Los caminantes son dos y venden rosas. Uno, el más pequeño, es vivaracho, gritón. Le gusta meterse con la gente para entrarle su mercancía por los ojos. Usa botas de goma. «¿Por qué andas con esas botas por la ciudad?», le pregunto y él se me ríe en la cara. “Por qué va a ser —abre las manos— porque son resistentes y porque dan suerte”.

El otro caminante es grande y callado. Le da vergüenza pregonar su mercancía. Antes vendía con otro, pero como a ninguno de los dos le gustaba vocear, ganaban mucho menos. “Por suerte llegué yo a su vida”, dice el pequeño mientras me guiña un ojo y le grita horrores a la cotorra que se mece en el antepecho de una ventana.

Las flores, tengo que ser sincero, no son de las comunes que usted ve y dice ¡Qué bonitas! o ¡A ver si huelen rico! No, estas rosas se comen, están hechas con la cáscara interna de la toronja, que los cubanos llaman “casco”. Cada una tiene 32 “pétalos” y cuestan 20 pesos.

—¿Están vendiendo dulces? —pregunto en cuanto los veo ofreciendo su mercancía.

—No, el dulce que lo haga otro —responde el pequeño— ya nosotros hemos hecho bastante con buscar las toronjas donde el diablo dio las tres voces, pelarlas y traerlas hasta Santa Clara.

El grande asiente en silencio y se acomoda un bolso en el hombro. Cada uno lleva encima entre 35 y 50 libras de cascos de toronjas. También cargan, a 100 pesos el galón, un tanquecito con zumo de naranja.

El suyo es un oficio que requiere resistencia, agilidad y buenos pulmones pues recorren a pie la ciudad, voceando su mercancía. De los 7 días que tiene la semana lo mismo se les puede ver en Cienfuegos, su cuartel general, que en Santa Clara o Sancti Spíritus. La buena noticia, de eso uno se percata enseguida, es que la carga disminuye mientras van vendiendo. Y la mala, parecen decir sus rostros, es que a veces están tan cansados que ni siquiera se dan cuenta.

—Se van a matar en estas caminatas —digo yo en cuanto entro en confianza.

—No, qué va —aclara el pequeño—, cuando suena el dinero no hay cansancio. Te tomas un par de cervezas y se te pasa todo.

Mira al grande y agrega:

—¿En qué trabajo estatal tú te buscas 1500 pesos a la semana?

Saco rápidamente la cuenta: 1500 x 4 = 6000, es diez veces el salario medio mensual de Villa Clara, que asciende a poco más de 600 pesos.

—Además, uno es su propio jefe —lo apoya el otro—, y en cualquier momento nos podemos tomar vacaciones.

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Es difícil seguirles el paso a estos caminantes. Van rápido y como en zigzag. En realidad, eso lo supe después, tienen bien claro cuáles son los mejores lugares para vocear su mercancía. El pequeño prefiere los edificios y la zona donde están los hospitales. En cambio, evitan el centro de la ciudad. Saben que ahí es complicado vender cualquier cosa o pueden encontrarse con la policía.

—¿Ustedes no tienen patente?

—Sí —dice el grande, pero el pequeño lo interrumpe enseguida:

—Los policías son muy caprichosos —aclara— y te ponen una multa con cualquier pretexto: higiene, el lugar donde estás parado.

Además, hay otro asunto: la procedencia de la mercancía. De un tiempo hacia acá los cítricos escasean en Cuba. No se sabe si es por las epidemias, la renovación de los campos o simplemente el desinterés generalizado. El hecho es que el zumo de naranja, o los vistosos casquitos, tienen mucha demanda y alcanzan altos precios en el mercado.

Los caminantes se niegan a decirme dónde consiguen la fruta. Después de mucho conversar, y andar, me aseguran que proviene de una plantación abandonada por una empresa estatal y que está prácticamente silvestre. Ellos van allí con sacos, recogen la fruta y, sabe Dios por qué medios, se la llevan a sus casas. Allí las desuellan a cuchillo limpio, un proceso extenuante en el cual también intervienen sus familias.

—Antes usaban una máquina —digo yo.

—Sí, pero nosotros no la tenemos —aclara el grande mientras se cambia el bolso de hombro—, hay que hacerlo a mano.

—¿Y por qué organizan los cascos en forma de rosas?

El pequeño pone su maletín en el piso. Abre el zipper de un tirón.

—Porque así ocupan menos espacio —me muestra el interior del maletín— y no se ensucian tanto durante el viaje.

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Pasa una mujer con una pierna de cerdo a cuestas. La lleva agarrada con ambas manos y pegada al cuerpo porque la pierna es bastante grande.

—Si me ayudan, les compro un poco de toronja —grita la mujer y se acerca a los caminantes.

—Y te ayudo —afirma el grande.

Se voltea hacia mí y me dice:

—Aguántame este bolso —deja parte de la mercancía en mis manos, agarra el pernil y sale en pos de la mujer.

Regresa al poco tiempo.

—Vendí cuatro, tres a la mujer del pernil —le informa al pequeño—, y una a la viejita que vive al lado suyo.

—Las mejores clientas son las señoras mayores —me explica este último y añade—, la juventud no sabe o no quiere hacer dulces.

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Los cascos de toronja, que se hacen en almíbar, estuvieron en un tiempo entre los dulces favoritos de los cubanos. Se elaboraban de forma casera y se consumían sobre todo en fin de año, acompañados con queso blanco. Ante la escasez de los cítricos, y por ende de las toronjas, poco a poco han ido perdiendo su lugar ante postres más económicos, como las mermeladas, el dulce de coco y los famosos casquitos de guayaba.

Mis piernas comienzan a quejarse cuando solo quedaban dos rosas y un galón de zumo. Los caminantes, ya aligerados de su carga, piensan dirigirse al centro de la ciudad.

—Y, ¿si nos para la policía? —se preocupa el grande.

—Nada, decimos que esto lo compramos por ahí —el pequeño hace un malabar con las dos rosas y sonríe.

Entonces yo me paro en seco.

—Hasta aquí llego —digo, controlando el temblor incesante en las piernas—, ¿qué distancia habremos recorrido hoy?

—Unos diez kilómetros —responde el grande.

—Es poco —dice el otro levantando los ojos al cielo—, otras veces hemos caminado más.

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