Hace unas tres semanas entré a la barbería para recortarme un poco la melena. En el sillón donde trabaja Alexy, mi barbero por más de nueve años, había otra persona: un muchacho rechoncho que se asombró cuando le pregunté:

—Socio, ¿Alexy no va a pelar hoy?

—Bróder, Alexy está en Miami —me respondió con frialdad.

¡Ño, qué fuerte! Fue como si me propinaran un piñazo directo al mentón.

Entonces pregunté estúpidamente:

—¿Y cuándo regresa?

El gordito me miró con cara de quien está viendo a un marciano, y pronunció una sola palabra:

—Definitivo.

Me quedé por un instante sin saber qué hacer. Me daban ganas de decirle “Ah, deja la corredera de máquina”, pero enseguida supe que no había broma alguna, y salí de la barbería con la misma soltura con la que acababa de irrumpir un minuto antes.

Al primer socio que vi le comenté mi pena:

— ¡Qué clase mierda, asere! Mi barbero se fue pa´ Miami.

—Mierda pa´ ti, él debe de estar contentísimo.

Me sentía traicionado, herido; como si Alexy, después de tantos años acotejándome el pelo, tuvierala obligación de alertarme sobre sus planes para que la noticia no me cogiera de sorpresa.

La verdad, en Cuba nadie pregona sus propósitos de salida porque hay mucha superstición. Casi todo el mundo realiza sus trámites en el más absoluto silencio porque la gente no quiere arriesgarse a que los planes se le jodan por culpa de malos ojos y malas lenguas.

La palabra “definitivo” se instaló en mi mente y me pasé varios días sopesando su solidez, su invariabilidad, su dureza.

Mi madre se alarmó, pues ella dice que pelado como un hombre es como mejor me veo y siempre está dándome lata para que recorte mi melena. Mi hermana me recomendó a su peluquera. A la vieja le dije que estuviera tranquila, le aseguraba que nunca me vería con el pelo por debajo de la cintura, y a mi hermana le agradecí la oferta. Volví a la palabra “definitivo”, al escozor que siento en mi boca cuando la pronuncio.

El acto de poner mi cabeza en manos de un nuevo barbero me infunde temor. Mi primer fígaro —El Diablo, le decían— fue el barbero de toda mi niñez y adolescencia; cuando decidí abandonarlo —en un acceso de irreverencia— tuve que pasar por las manos de tres barberos más pues no solo es cuestión de que me pelen bien, sino que esa persona me resulte grata,  me inspire simpatía, cordialidad. Dar con Alexy fue una alegría inmensa.

Ahora, cuando me miro al espejo o me hago una selfie, descubro en mi melena nuevas horquetillas, hondas que no me agradan del todo, mechones achicharrados por el sol. Me espera la aventura de dar con un nuevo barbero, pues la posibilidad de dar un salto a Miami para pelarme con Alexy, no parece muy factible.