[Esta pieza fue producida en el marco de la 3era generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes. Se publica en elTOQUE como parte de una alianza de medios cubanos y latinoamericanos]

José Manuel Carreño fue un prodigio que se consagró leyenda. En 1990 se convirtió en uno de los primeros cubanos que salió de la Isla con un permiso oficial; su disciplina férrea y su destreza le ganaron su libertad. Durante 25 años enamoró a quienes lo vieron bailar: cuando pisaba un escenario lo demás dejaba de existir, con cada elevación, balanceo, salto y pirueta borraba momentáneamente hasta las ideologías políticas. Hoy dice, con modestia, que es instructor.

¿Cómo llegó a una ciudad al norte de México dominada por la inseguridad, tras pisar todos los grandes escenarios de ballet del mundo? Esta es su historia.

Bailarín desde la cuna

Un salón lleno de espejos, hecho para bailar ballet. En uno de sus extremos, una barra de metal larga, sobre ella, un niño —de quizá seis, ocho años— apoya sus brazos y descansa ahí su cabeza, tiene la espalda derechita y las piernas rectas. Su piel luce un bronceado perfecto, ese que pueden tener solo aquellos que habitan cerca del mar. Sus facciones son finísimas: nariz afilada, quijada simétrica, sonrisa panorámica. Sus ojos, atentos, tratan de memorizar hasta los minúsculos detalles de lo que observa. Se queda quieto, viendo.

Unos metros frente a él, los bailarines ensayan. Sus cuerpos majestuosos se estiran, se doblan, desafían la gravedad. Una vez que entiende la rutina, se arriesga, deja su lugar en la barra y comienza a imitar lo que ve. Los bailarines que lo miran –incluyendo a dos de sus tíos, leyendas de la danza cubana, Lázaro y Álvaro Carreño– lo animan, se ríen; le enseñan, lo quieren. Lo han visto en sus clases, en ensayos y hasta detrás del telón del teatro desde que era un bebé de seis meses; con cariño le llaman Toto.

Estamos a principios de la década de 1970, en La Habana, dentro del Teatro García Lorca –hoy, Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso–, justo sobre la calle Paseo de Martí, número 458. El edificio de 1837 recuerda a las joyas arquitectónicas barrocas de Europa. Después de la Revolución de 1959, el lugar fue incautado y en 1965 se le entregó al Ballet Nacional de Cuba (BNC). Quienes ensayan son miembros esta compañía de grandeza internacional, que en su época dorada podía compararse con las mejores de Rusia, Francia o Inglaterra. En ese entonces la vida del niño Toto, llamado José Manuel Carreño, apenas comenzaba, pero su pasión por bailar ya era evidente.

El bailarín José Manuel Carreño. Foto: Tomada de CubaEncuentro.

El bailarín José Manuel Carreño. Foto: Tomada de CubaEncuentro.

Lo que siguió fueron los cimientos de un talento que cambiaría su vida. A los 10 años  ingresó en la Escuela Nacional de Ballet de Cuba y se enfrentó a una formación intensa. Aspirar a ser bailarín en la Isla era –todavía lo es– tan ambicioso como demandante: mínimo nueve horas diarias de clase; no solo lecciones de ballet, también de piano, francés, repertorio, historia y más.

“Había una virtud, una cosa muy grande que siempre inculcó la Escuela de Ballet. Una sola palabra: disciplina”, cuenta hoy José Manuel. Tiene ya 50 años, pero cualquier joven de 20 envidiaría la agilidad y elegancia de sus movimientos, su postura perfecta y el cuidado absoluto de su cuerpo. Permanecen intactos el tono bronceado de su piel y su sonrisa amable. “En aquel momento no me daba cuenta de si tenía o no talento. Lo único en lo que pensaba era en bailar. Siempre, desde pequeñito, es lo que quería hacer, lo que quiero hacer, lo que querré hacer”.

Como adolescente se permitía soñar. En la Escuela de Ballet ya no solo observaba las rutinas de bailarines cubanos, también estudiaba a íconos del ballet internacional. Lo obsesionaban en particular los miembros de las compañías de Londres y Nueva York. Fantaseaba con bailar en ellas algún día.

Tras ocho años de preparación escolar siguió una presentación que definió su vida: su selección para formar parte del BNC. Sucedió en 1986, para ese momento, con solo 18 años, ya había ganado competencias en Europa y Latinoamérica. Aun así, entendía que esa presentación no era cosa menor. “En Cuba –explica– audicionan cientos de jóvenes (quizá más de 500) y logran entrar máximo 25 hombres más 25 mujeres”. Él fue uno de los afortunados. Ya en el BNC se volvió una estrella. Las giras y condecoraciones llegaron al instante: en Varna, Bulgaria fue laureado; en Jackosn, Mississippi, obtuvo el Gran Prix; en Nueva York, medalla de oro. Durante cuatro años en la compañía se hizo evidente que su talento era descomunal.

En 1990, cuando tenía 22 años, le llegó una oferta: lo contrataban en la compañía English National Ballet. Su sueño, bailar en Londres, se materializaba. Ahora tenía que conseguir salir de su país, lo que significaba marcharse sin un ticket de regreso.

“En esos años era muy difícil salir de Cuba, bastante. Fui un pionero en ese aspecto. Creo que fui el primero (en conseguir este tipo de permiso), sí, o al menos uno de los primeros”, recuerda. “El irme… para mis padres fue duro, ¿no? Para mis tíos también. Me puse en la mente que sería difícil, pero lo mejor para mí. […] Yo quería ser un bailarín internacional y para hacerlo sabía que tenía que irme de Cuba”.

Un artista cubano en la Casa Blanca

La seguridad es excesiva, una locura. En el país todavía habita la paranoia post 11 de septiembre. Ingresar a este inmueble, sin exagerar, es una odisea. Al estrés de las continuas revisiones hay que sumarle los nervios personales y colectivos. Hoy su compañía, el American Ballet Theatre (ABT), bailará para el presidente George W. Bush y la primera dama, Laura. El evento es para los hijos de los militares que se encuentran luchando en Afganistán. Nos encontramos en la Casa Blanca, es el 5 de diciembre de 2005.

Actuación del American Ballet Theater en la Casa Blanca. Foto: Shealah Craighead. Tomada del sitio web de la Casa Blanca.

Actuación del American Ballet Theater en la Casa Blanca. José Manuel Carreno junto a Xiomara Reyes. Foto: Shealah Craighead. Tomada del sitio web de la Casa Blanca.

Después de cruzar los filtros y prepararse, al fin llega. Se coloca su vestuario. Será el Caballero del Hada de Azúcar, su traje es color beige con decoraciones brillantes en el cuello, y las mangas, sus mallas y zapatillas del mismo tono. Sale, pero no a un escenario, su público está a escasos metros de distancia. Bailarán El Cascanueces en medio de la Sala Este.

El cuarto es espacioso y elegantísimo, con candelabros de cristal y cortinas doradas sobre enormes ventanales. Hay una pintura de George Washington de 1797 y un enorme árbol de navidad con decoraciones rojas.

“Imagínate eso”, recuerda hoy José Manuel. Su acento cubano enfatiza con emoción las vocales al hablar. “¡Bailar en la Casa Blanca para el presidente y la primera dama! Toda la seguridad. Uy, fue un poquito estresante. Pero bueno, estar en ese lugar fue impresionante. Muy lindo. Bailamos delante de ellos, muy cerquita. Cuando terminamos, los Bush se pararon, nos aplaudieron, nos saludaron y todo eso”.

Un cubano bailando para George W. Bush, un presidente republicano que dos años antes, en 2003, había anunciado medidas crudas contra el gobierno de la Isla, que incluían estrictas restricciones de embargo con el fin de eliminar los viajes al destino caribeño.

Pero en ese momento las ideologías no importaban. ¿Por qué? ¿Por qué el baile tiene esta capacidad de borrar o al menos difuminar por un rato hasta la política? Esta es la teoría de José Manuel: “Es como todas las artes, ¿no? Te transportan a otro lugar. Son formas personales, diría yo, de pintar la vida”. Hace una pausa, lo reflexiona: “Como artista, una de las cosas que más me ha dado placer en todas las obras que he representado es ver al público, ya sea llorando o riéndose. Cuando uno es capaz de hacerle llegar algo así al público realmente te sientes como un verdadero artista. No solo es hacer pasos, mostrar la técnica. Con los años he aprendido que lo importante cuando estás en un teatro es ver a la gente alegre contigo. Eso a uno lo llena mucho”.

Momentos así han pintado su vida. Dice que más que bailarín, ha sido como un gitano. Ha conocido tantos países que genuinamente ha perdido la cuenta; intenta acertar, pero no puede. Lo alegra —sin vanidad ni arrogancia, al contrario, muy consciente de su privilegio— poder decir que ha viajado casi por el mundo entero, la única excepción es África. De ahí en fuera, ha pisado miles de escenarios en toda América, Europa, Asia y Oceanía; incluyendo muchas islas, desde Hawai hasta Australia.

George W. Bush y Laura Bush durante la presentación del American Ballet Theater en la Casa Blanca. Foto: Kimberlee Hewitt

George W. Bush y Laura Bush durante la presentación del American Ballet Theater en la Casa Blanca. Foto: Kimberlee Hewitt

Bailar para Fidel Castro

Regresemos a 1990. Con 22 años José Manuel aterrizaba en Londres y sobre él colgaban grandes expectativas. Era una joven promesa del ballet a la que todavía le faltaba muchísimo por aprender. Llegó a un país que nada tiene que ver con el Caribe. Cumplir su sueño, lo descubrió pronto, no fue una fantasía.

“Londres ya era definitivo, algo permanente y fue duro, sobre todo el primer año. Después de cuatro años en el Ballet Nacional de Cuba, aquí solo era un extranjero, no sabía hablar inglés”. Lo recuerda bien, su voz llena de honestidad: “Extrañé mucho a mi familia al principio, pero me ayudó que la compañía era muy internacional… había españoles, italianos, franceses; ahí me comunicaba bastante bien. Aprendí un poquito de inglés, pero no mucho. Esos fueron mis primeros tres años en el English National Ballet. Los otros dos fueron en el Royal Ballet. Y ya, después estuve 18 años en Nueva York con el American Ballet Theatre (ABT)”.

Durante su trayectoria en el ABT regresó una vez más a Cuba, esta vez acompañado de la PBS porque la red de televisión estadounidense filmaba un documental sobre los mejores bailarines masculinos de la compañía neoyorquina. No era su primer retorno, iba cada vez que podía; le gustaba bailar en casa, se presentaba mínimo cada dos años como invitado especial del Festival Internacional de Ballet de La Habana.

Esee viaje fue especial: bailó para Fidel Castro, debía ser 1997 o 1998. Bailar para él fue algo que sucedió varias veces en su carrera, algo natural, considerando la historia del ballet de Cuba.

“Aunque confesaba que no sabía bailar, a Fidel Castro Ruz le gustaba la danza”, explica el periodista cubano Yuris Nórido en el texto Fidel: Uno de los artífices del ballet cubano. “De hecho, a lo largo de su vida siempre encontró tiempo para asistir a funciones del Ballet Nacional de Cuba, una compañía que, gracias en buena medida a su apoyo, se convirtió en singular embajadora de la Revolución en el extranjero”.

Lo especial de esta presentación fue que se concedió una autorización a la PBS para documentarlo. En el video se puede observar a un Castro ya canoso, vestido con su emblemático uniforme verde militar, al lado de la bailarina de ballet cubana más famosa del mundo y amiga muy cercana del mandatario: Alicia Alonso. Los dos observan a José Manuel bailando en el escenario. Esta mujer, icónica y todavía viva, fue maestra e impulsora de la carrera del bailarín. En entrevista, Alonso ha dicho que sospecha que José Manuel fue bailarín incluso antes de nacer.

Hablar de Cuba lo emociona: “Me encanta Cuba y pienso que La Habana es una ciudad mágica, muy linda. Me gusta su arquitectura, su cultura, sus playas, su música, su gente. Siempre estoy en contacto con mi país”.

Habla con cariño, se reconoce cubano con orgullo: “Y ahí se ama la danza. El BNC tiene más de 50 años de fundado. Mis tíos bailaban ahí: ellos se iban, hacían giras, tanto internacionales como nacionales. El ballet era de cierta forma un programa educativo que siempre estuvo con toda la población. Actualmente tú dices Ballet Nacional de Cuba y todo el mundo sabe de lo que estás hablando: desde un chofer de un camión hasta un diplomático. Ir a una función, por ejemplo, es muy accesible”. Es  muy barato, en comparación con otros países. Ir a ver un espectáculo de ballet cuesta 10 pesos cubanos y el salario medio es de 740.

La nueva misión de José Manuel Carreño: educar

Aquí se respira música: suenan violines, pianos, clarinetes, trombones, violonchelos, flautas. Las cadencias salen de los cuatro lados de este edifico, se mezclan con el viento y se encuentran al centro, en el patio. Nos encontramos en un rincón peculiar de Monterrey, Nuevo León, México, en la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey (ESMDM), ubicada sobre la calle Padre Mier, número 1720. El edificio es uno de los pocos en el estado con más de 100 años de antigüedad, data de 1911. El arquitecto que lo diseñó se inspiró en el estilo gótico francés. Sus paredes son de ladrillos en tonos dorados y naranjas, resaltan sus ventanas con vitrales coloridos que muestran a personas bailando.

Esta ciudad es la parada más reciente de José Manuel. No tiene nada que ver con La Habana, Londres, ni Nueva York. Monterrey se encuentra en el noreste de México, es la capital del Estado y se le conoce por su industria, sus empresarios y, desde 2009, por el enorme poder que ejerce el narcotráfico sobre su territorio. Arte o cultura no son palabras que se asocien con frecuencia a esta metrópoli. Curiosamente, Monterrey y Cuba han tenido como punto de encuentro el ballet desde hace ya años. Esto, gracias al Ballet de Monterrey (BdM), compañía que ha tenido bailarines cubanos desde su fundación en 1990.

“El BdM siempre ha sido una cantera, siempre ha acogido a muchos cubanos. Han pasado por aquí bailarines cubanos, maestros cubanos, directores cubanos”, explica José Manuel. “Y qué casualidad que estamos aquí en la Superior [la ESMDM] porque yo creo que el ballet aquí tiene como una base en la escuela cubana. Este ambiente espectacular de música y danza, así también es en Cuba”.

José Manuel ya ha dejado los escenarios. Se retiró en 2011 bailando el Lago de los Cisnes. Quienes presenciaron la despedida afirmaron que fue el fin de una era. “En el escenario de la Ópera Metropolitana de Nueva York la audiencia fue toda suya y lo aplaudió durante casi un cuarto de hora, pidiéndole que saliera de detrás del telón una y otra vez mientras el piso del escenario se llenaba de flores”, se puede leer en una nota sobre el evento.

José Manuel Carreño junto a sus alumnos del Ballet de Monterrey. Foto: Tomada de Reforma.

José Manuel Carreño junto a sus alumnos del Ballet de Monterrey. Foto: Tomada de Reforma.

En la actualidad es instructor, sus alumnos son principalmente adolescentes y jóvenes con un talento prometedor. Fue Director Artístico del BdM hasta diciembre de 2018, pero confiesa que dar clases le fascina. Ahora es él quien danza mientras sus alumnos lo observan fascinados y, después, imitan sus pasos.

“Sinceramente, sí me gusta el trabajo profesional, pero te voy a decir que me gusta mucho más trabajar con los alumnos. ¿Qué siento con ellos? Los chicos, las chicas tienen como un hambre, como una ansiedad de aprender mucho más. Cuando llegan a una compañía ya se asientan, ya son profesionales, pero cuando estás trabajando en la escuela aprenden y aprenden, están atentos a todo lo que les estás mostrando. Es muy rico, muy lindo”.

Su misión ahora es educar, no solo a los alumnos, también al público. Considera que en Monterrey y también en el resto de México el ámbito artístico va en crecimiento y tiene muchísimo potencial. El arte aquí está construyéndose y lo emociona ser parte de eso porque, según cuenta, es emocionante ver cómo teatros que antes eran frecuentados solo por un puñado de personas hoy se llenan con las funciones de ballet. “El público en el norte está aprendiendo de arte, se está cultivando y eso es bueno”, asegura.

¿Lo volvería a hacer todo de nuevo? José Manuel no se tarda ni un segundo en responder: “Sí, claro que lo volvería a hacer”.

 

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