“Nos dijo que se iba por un mejor futuro para nosotros”, recuerda Dayron Armando Trocman Rondón y mira hacia otro lado. No le gusta que lo vean llorar, quizás por eso de que los hombres no lloran. Él apenas tiene 13 años pero es un hombre. La vida le enseñó a madurar a prisa, a decir con su mirada profunda y triste lo que no alcanzan a describir las palabras.

Un buen día su padre decidió irse del país porque en Cuba no había desarrollo, perspectivas para los muchachos, para ellos mismos… Se iría él primero y luego los reclamaría. Claro, para eso hacía falta dinero; por eso, sin mayores miramientos vendieron la casa, propiedad de la madre. Reunieron cuanto se pudo para pagar el viaje, primero a Ecuador hasta que pudiera cruzar las fronteras para llegar a Estados Unidos.

Todo iba a salir bien, apenas estarían en casa de los abuelos maternos, en La Habana, mientras él se acomodaba allá. “Pero en Ecuador todo cambió y nos cambió la vida a todos”, comenta Xiomara Almaguer, la abuela de Dayron.

Muy a su pesar ya ha ido comprendiendo que su papá nunca los reclamará a todos

Un nuevo amor llegó a la vida de Pedro Antonio que lo hizo olvidar sus promesas. Llegó al ansiado norte ya acompañado y no tardó en formar una nueva familia, mientras en Cuba…

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Los niños, muchachos al fin, se contentan de momento con lo que  manda papá, con los recuerdos alegres de cuando eran felices, con las ilusiones que aún quedan de lo que un día prometió.

“Él me dijo que allá sí podría realizar mi sueño de ser futbolista, que él me ayudaría. Y al principio me enviaba trajes de todos los equipos, tacos, espinilleras, medias…”, comenta Dayron que ama la Argentina de Messi.

Recuerda que cuando lo vio jugar en el Barça, ahí mismo descubrió que quería ser futbolista. Y algo ha hecho. Su hermano lo llevó a donde entrenan fútbol y comenzó en la categoría 9-10. Allí fue aprendiendo, cada vez iba más a menudo a la Ciudad Deportiva a practicar, pero el profesor se lesionó y no pudo seguir con ellos. No obstante, Dayron no pierde las esperanzas de llegar algún día a ser un gran goleador.

Han pasado cinco años desde que Pedro Antonio se fue. En la pequeña casa del municipio 10 de octubre crecen sus hijos, ya más acostumbrados a su ausencia.

El mayor se ha vuelto un poco taciturno, y solo espera que él lo reclame, pero Dayron tiene claro que sin su mamá él no se irá, aunque eso implique no realizar sus sueños.

Muy a su pesar ya ha ido comprendiendo que su papá nunca los reclamará a todos. Sin embargo, a pesar del dolor que sus decisiones le han provocado no titubea cuando dice que él preferiría que estuviera aquí, con ellos, que nunca se hubiera ido.