La necesidad de expresar, de decir lo que se lleva dentro, respecto a uno mismo y a lo que nos rodea, puede sobrepasar los límites de lo necesario para llegar a lo imperioso, a la obligación. Así lo comprende el poeta villaclareño Sergio García Zamora, nacido en Esperanza en 1986. Su libro Animal político lo delata.

Autor prolífico. Con apenas 30 años ya lo acompañan más de diez títulos que han visto la luz por diversas casas editoras, y cuenta en su haber con numerosos premios nacionales e internacionales. Pero la fuerza y la anchura de este poeta no recalan en las publicaciones y premios; sino en su propuesta, en la eficacia de su palabra. Sus poemarios son vigorosos, poseen el don de fluir, son mundos minuciosamente calibrados.

Animal político, aparecido en 2014, por la editorial El Mar y la Montaña, de la provincia de Guantánamo, es un libro de hondura incuestionable. Cada poema se cuela en los vericuetos de la vida cotidiana, pesando todo lo que de político puede subyacer en el día a día rutinario y personal. Un libro que dice lo que muchos buscamos o queremos decir, que refleja el sentir de gran parte de nuestra juventud, un texto descarnado, y a la vez sobrio, que arremete sin clemencia contra muchas de las deformaciones y vicios de nuestra sociedad.

Los traumas aparejados a la desmovilización de la industria azucarera, la pérdida de identidad ante los embates del turismo, las penurias de la vida conyugal, la imposibilidad de crear un hogar o de sencillamente poseer domicilio propio, la amargura de arrastrar una Historia colmada de incomprensiones y fobias, son algunos de los temas más recurrentes o puntos cimeros.

Poniendo en claro los resortes irónicos de nuestra existencia, realza símbolos, destrona otros; como en el poema “Mi mujer”, donde la imagen del Ché queda sometida al pulóver con el que duerme la amada: Entre sus pechos el héroe mira la casita de madera y tejas francesas: cuarto donde se tiende el cuerpo guerrillero a dormir la fatiga.

En “Taxi local”, último poema del libro, el sujeto comparte un viaje con violadores y asesinos, y resalta que llegan a ser buenos compañeros de viaje —el viaje como metáfora de la vida—,  quedando claro que son un país, un país de violadores y asesinos; lo sorprendente es el final: El precio del pasaje ha cambiado. Las leyes han cambiado. Pagamos lo mismo que violadores y asesinos. Pronto seremos violadores y asesinos. Piensa en ello cuando compartas un taxi. Prima el temor de que la barbarie pueda llegar a ser colectiva, de que el recorrido pueda envilecernos.

Y justo para evitarlo el poeta se ve apremiado a escribir este libro, como poniendo un parche a la gotera o a la herida abierta. Por ello, entiendo que Sergio nombra este animal como político, para signar el espacio en el que la batalla tiene que librarse; pero la verdadera naturaleza de este animal, de estos poemas, es profundamente social.

Detrás del cuestionamiento al ensimismamiento actual de nuestra moral y nuestra ética, sobresale un pensamiento enjuiciador y cómplice, que deja ver, en actitud pasmosa, cuanto de innoble, injusto, y vil, crece y engorda a nuestro alrededor. Por lo cual rehace un vínculo ético que en nuestra poesía casi parecía perdido, que viaja decenas de años atrás para emparentarse con la poesía social de los años de la República.

Aquellos —como ahora parecen ser estos— eran tiempos de cambio, y si el país dio saltos cualitativos y cuantitativos, era porque tenía hombres enamorados y comprometidos con la patria. Por ello vale aplaudir este libro que no solo habla de una fiera que se acuesta sobre su propia sangre, sino de un hombre pasmado ante la respiración de su país y que no puede evitar emborronar cuartillas para regalarnos estas páginas rotundamente cubanas y liadas al devenir de nuestro tiempo.