Cuando se separaron, a finales de octubre pasado, Yaima y Reinaldo estaban seguros de que lo hacían solo por un tiempo. Seis meses después ambos han comprobado que ni siquiera los planes más sencillos son fáciles de cumplir. Mucho menos cuando a la distancia de miles de kilómetros se suman los entuertos de una crisis migratoria y –ahora– un terremoto que ella sufre en carne propia… lejos de él.

La primera noticia la recibió incluso sin darse cuenta. “Estoy bien, no te preocupes”. Las palabras en la pantalla del celular no le dijeron demasiado, salvo que ella lo recordaba y casi antes de dormir se preocupaba por hacérsele presente. No fue hasta la mañana siguiente, cuando una amiga común lo llamó para saber “cómo iban las cosas”, que supo que en Ecuador la tierra temblaba.

Desde el domingo ha gastado en tarjetas de celular decenas de dólares, preciosos ahorros para el viaje de reencuentro que todavía no ha podido ser. Su rutina ha cambiado. “Cada vez que podemos, nos mandamos mensajes, nos llamamos. En las noches, después que la conexión de la Wifi mejora, hablamos por Imo. Trato de que no se sienta tan sola, de estar de alguna forma ahí, aunque todavía no sabemos ni cómo ni cuando podremos vernos de nuevo”.

Del año que llevan de relación, Yaima y Reinaldo pudieron pasar juntos solo los primeros meses. Desde el primer día ella le había puesto las cartas sobre la mesa: pensaba irse, probar suerte en Ecuador, donde estaban su madre y hermana, buscar trabajo como informática. Su hijo pequeño la obligaba a inventarse mejores opciones, a forjarse un futuro.

Él lo aceptó. Ella se iría primero; él, terminaría de atender algunos asuntos familiares y legalizar todos sus documentos; se reencontrarían en unas cuantas semanas. Todo tendría un final feliz.

Ya ni se acuerdan de aquellos planes. La crisis migratoria de Centroamérica y el comienzo de los visados para viajar al país andino fueron la primera estocada que juntos debieron soportar. Luego vinieron los problemas de ella para regularizar su situación migratoria, algunas dificultades hogareñas de él, la distancia… Han sido meses difíciles en los que han tenido que reinventarse su amor muchas veces, buscar asideros que acorten el tiempo y los tantos kilómetros que los separan.

Esto es terrible, algo para lo cual una nunca pudiera prepararse, me dice ella a través de Facebook.

Cuando accedió a hablar conmigo era evidente que necesitaba contar lo que vivía, describir como el sábado en la noche todo comenzó a moverse sin que tuvieran hacia donde correr o guarecerse, como en medio del terror solo atinaron a salir a la calle, donde durmieron por varios días.

Manta, la ciudad donde vive, resultó de las más afectadas por el sismo, pero lo peor no ha pasado. “A cada rato se sienten estremecimientos, todo se sacude. Dicen aquí que son réplicas, que mientras más grande haya sido el terremoto más fuerte son las réplicas que vienen después. Así estamos casi sin poder ni dormir, con el sobresalto de que en cualquier momento puede venir un temblor más grande que los anteriores. Lo peor es que la mayoría de los edificios están en peligro de derrumbe, muchos no se han caído por pura casualidad”.

A Yaima solo el afán de supervivencia y su hijo la mantienen de pie. El celular que la une a Reinaldo es su asidero y el tiempo la llama que mantiene su esperanza. “De esto salgo, los cubanos somos duros”, me repite mientras en una computadora prestada busca opciones para viajar a otro lugar de Ecuador y comenzar desde cero. Otra vez.

La dejo para llamar a mi amigo y contarle que recién hablamos. Solo así puedo ayudarlos.