La mayoría de los amigos que tengo dentro de esta Isla se devanan pensando cómo largarse hacia otras tierras, cómo cruzar los mares e instalarse —lo mismo les da— en Miami o en Kuala-Lumpur. Entre ellos me siento raro cuando el tema deriva hacia cartas de invitación, contratos de trabajo, becas, o algún posible romance que pueda derivar en casamiento, visa y pasaje de avión. Algunos lo han logrado y ahora residen en Las Vegas, Montevideo o Riobamba. Otros solo han escalado hasta la capital y esperan ansiosos la posibilidad de darse el ansiado brinco.

Siempre he dicho “aquí pertenezco y aquí quiero que me entierren”. Lo decía sin haber pisado otras latitudes, y luego de estar en Lima, de desandarla durante una larga semana, se afianzaron en mí esas palabras. Cuando volví a Cuba escuché constantemente una pregunta: ¿por qué no te quedaste?, y a mí que ni por un instante me pasó por la mente esta idea me tocaba poner cara de “qué hablas” cada vez que alguien me interpelaba.

Sin embargo la existencia va tomando extraños cursos y uno no sabe, ni de asomo, qué trae el próximo día. Los que hoy quieren irse mañana podrían desear quedarse y viceversa. Lo triste es reconocer que los proyectos de vida en este país son nulos, banales, o inexistentes.

Mis palabras son mitad veraces, mitad especulación, pues solo sabe que no emigra aquel que ha tenido todas las papeletas para irse y ha decidido no hacerlo —como el personaje abúlico de Memorias del subdesarrollo, novela de Edmundo Desnoes— yo, simplemente, me he limitado a no barajar esta posibilidad, a no desearlo.

Amo de mi país su Cultura, sus tradiciones, su Historia, y desde la distancia amar es doloroso, lo sé por experiencia. Elijo disfrutar, no añorar. Sentir en carne propia y no vivir de recuerdos.

Prefiero estar aquí para hablarle a mis amigos de metas asequibles, alentarlos para que no se disuelvan detrás de un propósito que, inmediatamente, por diferentes coyunturas, les resulta inconquistable. Y cuando no estén —si finalmente logran saltar el charco— disfrutaré ser un enclave entre sus rememoraciones —entre sus pesares y júbilos— y esta isla.

Ellos, cuando me preguntan por qué no emigro, me ponen en un aprieto. A veces les digo que porque no me da la gana y punto, que prefiero comerme una croqueta entre familiares y amigos, que una McDonald entre desconocidos. Pero esta es solo una salida fácil, y ahora yo mismo me interrogo, me golpeo duro contra las cuerdas y me respondo: no emigro para cuidar mi alma, para no someterme a cambios que me resultarían lacerantes, porque aún no conozco del todo el patio de mi casa, y quiero disfrutar un poco más del color que toma el sol algunas tardes. No emigro porque pertenecer es algo de lo que uno no dispone, las raíces más hondas no se ven ni se sienten. Prefiero no ser árbol talado, ni pez fuera del agua, ni buey mirando un piano.