El día anterior mi amigo JR, que coincidentemente estaba en La Habana, me llamó para decirme que no aguantaba más: se iría por la lista de espera, y me pedía una explicación para llegar a la Terminal de Villanueva. Yo me regresaba a Ciego de Ávila al próximo día y se lo dije, entonces se calmó y declinó su idea por la mía, la de viajar juntos a través de la misma terminal. Esperanzador le comenté que no se preocupara, ese lunes estaríamos en Ciego a las cuatro de la tarde. Él chistó incrédulo.

Yo andaba en La Habana por amor a La Habana y un poco más. Sin embargo JR se había trasladado hacia ella para participar en la presentación de un libro suyo merecedor de uno de los premios más importantes que se le concede en Cuba a un poeta. Para su sorpresa el Instituto Cubano del Libro no le había gestionado pasaje de regreso y se hallaba a merced de nadie, víctima del irrespeto institucional; por ello su desahucio y su apatía.

Temprano el 26 de diciembre tomamos un P-1 y llegamos hasta Villanueva. Nuestra sorpresa fue enorme. A pesar de que en el Noticiero Estelar habían comunicado sobre el reforzamiento del transporte, teniendo en cuenta una fecha en la cual muchos ciudadanos viajan para estar cerca de sus familiares, lo que se podía apreciar desde la llegada a este recinto era totalmente opuesto.

Nos miramos atónitos, temerosos, preocupados. La cola para anotarse era inmensa. Lo hicimos tras una hora de espera y luego buscamos infructuosamente un lugar donde sentarnos. Dentro de la terminal no había espacio ni en el suelo, pues decenas de personas ocupaban con sus paquetes y cuerpos todos los resquicios aledaños a las paredes y más. Solo encontramos sitio en las afueras, donde ya era mucho el gentío; no pocos rostros delataban el haber pernoctado allí.

Saqué mi cámara para hacer algunas fotos cuando un hombre se me abalanzó:

—¿Tú eres independiente? —fue su pregunta. Yo me dejé caer en la ambigüedad de la frase y le dije que no—. Era pa contarte to’ lo que he pasa’o aquí —continuó—, voy pa’ Guantánamo y desde el jueves estoy embarca’o con mi mujer y el chama. Ya me dijeron que por 20 dólares me voy en la primera guagua que pase, ¡pero no me da la gana! —todo esto me lo soltó muy risueño, como si cinco días en una terminal fuesen una nimiedad. Junto a él su hijo también sonreía.

Fue en ese instante cuando pasó a mi lado una horda de policías con una mujer desmayada en brazos. La llevaron hasta la patrulla y supongo que de ahí a un hospital. Yo solo pensé lo triste que sería si al volver a la pobre señora se le hubiese pasado el número en la lista de espera.

Regresé a dónde JR, que leía un libro sentado en el suelo; y junto a él, quejándonos de nuestros gobernantes, riéndonos de nosotros mismos, compadeciéndonos de las historias de quienes llevaban días y días en la terminal, vi pasar las horas. A nuestra espalda una mujer no se cansaba de repetir que ya se sentía tranquila, pues esa noche no la volvería a pasar ahí, Dios le había dicho que se iría antes. De más está decir cuánta envidia sentí de su fe.

Ya cansados, a las cinco de la tarde, JR me convenció de irnos en un camión. Yo era partidario de aguardar un poco más, por si avanzaba la lista de espera; pero él ya había perdido todas las esperanzas. En el camión nos cobraron 200 pesos per cápita. Más del doble de lo que cuesta el viaje en ómnibus. Cuando habíamos avanzado unos pocos metros el camión agarró un par de baches y amenazó con hacernos salir por el techo; así supimos de la barbarie que nos aguardaba durante más de seis horas. Entonces mi amigo JR, suspicaz como pocos, me miró y me dijo: este es el único país donde lo más caro es lo más incómodo.