Si realmente se desea un cambio verdadero en Cuba, apostar por los jóvenes es la clave del éxito para el futuro de la isla.

En un país lleno de contradicciones, donde nunca sobra la ansiedad de progreso y se derraman esperanzas truncadas, no es raro encontrarse con límites que rayen entre la radical obediencia y la frugalidad declarada.

Tampoco resulta extraño que así sea teniendo en cuenta que medio siglo después, aún se cocinan a fuego lento y en una misma caldera, tantos ingredientes de una sola receta para tan amplia variedad de gustos y cubanos.

El escenario se muestra complejo, y dos antagónicas generaciones tienen como principal reto lograr entenderse, para luego coincidir en visiones y estrategias que podrían definir un mejor futuro de país. No es difícil entender que es dura la tarea de quienes hoy nos dirigen, que se dificulta ofrecer mucho con tan poco; pero si algo debemos tener en cuenta para el progreso de esta nación es el trabajo de conjunto, y sobre todo, la confianza en las nuevas generaciones. Quede claro que si realmente se desea un cambio verdadero, apostar por los jóvenes es la clave del éxito para el futuro de Cuba.

Y digo esto porque cada día preocupan más la pérdida de valores y las ideologías robadas. Porque duele ver cómo después de cinco décadas de constante esfuerzo seguimos rodeados de burócratas, oportunistas, corruptos y hasta “filósofos” que esgrimen sobradas explicaciones teóricas sobre cómo hacernos de un mejor país; pero que en lo concreto poco hacen para lograr una agricultura de progreso, mejorar la economía del bolsillo isleño, o para que llevemos a la mesa un buen bocado a fin de mes. Cuentas aún pendientes que parecen seguir siendo un sueño utópico para millones de cubanos.

Y aclaro que sería injusto decir que el cambio no se nota, o que el país no avanza. Yo creo que paso a paso vamos saliendo de la oscuridad, pero indudablemente el precio a pagar para la mayoría sigue siendo demasiado alto, lo que no se hace tangible para la vida real de los cubanos.

Entonces sí existe un cambio, pero para muchos este se presenta como un “cambio de vidriera, que desde afuera se observa muy bonito y prometedor, pero en la práctica no es más que un deseo inalcanzable para la mayoría, al menos por ahora.

Muestra de esto es que no hay una sola medida gubernamental que no resulte polémica, ampliamente cuestionada, e incluso algunas de ellas popularmente rechazadas.

Eso sí, en épocas de tensiones nos hemos vuelto expertos en preservar el estallido social, sacando como por arte de magia pequeñas dosis de presión a la caldera; un procedimiento que estratégicamente nos hace saltar ¿medio entretenidos? hacia la próxima fase, la que a su vez casi siempre logra desenfocarnos del problema inicial. Y así es como la gente vuelve a respirar, e incluso a soñar, para nuevamente volver a hervir. Es un ciclo sin fin que demuestra cómo pasamos los años medio aturdidos en esta isla. Es la fórmula perfecta del “estate quieto y espera”.

Manipulados o no, lo cierto es que para los más avispados tanto manejo resulta evidentemente insultante. Sin embargo otros, la mayoría, ni siquiera logran notar un ápice de lo más evidente.

Así nos enfrentamos a un escenario inválido, disímil, donde quien más puede manda y controla, impone nuevos decretos y se retracta de otros, logrando quizás sin notarlo una peligrosa inestabilidad social que deviene en la confusión y desconfianza de aquellos que hasta hace muy poco volvieron a creer.

Mirar por encima del hombro deja claro que la apertura está presente, que en muchos aspectos se han visto excelentes resultados, pero las recientes malas prácticas de gobernanza dejan mucho que desear sobre lo que en realidad nuestro pueblo quiere y necesita. Ejemplo de ello es esa recurrente tendencia de autorizar y desautorizar en plena actualización del modelo económico cubano, que no da otra imagen que la de estar cimentando un proceso serio y futurista sobre arenas movedizas. Las reacciones, como era de esperar, no han sido las más favorables.

Y esto deriva en que la gente ha vuelto a desconfiar, a sentirse insegura, y lógicamente a buscar un necesario cambio de estrategias. Como resultado preliminar ya se nota el regreso del mercado negro a los barrios, ha aumentado el desempleo, y es de esperar un importante incremento de la ilegalidad y la delincuencia. Para colmos, y como efecto dominó, una vez más el país vuelve a perder millones por erradas decisiones.

La moraleja de los muchos que ya han perdido grandes inversiones, es que pocos son los que se arriesgan a dar un próximo paso. ¿Es este entonces un buen augurio para el cuentapropismo, las nuevas empresas, la inversión de capitales en Cuba o el futuro económico y social del país? La respuesta grita por si sola.

Quede claro entonces que sí queremos reformas, pero necesitamos que sean más que justas, asequibles, no estampadas en un decreto que levanta prohibiciones y lejos de beneficiar al pueblo, convierte la medida en otro “cambio de vidriera”.

Nos debemos mucho más que eso. Recuerden que a pesar de todo, acá seguimos los que continuamos confiando.