Un gran sombrero, como señorita impresionista, lleva Lisbet, en los días más ardientes, a la entrada del Corredor. Pudo ser una muchacha de las que pintaron Renoir o Manet. Su devoción por la pintura y aquel estudio “sobre el tema de la muerte en las artes plásticas cubanas desde 1959 hasta el 2000”, han ido cediendo ante la aplastante realidad de la supervivencia.

Es licenciada en Historia del Arte, pero eso no se aprecia a simple vista; y los extranjeros se sorprenden cuando ella les habla de capiteles y estilos arquitectónicos, o comparte ideas sobre el tono y las características de algún cuadro. Pocos comprenden cómo una graduada universitaria termina vendiendo artículos artesanales en un Corredor, llamado Santa Isabel, en la ciudad de Cienfuegos, al centro sur de Cuba.

Conversamos de pie a un lado de la mesa repleta de aretes, collares y pulsos. En un banco cercano, una señora le grita a su interlocutor de la WiFi: “¡¡pero mi hermano cuándo van a bajar el precio de los pasajes esos!!”. Alucino por dentro. Algunos clientes se detienen en la mesa de Lisbet Pérez Veitía, por lo que colocamos pausas al diálogo constantemente.

Entre venta y venta, me habla sobre la primera renuncia que hubo de hacer una vez terminado su tiempo de estudio en La Habana, “yo no quería regresar, pero no me quedó otro remedio”. Lisbet tuvo que aprender Pedagogía para sobrellevar los inconvenientes en un aula e impartir clases en la Universidad Carlos Rafael Rodríguez. Estuvo allí 4 años.

“Un buen día decidí que eso no era lo que yo quería hacer, me acerqué al Fondo de Bienes Culturales y conseguí contrato como Especialista de Artes Plásticas. Hice incursiones en exposiciones, algunas palabras a catálogos… pero fue un trabajo efímero, por las mismas condiciones de labor allí y me alejé”, agrega mientras vigila a las personas que se acercan.

Foto: Leslie Corrales Rosell

Durante 10 años, antes de que Lisbet viniera todas las mañanas a sentarse en el Corredor y esperar por los clientes que compran, asistió puntual al Telecentro Perlavisión de la ciudad. Primero fue Productora y luego Directora de programas, un puesto envidiable para cualquiera, no solo por la realización artística, sino por los altos salarios que allí se alcanzan.

“El sistema de pago es atípico para los Directores, ese era un trabajo bien remunerado, y si a ello sumamos que tenía buenas condiciones y una buena administración, todo era casi perfecto”.

Entonces, apareció para Lisbet el pero de esta historia. Se le presentó un viaje al exterior por gestiones personales. “Pedí permiso, los tres meses que entre licencias y vacaciones te consienten, y salí. Al regreso me incorporé sin problemas; pero ya bajo otra dirección y el trabajo no era igual. Se sentía cierto descontento, las condiciones fueron cambiando, poco a poco se fue deteriorando la técnica, había menos recursos y el ambiente se hizo tenso. Eso me desanimó, a pesar de continuar cobrando un salario bastante elevado”.

Hace dos años y medio que Lisbet vende en el Corredor. Al inicio alternó ambos trabajos, pero apareció otro viaje, “cuando solicité el permiso me dijeron que no, que debía pedir la baja. Fue cuando asumí que esos diez años habían sido suficientes, a pesar de que me encanta hacer televisión”.

Lisbet ha mejorado considerablemente su fonética con el inglés y el alemán vendiendo en la mesa del Corredor y “en el plano económico no me puedo quejar, te sientes remunerado diariamente, gano mucho más que los profesionales como yo. Desde el punto de vista espiritual no es un trabajo que enriquezca, esto lo puede realizar la media; pero como uno está viviendo hoy en día es muy difícil dejar algo que te reporte dinero por otro que solo te complazca.

“Yo no pienso trabajar en un museo o una galería, a no ser que sea de mi propiedad y que me de dinero. En realidad ese es el sueño que siempre he tenido: tener una galería, pero con exponentes de las artes plásticas de acierto, que se vendan; si es así, tal vez apueste por ese trabajo”.