Blaccucini nació en el patio del Mejunje, el primero de septiembre de 2007, cuando decidió pintar de rojo intenso sus labios negrísimos y evitarle a la gente, arrancándole risas, tristezas similares a las suyas. Le pusieron así, Blaccucini, con dejo paródico, por ser el Black Cousin (Primo negro) de la familia enorme de gays y lesbianas en Santa Clara.

23 años antes de esa fecha, en Camajuaní, en un hogar de más de 10 personas, nació Denet Oliva Triana, el niño varón que palpita debajo de esta mujer y que en la calle reconocen como “Blancuchini”, acaso por parecer una ironía la del propio nombre, que suena como blanco y, en cambio, anuncia una figura negra.

Parecía que la “desgracia” (según el imaginario discriminatorio de la sociedad cubana) no podría ser doble: “¿Negro y maricón? imposible”, pensaron en el barrio. Pero con el tiempo Denet se los puso más difícil: transexual. A ella nada de eso le quita el sueño.

Foto: Yariel Valdés.

“Yo creo que la sociedad ha sido bastante benévola conmigo. Discriminación hay, pero no te puedo contar ninguna historia de horror al respecto. De hecho, acostumbro a actuar en espacios fuera del Mejunje y la aceptación del público es mejor. En comunidades rurales voy con Silverio, a nuestros programas culturales, ¡y esos guajiros te reciben con un cariño!… parece que mis payasadas de verdad los divierte”.

En el propio Mejunje, adonde no deja de ir en ninguna de las tardes en que despierta —“soy noctámbula, mi vida, duermo casi todo el día”— la esperan como esperan a las grandes figuras: la tratan como reina y señora del lugar. Con un gesto de vedette manda a quitar la música. El DJ obedece. Foto: Yariel Valdés

—Eres una de las pocas transexuales que hace humor en Cuba. Quizás la única, le pregunto a esta figura inmensa.

—Conozco otra en La Habana, pero no es la misma línea que yo. Lo mío es la comedia musical. Aunque aclaro que yo no me considero comediante, ni humorista, quizás transformista con vis cómica. Una artista.

Subestimar esa vis cómica la ha alejado de una solicitud de ingreso al Centro Promotor del Humor que ni siquiera considera oportuna y que podría proporcionarle más reconocimiento por su trabajo. Aun así, cuando sale a escena, su principal propósito es hacer reír bajo los cánones del transformismo: Música de fondo más un playback que realce la femineidad de este hombre por genes y mujer por convicción. Vestidos, lentejuelas, pelucas. La técnica de la fonomimia que a Blaccucini le resulta cómoda.

Foto: Yariel Valdés.

 

“Quiero cuanto antes evolucionar. El transformismo se queda en cosas superficiales: ripiarse el vestido y tirarse p´al piso, y la gente gritando ¡Oh, qué perra! Y a ellos hay que educarlos a que podemos aportar más arte. Por eso me di a la tarea de buscar un director de teatro que me ayude a construir un monólogo para mí. Pero aun son solo palabras”.

“Yo desde chiquito amaba sacarle el chiste a las cosas. Hacía parodias de canciones famosas, o escribía las mías propias para cantárselas a la gente en mi casa”.

El don se lo descubrirían sus familiares, primero, y sus amigos de la escuela, después. “Siempre he sido la payasa del grupo”, insiste.

Denet quiso ser médico, pero dejó la carrera tras comenzarla. Un día, por embullo de unos amigos, se ajustó los primeros atuendos de mujer. Los sintió deslizarse suave por su piel, hasta encajar perfectamente en sus toscos atributos. Miró al espejo y se vio como nuevo. O no, como nueva. Pintó sus labios. Actuó. El público no pudo evitar carcajadas.

Foto: Yariel Valdés.

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