Jesús Sánchez dejó de ser Jesús para convertirse en el permacultor Sánchez en los años 90, los más duros de la economía cubana después de la Revolución. Entonces rondaba los 40 y era un hombre que respondía a los llamados de Fidel Castro: en 1965 había respondido al primer llamado de las FAR y no sería diferente en 1993.

Cuando “el Comandante llamó a la población a aprovechar cada pedacito de tierra disponible para cultivar y consumir de lo producido”, Jesús Sánchez le tomó la palabra y comenzó su proyecto: un sistema de permacultura en 200 metros cuadrados, en el barrio habanero Los Pinos.

Sánchez aún se viste de verde olivo, pero ahora usa un pulóver diseñado para él: “Yo hago permacultura”, dice en letras blancas sobre fondo azul. Y unas botas que lo acompañan todos los días en sus pasos sobre el aserrín con que abona la tierra.

Afuera de la casa, una hilera de carteles educativos sobre el cuidado al medio ambiente, avisan que esta es “La Felicidad” y que aquí “todas y todos son permacultores y permacultoras”.

En el techo de la casa, una bola del mundo y, a los laterales, representaciones del Sol y de la Luna, unidas al símbolo del infinito que representa al proyecto Tercer Paraíso. Nadie piense que todo este decorado se ha hecho con materiales de lujo. Sánchez ha reciclado cada uno de los insumos que caen en sus manos para hacer de su sistema un espacio integrado y acogedor.

“Aquí todo está hecho con botellas, con cosas que la gente ha botado”, dice.

Este militar retirado ha alcanzado distinciones como la Excelencia de la Agricultura Urbana y recibe el apoyo de las autoridades locales. Pero el principal apoyo con que cuenta es el de los vecinos y otras personas que se acercan para aportar.

“Yo hago los carteles educativos con materiales que me proporcionan los propios vecinos porque me ven haciendo estos trabajos. La gente cuando ve que uno está trabajando, se incorpora, por eso digo que uno no puede estar cobrándoles porque ellos nos ayudan”, explica.

En 1993, Sánchez fue uno de los primeros que salió de su casa para decirle a la gente del barrio que tomara prestados terrenos estatales para la siembra de plantas de ciclo corto; no árboles grandes que dificultaran la construcción de una vivienda en esos terrenos cuando lo demandara el Estado. De lo que cultivaran, podían vender lo que quisieran. Era una manera de incentivar a las personas para que se desarrollara la agricultura urbana.

Aun a riesgo de perderlo todo cuando llegara alguien necesitado de vivienda, Sánchez empezó a cultivar las tierras que tomó prestadas. Primero lo hizo al modo de la agricultura tradicional. Luego aparecerían en el terreno las primeras trazas de la permacultura.

La permacultura, filosofía de vida

La permacultura se empezó a practicar en Cuba en 1994. Vino un estudioso australiano y dejó las claves al geógrafo, arqueólogo y espeleólogo Antonio Núñez Jiménez.

En Australia, desde la década del 70, comenzó a impulsarse por las concepciones de Bill Mollison y David Holmgren, quienes la definían como una filosofía de trabajar con la naturaleza en vez de en contra; de observación prolongada y reflexiva en lugar de acciones  desconsideradas, así como de mirar a los sistemas en todas sus funciones más que esperar solo rendimiento. El ser humano es, en todo esto, un elemento más de la naturaleza.

“Es una filosofía de vida que se va desarrollando en uno para bien: cuidar la naturaleza y a las personas, alimentarse bien, no comer contaminado ni tampoco permitir que se utilicen productos químicos en los cultivos, porque hay personas que adelantan el proceso de los cultivos para ganar dinero y vemos los agros llenos de platanitos y fruta bombas y tenemos que preguntar si tienen líquidos, si sirven para un enfermo y te responden que no, ‘no lo compres’. Nosotros luchamos contra todas esas cosas”, aduce.

Por eso él, amparado en esta ética, produce alimentos para el consumo doméstico, así como medicinales, ornamentales, cría peces, conejos, gallinas. Todo eso sin emplear químicos. En su patio se puede encontrar desde fresa, piña y brócoli hasta una calabaza colgante de varias libras o un mini cafetal. Desde biajaca hasta tilapia roja.

“Tengo poco espacio y tengo que utilizar dos niveles. Arriba cultivo uvas, habichuelas, calabazas. Abajo, otros tipos de planta como el quimbombó, el café, la piña, etc.

Foto: Darcy Borrero Batista

Foto: Darcy Borrero Batista

El poco espacio se debe a que un buen día, después de Sánchez haber pasado su primer curso de permacultura y haber implementado un sistema que incluía canteros de frutas y un estanque de peces, vinieron a tocar la puerta los miembros de una familia necesitada de casa. Había llegado el momento de devolver el terreno y el permacultor en ciernes, sin miramientos, lo hizo.

Sucedía, no obstante, que a los nuevos inquilinos no les interesaba tener el sistema creado por Sánchez y lo mandaron deshacer todo aquello. Empezaban los problemas para el militar retirado. ¿A dónde llevaría sus peces? ¿Para dónde trasladaría sus plantas?

Del lado izquierdo había otro terreno pero estaba muy maltratado y, además, tenía dueño. No era un dueño oficial, sino un vecino que por su cuenta había montado allí un taller de mecánica. Así que el Estado resolvió entregárselo a Sánchez.

Más allá del entusiasmo, había mucho por hacer. Sánchez recuerda que el primer problema era remover toda la tierra dañada y cargar tierra nueva del cercano río Orengo cuando lo dragaron. “Los mismos camioneros que trabajaban en el río me empezaron a traer tierra aquí”. El terreno quedó listo en el 2009 y, a nuevo terreno, dice Sánchez, se imponían nuevas soluciones.

En primer lugar, se propuso el diseño de un sistema mucho más integrado, que aprovechara cada hueco, cada espacio. Desechó aquella vieja idea de que el estanque de peces fuera un simple hoyo en la tierra circundado por madera y piedra a modo de pozo natural. Ahora emplearía materiales de construcción para dotarlo de solidez y evitar que cuando lloviera fuerte los peces terminaran fuera del estanque desbordado, nadando por la calle inundada, como le había sucedido a un vecino. También se propuso cultivar especies variadas que resolvieran problemas en la comunidad.

“Aquí vienen a buscar plantas medicinales, condimentos y los damos sin ningún interés. Todos somos permacultores en la familia: mi esposa, mis hijos y yo”.

Como abono, ahora Sánchez utiliza también las hojas de las plantas y los desechos orgánicos.

Los nuevos estanques de peces los creó para resolver una necesidad de agua. La forma del estanque principal es la de un cuerpo humano hasta los hombros. Dentro, hay plantas ornamentales para evitar los mosquitos, aunque también ha puesto, estratégicamente, un bombillo sobre el estanque. Lo enciende por las noches, de modo que los insectos se sientan atraídos y caigan al estanque para transformarse en el alimento de los peces pequeños. También rota las plantas para que no se enturbie el agua. Está ubicado en una zona de sombra y tiene una malla como aliviadero para que no caiga el agua directamente cuando llueve.

“La permacultura se lleva a cabo por el proceso de la Tierra, donde no hay nada recto. El estanque tiene esta figura redondeada por eso. Si te paras desde la parte de la cabeza, da la sensación de que el área de cultivos es el cuerpo”, comenta.

Diseñó su sistema de permacultura sobre la base de los principios que David Holmgren detalla en su libro Permacultura. Principios y senderos más allá de la sustentabilidad. La clave para el cubano ha sido usar recursos renovables, valorar la diversidad y no producir basura. Ha implementado todas estas soluciones naturales en un contexto de escasez.

“Sí, hay que buscar soluciones, eso ayuda a la naturaleza y a nosotros mismos. No me veo sin entrar día a día al sistema. Me levanto, echo agua a los animales, riego las plantas para ir resolviendo. Siempre veo algo nuevo que hacer, que cambiar”.

Ahora, por ejemplo, una de sus preocupaciones es la necesidad de un gallo.

—Tengo estas dos gallinas. Ahora me van a conseguir un gallo porque en un frío de esos que hubo me comí el gallo que tenía porque, además, le había sacado un ojo a una gallina y no las dejaba comer.

Recuperación de especies

Nucleados alrededor de la Fundación Antonio Núñez Jiménez, permacultores como Sánchez realizan una labor de recuperación de especies que estaban perdidas.

Fincas de la ciudad, también, se han especializado en determinados tipos de plantas. La Yoandra, en el barrio de Mantilla, se dedica a los árboles frutales y ha recuperado especies perdidas hasta llegar a más de 100. Este logro le mereció a su dueña la Cuarta Corona de la Agricultura Urbana.

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“Había muchas plantas que yo no conocía y mediante el intercambio con otros permacultores supe de ellas. Hay mil y pico de permacultores. Coincidimos en eventos como La Convergencia, al que vienen permacultores de todos los países a intercambiar experiencias. Han venido alumnos de las universidades de Estados Unidos, Canadá, Alemania y de las cubanas. También, profesores y agricultores de Vietnam y otras naciones asiáticas, que traen sus conocimientos”.

La cifra que da Sánchez es todavía conservadora si se compara con las ambiciones de Caridad (Cary) Cruz, la directora de Desarrollo Local Sustentable de la fundación Antonio Núñez Jiménez, quien asegura que el objetivo principal de este movimiento es crecer. Ella dirige el programa de permacultura en la entidad, que se propone crear localidades sostenibles. “Hoy en el país —dice— más de 1 200 personas cultivan y viven bajo los parámetros de una cosmovisión más integral de la existencia”.

“La permacultura ha sido implementada por la Fundación en varias comunidades y, además de ser una fuente fundamental de abastecimiento, es transmisora de concepciones éticas de trato con la naturaleza”.

Los recorridos por el país resultan igualmente provechosos. Cuenta Sánchez que su esposa fue a Ciego de Ávila y encontró allá la planta conocida entre los agricultores como chancapiedra, “que es buenísima para las infecciones de riñón”, asegura el permacultor.

Su repertorio de especies es amplio: “tenemos también higo y pepinillo, con el que se puede hacer jugo y batido y son cosas que el organismo necesita”.

“También, de la Fundación recibo apoyo, lo que yo necesite lo voy a buscar allá, aunque no me pagan un salario. Eso sí, cada vez que tenemos eventos, los gastos corren por ellos”.

El baño seco

“Recibí un curso sobre baño seco como parte de los eventos de la Fundación. Y siempre he dicho que si voy a un lugar a recibir una preparación no es para que me entre por un oído y me salga por otro, sino que busco la solución para implementar lo que aprendo”, enfatiza Sánchez.

El atípico baño ahorra agua porque “cada vez que uno va al baño se emplean 8 o 10 litros de agua en la descarga y aquí no se utiliza agua, al contrario, nuestros desechos terminan abonando el suelo y no contaminan”.

“Esto es un filtro de aguas grises, que sale del lavadero y el fregadero —dice Sánchez mientras señala el mecanismo de funcionamiento del baño. Hay unos saquitos que tienen gravilla y arena, sigue pasando por una tubería plástica que lleva al ciclo de plantas. De la taza sale el orine por un aditamento y se incorpora un litro, junto a diez de agua, para las plantas altas.

“Ahí hay una taza que tiene dos sistemas. Un hueco para orine y otro para heces fecales. Cuando se hace la necesidad, se descarga con aserrín o ceniza”. De esta manera se evitan las condiciones antihigiénicas, asegura.

El baño "seco" de Sánchez. Foto: Darcy Borrero Batista

El baño “seco” de Sánchez. Foto: Darcy Borrero Batista

Sánchez, aun cuando tiene 72 años cumplidos, no se detiene. Ha inspirado a jóvenes como Sergio, autor de una máquina expendedora de semillas que funciona con la tecnología de arduino. Ambos convergieron en el encuentro de Tercer Paraíso Cuba y Sergio aportó la máquina como solución para que Sánchez no tuviera que entregar las semillas manualmente.

“Si Sánchez es una persona mayor y ofrece estas soluciones, qué no podremos hacer los jóvenes”, se pregunta .

Esta coexistencia entre necesidad y creatividad impulsa al permacultor a seguir desarrollando “soluciones y mantener un equilibrio entre el trabajo físico y el mental”.

“No estoy sentado viendo muñequitos. Estoy trabajando. Con esto estoy ayudando a mi familia, a la naturaleza y a las demás personas. Demostrando que, aunque sea una mata que siembres, te representa un ahorro y una garantía de la calidad del producto.”, insiste Sánchez.

Recorre su “sistema” como si se tratara de un país. Sigue siendo un militar a juzgar por su disciplina; pero su teatro de operaciones está montado para tiempos de paz. Nunca verás a un militar más preocupado por la felicidad que este.