Lo escuché sin querer en un departamento universitario. Los que charlaban no eran analfabetos ni ignorantes, sino intelectuales y docentes. Hablaban del tema que tantos comentarios ha suscitado en los últimos días: los actos vandálicos sobre bustos de José Martí en La Habana y el material transmitido por el Noticiero de la Televisión Cubana (NTV), en el cual se identifica y entrevista a los presuntos delincuentes y se escuchan detalles del agravio. (Escribo “presuntos”, porque ni el más vil asesino ha de llamarse así hasta ser condenado legalmente).

“Ellos se salvan que en Cuba casi no se aplica la pena de muerte”; “cadena perpetua, eso es lo que merecen”; “psicópatas, eso son, psicópatas”… Los comentarios, como leños secos en la hoguera, subían y subían las llamas. Al salir de allí, en otros espacios de la ciudad, el motivo de conversación era el mismo. Y los “razonamientos” similares: “lacras”, “escorias”, “malnacidos”, “cadena perpetua”, “pena de muerte”, “que los destierren” …

En el chancletero Facebook, la cosa andaba peor. Y en más de un muro —de profesionales, historiadores, periodistas—, los post o comentarios añadidos se explayaban pidiendo sangre para los que usaron sangre.

Entonces un lúcido amigo y colega colocó algo que me pareció lo más atinado, lo más fecundo entre tanto encono: “Martí en la hora actual de Cuba”, de Cintio Vitier. Transcurría septiembre de 1994, cráter terrible de aquella década horrorosa, y el país atravesaba su desgarradora tercera ola migratoria: la llamada crisis de los balseros. Mucha gente simplificaba las cosas diciendo que esos que se iban eran tan solo antisociales, tipos desechables. Y Cintio, con luz martiana y cristiana, ripostaba:

“La Revolución, por muy masiva que sea, tiene que ver en cada joven desmoralizado, escéptico político, marginal o antisocial, un innegable y doloroso fracaso. […] La Revolución no puede conformarse con decir de los que se lanzan al mar en embarcaciones frágiles y arriesgan las vidas de sus niños y ancianos son delincuentes, son irresponsables, son antisociales. En todo caso son nuestros delincuentes, nuestros irresponsables, nuestros antisociales”.

Como antídoto ante el desaliento, el poeta proponía una “campaña de alfabetización martiana” que completara y renovara aquella de 1961, una campaña en la cual se probara la esperanza, “sistemáticamente, sin burocracia pedagógica”, para lograr una formación humanista, desde el círculo infantil hasta la vida toda.

“Si cada ciudadano, en efecto, conquista su independencia personal y aprende a gobernarla en beneficio común, el gobierno de la bondad y del decoro está asegurado junto con la independencia nacional y la pertenencia al ‘magno universo’”, indicaba el ensayista de Orígenes. Y remataba con palabras de Martí: “O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio integro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, -o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos”.

Releí al Maestro en voz del pedagogo. Y pensé. Solo pensé. ¿Acaso los odios, las mezquindades, los linchamientos de cualquier índole tienen algo que ver con Martí? ¿Acaso el estímulo a lo más bajo, a lo más bestial de los seres humanos tiene algo que ver con el ejercicio íntegro del decoro?

Mancillar la representación del Héroe Nacional de un país es condenable. Dañar la propiedad social es punible. Y en las leyes han de estar claras las sanciones al respecto. En eso, creo, a nadie medianamente civilizado le quepan dudas. Pero de ahí a convertir la fechoría barata en enorme afrenta a la nación; de ahí a enfocar los cañones de opinión pública a dos personas que con solo escucharlas se advierten sus carencias espirituales e intelectivas; hay, me parece, un buen trecho. El trecho que va, precisamente, entre asumir de raíz el pensamiento del Apóstol y usarlo como bandera de agitación.

Captura del video transmitido por el Noticiero Nacional de Televisión.

Captura del video transmitido por el Noticiero Nacional de Televisión.

Al final del material transmitido por el NTV se escucha lo siguiente: “Cabría reflexionar que, si en una época pasada 8 estudiantes de Medicina fueron asesinados injustamente por un supuesto ultraje a la tumba de un prócer español, ¿qué merecen entonces estos serviles?  Para su suerte, la Revolución cubana es justa, respeta la vida y cree en el mejoramiento humano”.

¿En serio quienes gobiernan en nombre de la Revolución cubana tienen que acudir como patrón de comparación a lo más sucio y bajo del colonialismo español, 150 años atrás, para elevarse luego, generosamente, y decir que son mejores que eso? ¿Un gobierno fruto del proceso revolucionario que declaró a Martí como su autor intelectual es capaz de semejante paralelismo?

¿Hasta cuándo se seguirá condenando en tribunales mediáticos antes que los tribunales jurídicos dicten su fallo? ¿Acaso esto no es una sistemática violación de la inocencia que cada ciudadano puede ostentar hasta que se demuestre legalmente su culpabilidad?

Y ya en un orden más pragmático, ¿nuestras autoridades político-militares (siempre tan “eficientes” tras la huella de los delitos y la corrupción), y cuantos en las calles —azuzados por estas— se dan golpes patrióticos en el pecho creen que el gran peligro que puede venirnos del vecino del Norte son dos simplones drogados con una cubeta de sangre de cerdo a cuestas?

A Martí, que no es un pedazo de piedra, metal o plástico, nadie lo mancha. Su vida, que fue sus letras, que fue su muerte, que fue su futuridad, está condenada a brillar más allá de cualquier estupidez humana.

Pero ojo: cerrémosles la muralla a quienes, pretendiendo combatir odios, los inciten. Seamos, parafraseando a Silvio Rodríguez, un tilín martianos, y mucho menos egoístas.

 

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