Nunca quise salir de Cuba. Esa fue por mucho tiempo mi verdad. Cada vez que ponía un pie fuera del archipiélago mi cuerpo se enfermaba, de manera que el regreso, tan solo pensarlo, era parte de la cura.

En febrero de 2013 salí con un billete sin regreso, para casarme por segunda vez en mi vida y, por primera ocasión con una mujer. Dicen que el amor intenta ser la causa de muchos cambios rotundos en nuestra existencia.

En algún momento que mi memoria no recuerda, me percaté que estaríamos quizás entre las primeras mujeres cubanas en unirnos legalmente. Entonces mi viaje dejó de ser un tema privado para convertirse, por mi parte, en un acto político. En él estaban puestas mis ganas de unirme a la persona que amaba, gracias a la  posibilidad aún muy remota en Cuba; y que Alemania, una tierra que por entonces solo me evocaba extrañeza, facilitaba. Significaba abrir un nuevo capítulo en la historia  de la  lucha por el reconocimiento de las relaciones homosexuales en Cuba.

Foto: Cortesía de Sandra Álvarez

Sin embargo, ante mi país yo me sentía fuera de la ley. Mis derechos se resumían a hacer colas desde la madrugada, comprar sellos timbres, cambiar errores en la inscripción de nacimiento, pedir copias de todos los documentos, y pagar lo suficiente para que estuvieran lo más pronto posible. Yo me casaría con una mujer, me lo decía a mí y a nadie más. Presumí los gritos en el cielo, las preguntas incisivas y las miradas ignorantes. A las indagaciones no les temí nunca, sin embargo el hecho de que yo, mujer feminista, no pudiera disfrutar de ese derecho en Cuba me hacía sentir profundamente derrotada.

Por otro lado estaba la Embajada de Alemania, que yo sentía como tierra de justicia. Allí, se me entregaba en cuños la certeza de poder hacer uso de la unión civil que permite que dos personas de un mismo género puedan convivir, pagar impuestos juntas, tener vidas comunes, ser socialmente reconocidas. Casi todo, menos adoptar.

De esta manera, ese lugar que me era completamente ajeno y desconocido me consideraba más que mi propia casa.

Me sabía humana y con la libertad de escoger con quién y dónde quería pasar mis días. Me casé alevosamente un 8 de marzo y las banderas cubanas y del arcoiris fueron los únicos trofeos que exhibió la mesa de ceremonias. Cubanas, porque Esme y yo somos dos mujeres negras orgullosas de la naturaleza de nuestro cordón umbilical.

No obstante, la sensación de que estoy delinquiendo me vuelve una y otra vez cuando relleno el cuestionario del consulado cubano, para el cual mi matrimonio y mi núcleo familiar en Alemania no existe. Por eso me saben, ahora, muy mal los regresos a Cuba.