En sus inicios la villa prosperó, en gran medida, gracias al tráfico de los criollos por el río, que en ese entonces era navegable. La temeridad de aquellos hombres y mujeres alcanzó tal punto que llegaron a rebelarse, como pueblo, cuando las autoridades españolas apresaron a cerca de 20 contrabandistas locales. Y salieron airosos.

Ahora, más cerca del divertimento que del comercio, y con el río muy cerca de convertírsenos en arroyo, los bayameses nos hemos inventado una playa casi en plena ciudad: “El Chapuzón”. Con un grado de contaminación que ha llegado hasta a ser documentado, la “playita” viene a ser lo más cercano a la idea de mar que tenemos los lugareños.

Es casi surreal el asunto, porque la gente no va para el río; va para la playa. No se busca la sombra del árbol de mangos; se toma el sol en la arena negra del lugar. Ni siquiera las rebajas en las ferias agropecuarias que se realizan paralelamente allí, opacan la sensación de estar cerca del océano.

Parejitas en busca del ambiente romántico de la costa, pensadores atosigando a sus musas, pescadores de paciencia infinita, y hasta algún que otro familión completo, se van los fines de semana a disfrutar de la playita; que no es otra cosa que una laguna artificial, lograda a fuerza de ponerle dique al Río Bayamo en una de sus partes más benévolas.

El problema es que a ese mismo río, y muy cerca del balneario, van a parar los desechos, tanto de instalaciones hospitalarias y pequeñas industrias cercanas, como de muchas de las casas de la zona. Eso sin contar que el río, a falta de mar, es un buen lugar para tirar todo lo que uno no necesita; desde la basura del hogar, hasta algún animal que no llegó al fin de año.

Alertas han sobrado en torno al problema, tanto genuinas y llenas de esperanza, como malintencionadas; pero lo cierto es que poco se sabe en cuanto al tema, científicamente hablando; y la gente sigue yéndose de playa, tratando de alegrarse las tardes de sábado y de no tener que darse un viaje en camión, por demás caro e incómodo, hasta los vecinos litorales holguineros.

Lo que sí es innegable es que un lugar como este es necesario en Bayamo, ciudad que muchas veces peca de una tranquilidad abrumadora. Se nota en la gran proliferación de quioscos, tanto estatales como de vendedores por cuenta propia, en toda esa zona, añadiéndole a ese ambiente urbano-marino-artificial, la sal que le faltaba a nuestra añorada mar.

En fin, que ya los manzanilleros no pueden humillarnos más con eso de que Bayamo no tiene mar; y aunque aquella histórica treta que dio lugar a nuestra primera obra literaria, “Espejo de Paciencia”, tuvo lugar en la zona del Guacanayabo, donde sí existe un puerto real, no es nuestra culpa que por nuestro querido río ya no quepa una goleta, o un simple bote.

Nosotros los bayameses estamos acostumbrados a decapitar lo malo que se nos avecine, de un tajo; como a aquel pirata temible. Y si nos faltaba una mar y una playa, pues ya nos las buscamos.

La cuestión ahora radica en cuidarlas… y en cuidarnos.