Me sucedió en una tienda de Artemisa, donde el cartel del horario anunciaba apertura a las 8:30 a.m. y aún a las 8:40 los trabajadores estaban plácidamente reunidos al interior mientras unos 15 clientes nos agolpábamos contra las vidrieras.

¡Qué descaro!, comentábamos. No hay respeto, gruñía una señora negra, añosa, con un par de muletas. Si les pagaran por el buen servicio, seguro eso no pasaba, encajaba un joven con el pelo teñido de rubio.

Toqué los cristales transparentes con algo de enfado. Varios empleados se voltearon. Miraron como perdonando la insolencia y continuaron en su reunión. Cinco minutos más tarde volví a hacerlo, con algo de rabia. Un trabajador, enviado por el que parecía el Jefe, salió incómodo a componerme:

—Oiga, compañero, ¿usted no ve que estamos reunidos?

—¿Y usted no ve que ya pasaron 15 minutos de la hora en que ustedes deben abrir, según su propio horario?

—Sí, pero hoy es viernes y tenemos “matutino”. Qué bien se ve que usted no es de esta zona…

—Mire, lo del matutino debieron anunciarlo también en la puerta. Y si se fija, aquí hay muchas personas esperando, entre ellos hasta esta señora con muletas…

—Bueno, bueno, pronto abriremos. (Y cerró con brusquedad la puerta).

Mientras duró el ríspido intercambio, nadie de los otros inquietos interesados habló ni media palabra. Cuando se fue el empleado, volvió el murmullo.

Finalmente abrieron a las 9:00 a.m. Tampoco dije nada más.

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Le sucedió en un almendrón, esos rocambolescos taxis de alquiler que, aun con su destartalada estructura —híbrido de piezas e inventos de unas seis décadas— son el transporte más seguro en La Habana.

Ella, profesional, amorosa, llevaba en brazos a su bebé. El chofer, rapado, burdo, barrigón y con una gruesa cadena al cuello, tenía, como única banda sonora para los tantos kilómetros de viaje, un soez reguetón (valga la redundancia), a todo volumen.

—¿Pudiera bajar un poquito la música? Es que puede afectar al niño… (suplicó).

—Quéeeeee????

—Que si puede bajar la música, es por el niño (casi gritó) …

La sarta de insultos tronó al instante. Que si ese era su carro, que si quería más comodidades que alquilara un taxi de turismo, que ya se le veía el aire de intelectualita, y que grrrrr…

Los demás pasajeros, hicieron silencio. Ella, que iba lejos, no demoró mucho en pagar y bajarse.

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Les sucedió en una asamblea. De esas en las que el aburrimiento encabeza el orden del día. Entre los puntos a tratar, el más “caliente”, hábilmente camuflado entre otras naderías, era que la única casa de descanso en la playa con que contaba la institución, en la cual, rotándose, podían vacacionar muchos trabajadores durante el año, ya no les pertenecía. Por decisiones de «arriba» — que en la Isla suelen significar al unísono Partido-Gobierno-Estado— el inmueble pasaba a otros fines, a otras instituciones, a otras personas.

Ellos, jóvenes, irreverentes, sin compromisos con casi nadie, alzaron la mano y protestaron. Se atrevieron a más: si todos los trabajadores nos unimos, plantamos bandera, y formamos lo desagradable, no pueden quitarnos la casa…, incitaron.

La compañera de la presidencia, enviada de “arriba”, sonrió tranquilamente y explicó lo complejo del asunto, los factores objetivos y subjetivos, la situación delicada del país y que claro que su planteamiento se elevaría, y cómo no, se buscarían soluciones, porque, por supuesto, los trabajadores, para el país, eran lo primero.

Otra compañera, de la propia institución, se apresuró a comentar que esos métodos de estos muchachitos no eran para nada los adecuados, que había vías y niveles y estructuras y procedimientos. Habrase visto.

Los demás, en la calurosa sala, no abrieron la boca.

Al salir, la señora de arriba, pasó la mano por el pelo a uno de los rebeldes: “Así que huelguitas…¿no? Muchachos… Cómo se parecen a mi hijo”…