miles. Su propósito: disfrutar de una fiesta mensual llamada FreakZONE, o lo que en español vendría siendo “zona de raros”.

Ahí está Enrique Mayo, su organizador, quien mide un metro ochenta, tiene tatuajes en su cuerpo, de vez en cuando usa una banda en la cabeza, señalando el símbolo de una tribu de la serie Naruto y apenas está quieto por par de segundos y vuelve a levantar la mano, a hablar con este o la otra, a chequear los lugares, a reírse mucho.

Él no es artista de moda ni chamán, pero su persistencia ha logrado nuclear a más de 30 personas comprometidas cada mes con la organización de este evento, donde se juntan cientos de personas que aman el mundo del anime japonés. Ellos, los otakus, llegan sin falta a drenar su pasión.

Pero esto no es una feria de rarezas y menos un Comic-con. Es, como todo lo cubano, una tropicalización de lo global, una llegada tarde pero segura de la cultura pop mundial a la isla breve y convulsa, un meteorito de gustos transnacionales buscando la criollización.

Enrique Mayo, de 28 años, trigueño y muy extrovertido, no es el primero ni el único ni el que más; es, eso sí, es quien ha dejado que su forma se mezcle indistinguiblemente con la organización de estas 4 horas cada mes, donde quien lo desea pueda compartir y disfrutar de lo que la cultura pop japonesa exporta al mundo desde hace décadas: un gigantesco universo animado donde ojos grandes, animación impecable, maravillosas historias y filosofías de vida se juntan en una palabra: anime. Enrique Mayo, claro está, no ha dedicado años, no dedica semanas, solamente, a estas 4 horas. Hay mucho más.

Foto: Alejandro Ulloa

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Enrique Mayo sale en cámara y me espeta: “yo quiero tener a dónde salir, a dónde reunirme, utilizar mi fin de semana”. Lo que sigue es la puerta de un cine en pleno Vedado habanero, repleto de adolescentes y jóvenes que buscan entrar al fenómeno social en que ha devenido FreakZONE.

Es 2019 y desde hace unos 10 años, el incremento de computadoras en el país, un incipiente Internet y, más tarde ya, el paquete semanal, ha permitido que cientos de animes, mangas, videojuegos y un largo etcétera, lleguen al consumo de los adolescentes y jóvenes cubanos, quienes hasta hace muy poco, apenas tenían acceso a 2, luego 4 y hoy 6 o 7 canales de televisión –según la región del país donde se viva–. Pero sobre todo el paquete, un terabyte de información que circula por toda Cuba cada semana con lo último en producción audiovisual, entre otras tantas cosas, conecta a los consumidores cubanos con el mundo.

Para que se entienda el paquete: el domingo en la tarde transmiten el capítulo X la serie YZ en Japón; justo después de transmitida, alguien en algún lugar del planeta la graba y distribuye copias en grupos y foros online de traducción y subtitulaje, después, en cuestión de horas, dicho capítulo es subido a decenas de plataformas donde todo aquél con una conexión decente a internet puede ver y descargar.

El internet decente para verlas es escaso en Cuba, así que en unas horas, se descarga, y al otro día, lunes, el capítulo viaja en discos duros hasta cada rincón de la isla, y a más tardar el martes, todo el que quiso y pudo pagar 1 peso cubano –unos 5 centavos de dólar– por el capítulo, puede actualizarse de su serie anime favorita. Una cadena que comienza en Japón, tiene su centro en internet, y termina en una memoria flash cubana.

Esta cadena, por supuesto, se repite millones de veces cada día, y permite que los consumidores cubanos estén más cerca de lo que les gusta, de lo que quieren expresar, de lo que sienten como suyo, más allá de nacionalidades o idiosincrasias.

Esto, también, no siempre fue así y chicos como Enrique Mayo pasaban horas en casas de familiares con computadoras, o en instituciones estatales con computadoras, intentando que viejos CD les mostraran la serie que habían podido conseguir.

Esto, por último, no es ni por asomo una cultura underground en Cuba. Todos hemos visto decenas de veces en nuestros televisores o cines de municipio, series y películas como Voltus V, La princesa caballero, Angel, la niña de las flores, Los gatos samuráis, Astroboy, El pájaro de fuego, y tantas más. Con dos canales de televisión y poca producción nacional de animados, los muñequitos soviéticos, norteamericanos y japoneses fueron dieta usual de cada niño cubano.

Así, cuando (mal) llegó internet, muchos como Enrique Mayo aterrizaron de pronto en una cultura vasta y versátil, que no solo era audiovisual, sino que se expandía y expande a otras manifestaciones.

Ya en 2016, esta cultura había cristalizado en miles de jóvenes cubanos, y Enrique y un grupo de amigos comenzaban a ser un canal muy adecuado para encausar pasiones. Pero, ¿cómo se pasa de estar frente a una pantalla por horas a organizar eventos de más de mil asistentes, e incluso, entrar por los enrevesados canales de la legalidad cubana?

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Enrique Mayo nació en Guanabo, un pueblo a orillas del mar al este de La Habana, un lugar que, según él, es muy salado, muy tranquilo y muy alejado de todo, aunque todo lo que necesite le quede cerca. “Los que vivimos allí no vamos a la playa, porque la playa está ahí, es parte del paisaje”. Pero Guanabo no tiene escuelas de estudios tecnológicos y Enrique pasó 4 años, desde sus 14 hasta sus 18 años, viajando más de 20 kilómetros a otro municipio –San Miguel del Padrón– para estudiar, quedándose muchas veces en casa de una tía. Allí, a los 17 años, vio su primer anime.

“Una prima por parte de padre, me pasó una serie –MaiHime– que la vi en un día y medio. Es la primera serie que vi consciente de que veía un anime.”

Luego de eso siguieron decenas, cientos de series, que anotaba en un documento Excel con nombre, cantidad de capítulos y otros detalles.

“Es que me gustó el idioma, la animación, la banda sonora, todo ese movimiento de colores. Quedé impactado. Actualmente he visto más de 500, y digo es número por decir uno, porque ya dejé de contarlas. Y no soy el que más ha visto ni de juego, porque con todo el trabajo que tengo, solo puedo verlas por las madrugadas”, cuenta.

Sin computadora en casa, Enrique Mayo se hizo profesor voluntario de un centro comunitario llamado Joven Club de Computación, donde lue1go de impartir clases gozaba de ciertos privilegios de tiempo y acceso a una computadora, donde devoraba los capítulos de los anime que podía conseguir.

Así fue que también conoció el movimiento de fanáticos a estas series que deambulaban por la estrecha red de redes nacional. Se juntaban en foros de medios de prensa, o donde les habilitaran el espacio. Y ahí se escribían desde todas las provincias y se recomendaban nuevas series o comentaban los últimos capítulos de este o aquél anime. Era 2008 o 2009 cuando fue a su primer evento no virtual.

“Iban a dar una conferencia sobre Los Caballeros del Zodiaco. Fui con mi prima. Ahí conocí mucha gente. Me encantó el ambiente, aunque detesté la conferencia. Todos estábamos conversando de la serie que veíamos, qué nos gustaba más. El evento lo organizó un grupo que se llamaba Anime NoKenkiu. Lo hacían mensual y daban charlas, conferencias, algún que otro juego de participación, y de vez en cuando organizaban un cosplay. Éramos 60 personas apiñadas en un pequeño espacio, con calor, pero nos encantaba”, relata.

De esas tardes saldrían muchas iniciativas enfocadas en los animes tiempo después.

“A la quinta vez, me gustó ser más organizador que participante. Hablé con Ernesto y José, que eran los directores. Estuve mucho tiempo de voluntario y ya luego de miembro, organizando cosas”, dice.

Para 2014, hubo diferencias creativas y Enrique decidió apartarse y crear FreakZONE con un grupo de amigos. Aburridos y repletos de Coca-Cola, en una madrugada, se les ocurrió el nombre y el formato. En menos de un mes hicieron el primer evento, en un parque forestal, al que fueron unas 25 personas. Copiando un poco el trabajo de Anime No Kenkiu y agregando juegos de participación, comenzaron a centrarse más en “lo que quería el público”.

Allí estuvieron unos 4 meses y con cada llamado, más personas asistían. Ya a finales de 2014 comienzan a intentar llenar un cine. Mientras tanto, Enrique cumplía su último año de servicio social en una empresa de metales en San Miguel del Padrón llevando los suministros de la cocina, estudiaba japonés cada sábado en la Habana Viaja y se reunía con sus amigos unos días antes para organizar lo que harían en cada FreakZONE.

Reunirse, debe decirse, no incluía planes o pizarras, era más bien hablar mucho y anotar poco. En la azotea de un edificio del Vedado, adolescentes, jóvenes y algunos hasta con más de 40 años, debatían series, capítulos, terminaban artesanías, comentaban los cosplays –disfraces– del último encuentro o del próximo, y de vez en cuando se llamaba al orden para acabar de terminar de decidir los juegos de participación, las preguntas sobre personajes o la identificación de siluetas que propondrían al público en menos de una semana.

“En el segundo evento del Riviera fue una diferencia muy grande. Porque al primero fueron 200 y al segundo se cerró por capacidad, con las 900 butacas ocupadas. Para nosotros fue un shock de contenido. Teníamos que tratar de que el show de 4 horas pudiera complacer a la mayor cantidad de personas. Lo veíamos como algo que pasaba, como un show. Hacíamos una especie de guión, y la mayoría de las veces improvisábamos sobre ese guión, según veíamos el estado de ánimo. Éramos como 20 organizando aquello”, detalla.

El lobby del cine se repletaba de artesanías, afiches, broches, figuras de acción, calendarios, juegos de cartas, y cuanto más pudieran imprimir, fabricar o importar para vender los que con licencias de trabajadores por cuenta propia podían llegar al cine y comercializar sus productos cada mes. Decenas de manos de niños y adolescentes pedían este o aquel ítem, pasaban el dinero, escogían, compraban, sonreían y se adentraban en el cine donde los cosplayers corrían de un lado a otro terminando de afinar su vestimenta, otros tantos jugaban con consolas de video, decenas más intercambiaban por Wifi fotos o videos de animes de su preferencia, tantos más miraban en la pantalla el audiovisual de turno o la representación que ocurría en el tablado del escenario. Pero nadie, absolutamente nadie, estaba en silencio o tranquilamente sentado.

El cine Riviera, en pleno corazón del Vedado Habanero, era un volcán de edades, desde niños hasta ancianos; afuera en la fila para entrar o ya adentro; en el escenario o de espectadores; contados a decenas y a cientos; cerrado por capacidad… Una hermosa imagen de la cultura pop japonesa transpirando a 32 grados y 80 por ciento de humedad en pleno Caribe comunista.

Luego, el Riviera no fue suficiente y fueron a otro cine, que también se llenaba a tope. Desde entonces, Enrique y sus colaboradores junto a otros proyectos, organizan un festival anual llamado Otafest, que es, básicamente, un gigantesco FreakZONE de 3 días donde acuden, además, proyectos de otras provincias. Porque, debe aclararse, FreakZONE es solo uno de los varios proyectos y eventos que existen en Cuba con esta temática. Es, claro, el que más agrupa público, pero no el único.

A La Cabaña, la vetusta fortaleza española a las puertas de la Bahía de La Habana, llegaron en 2017 y ahí es donde hoy siguen trabajando. Es, por demás, el espacio que Enrique mejor quiere:

“La Cabaña es más interactivo, yo digo que son mis potros salvajes que corren libremente por la Cabaña. Allí ellos hacen lo que quieren. En el show del teatro están obligados a estar sentados en una silla y ver todo lo que sucede en el orden en que nosotros los organizadores decidimos. En La Cabaña no. Si te gusta el cosplay vas para allá, si quieres expoventa, si quieres videojuegos, si quieres sacar una guitarra y te rodeas de gente… haces lo que prefieras.”

Foto: cortesía de Enrique Mayo.

Allí han logrado abrir hasta 21 espacios diferentes al mismo tiempo.

Interesante es, además, ver a los organizadores. Dentro de ellos Enrique Mayo, transportando televisores de 32 pulgadas y consolas de videojuegos en ómnibus locales, y luego subiendo la loma hasta la fortaleza. Más de una vez, la policía los ha parado para preguntar.

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Sin embargo, hacer todo esto ha requerido paciencia, luchas contra estereotipos y mucho, pero mucho diálogo con las instituciones estatales.

Cuando Patricia Machín organizaba Habana Cosplay, convencer de que, aun estar disfrazado es algo serio, se tornaba complicado. Patricia hoy reside en Estados Unidos, pero hacer crecer la credibilidad de su proyecto fue algo que solo podía hacer tomándoselo en serio. Asistiendo a cada invitación que hiciera una entidad de cultura o la Oficina del Historiador de la Habana Vieja. Hoy, los proyectos de cosplay se extienden más y más. Y Unicef, por ejemplo, invita a cosplayers a sus celebraciones por el Día del Clima. O se pueden ver muchachos con sus disfraces en pasacalles o eventos para niños y adolescentes.

Así ha sido la historia de Enrique Mayo también. Aplicó para entrar en la asociación de jóvenes escritores y artistas en Cuba, y no fue aceptado. Intentó en el Ministerio de Cultura, y nada. Tocó varias puertas y muy pocas se abrieron. Una de ellas, antes del Cine Riviera, fue la Cátedra de Cultura Japonesa de la Universidad de las Artes (ISA) en Cuba. Con esa membresía pudieron llegar a los cines.

Luego, un proyecto cultural llamado Love In les permitió más alcance. Mediante ellos, hace un par de años llegaron a la agencia de representación de artistas RTV Comercial, adscrita al Instituto Cubano de Radio y Televisión, con los que sostienen un acuerdo que le permite a Enrique y FreakZONE rentar el espacio en La Cabaña y sostener el evento cada mes.

Pero no solo la legalidad o los contratos han sido problema. Llegar a la gente, eso es lo más complicado.

Con la apertura a la telefonía celular, los mensajes de FreakZONE llegaban a cientos de interesados mediante listas de correos y mensajes de texto. Luego con internet en los móviles, abierto en Cuba a la ciudadanía hace menos de un año, en diciembre de 2018, difundir las actividades se hace más fácil. Así que tienen tres listas de WhatsApp y un canal en Telegram con grupo de chat, más una página de Facebook.

“Yo soy cuentapropista, lo que tengo es un centro de impresión con lo que me gano la vida. Pero FreakZONE es a lo que le dedico más tiempo que a cualquier otra cosa. En el grupo hay desde muchachos de preuniversitario, hasta otros casados y con hijos, maestros, fotógrafos, ingenieros, funcionarios públicos…” y así hasta contar 39, con los que coordina eventos, publicaciones en redes, diseños, transportes, moderación de grupos, logísticas, premios, juegos de participación, admisión de obras para el evento nacional, y una larga lista que Enrique pondera por encima de cualquier obligación.

En una pequeña casa de Centro Habana, encendiendo a ratos el aire acondicionado para equilibrar la temperatura, trabaja entre su laptop y su celular, casi todo el tiempo conectado a internet, en lo que su afición por unos dibujos animados se ha convertido en su forma de vida y labor diaria.

“Yo pienso que para pertenecer es una cuestión de pasión. Esto te gusta o no te gusta. El anime no es solamente muñequitos dándose patadas y piñazos, invocando superpoderes o demonios y robots gigantes. Hay series de todo, y te transmiten desde valores hasta materias escolares. Puede que te guste un género y otro no, pero en esencia te tiene que gustar el todo”, dice.

Después de varios años enfocado en ver crecer lo que llama “mi niño”, ya habla japonés y se alegra de que el reconocimiento y la aceptación social e institucional crezca cada día.

“A la gente le extraña que haya este movimiento, pero ya, por fin, no somos el unicornio del zoológico.”

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“Nuevos rostros de Cuba y América Latina” es una serie de 22 perfiles de jóvenes que están transformando la región desde distintos ámbitos: música, deporte, tecnología, derechos humanos, innovación, moda y más. Distintas Latitudes y la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas nos acercamos a ellos para ponerles nombre y conocer su historia.

 

Este texto fue publicado originalmente en Distintas Latitudes. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.