Cada cinco de enero mi niño, que no sabe que es cinco de enero, les hace una carta a los Reyes Magos, la pone en el árbol de Navidad y se duerme temprano, con toda esa ilusión y esa inocencia y esa limpidez que se le pone los cinco de enero y todos los días.

Un seis de enero yo tenía ocho años y estaba en el portal con el mismo carro de cuerda con que estaba desde el año antes. Era un carro magnífico, 4×4, creo que de carreras, que caminaba haciendo parpadear un par de bombillos y cantaba wiuwiu, cogía impulso y después daba vueltas sobre sí mismo, en una pequeña pausa que le hacía cambiar de dirección.

Era un carro pomposo que lo único que hizo con mi infancia aquella mañana fue desajustarla porque los Reyes habían llegado a la casa de al lado, a la casa del frente y me habían olvidado.

Aquella mañana llegué a la escuela con el carro de cuerda en la mochila. Como todavía estaba más o menos nuevo pude presumir de él en el matutino, es decir, en la fila, antes del Himno de Bayamo y todo, y pude presumir también en el aula, mientras los demás niños, que no notaron que era el mismo carro que les había enseñado el año antes, presumían de sus pelotas y de sus muñecos.

Yo me hacía el contento, pero yo andaba triste en mi corazón porque me habían borrado los Reyes, con mi carta y mi delirio.

En algún momento abuela me dijo que ella era Santa Claus y Reyes Magos y el ratón que me dejaba bolígrafos cada vez que se me caía un diente. Después me di cuenta de que mi abuela jamás hubiera olvidado mi carta ni mi delirio y ahora me doy cuenta de que estoy escribiendo esto con odio y de que estoy haciendo el mismo cuento que puede hacer cualquiera que haya sido niño en el Período Especial.

Pero mi niño les deja hierba y leche a los camellos. Lo hace con ilusión y, mientras dicta, su madre y yo vamos manipulando la carta para que pida a los Reyes las cosas que pudimos conseguirle. Este año pidió un juego de carritos. Debajo del garabato en la carta les dibujó un payaso y un limón.

La madrugada de cada cinco de enero su madre y yo salimos persiguiendo la estrella azul desde el lejano oriente, llegamos a su árbol de Navidad y ponemos al pie los tres o cuatro juguetes que estuvimos cazando tienda a tienda desde diciembre, guardamos la carta, nos deshacemos de la leche y la hierba, silenciosos, y luego él se despierta contentísimo y rompe los envoltorios y se alegra de que los Reyes no lo hayan borrado.

Yo estoy atemperando mis carencias a través de él y soy feliz haciéndolo.

Yo quiero que los Reyes le traigan una torre de muñecos aunque se porte mal.

El niño, el camión y los Reyes Magos