Tanto se ha querido definir el término que se ha terminado por indefinirlo. Cada día se sabe menos de qué se habla cuando se habla de la tal llamada Cultura. Y cada vez cabe más y casi todo dentro de ese saco. Incluso he escuchado a algunas personas, supuestamente conocedoras, decir que Cultura lo es todo. Y reconozco que se me han escapado los colores al rostro, pues si algo he aprendido con el decursar de los años es que lo que se eleva a la categoría de todo, se le rebaja, a su vez, a la condición de nada.

Resulta común entonces que muchos creadores se sientan agobiados o defraudados cuando su trabajo queda reducido al vocablo Cultura. Como si Arte y Cultura estuviesen lidiando hoy una batalla de vida o muerte, en la cual, la Cultura, a contrafuero de aborrecibles doctrinas, quisiera engullirlo todo, y el Arte simplemente quisiera salvar su postura de élite, su espacio reservado a aquellos que se agotan y desgastan en pos de un conocimiento mayor.

Esto ha provocado que cada día sea más infrecuente escuchar el uso de términos como inculto o ignorante, pues es tan elevado el nivel de indeterminación del patrón Cultura, que para cualquier ofensor es altamente ambiguo, al punto de llegar a no saberse con exactitud la fuerza o la desmejora que poseer tales ofensas.

Otra situación palpable es que mientras los escritores, pintores, cineastas y cantantes crean, quienes deciden sobre el panorama cultural, no en contadas ocasiones, son una sarta de burócratas, funcionarios que no funcionan, que solo saben poner obstáculos y mal distribuir o decidir sobre el presupuesto que el Estado dispone para el desarrollo de dicha esfera. Muchos de estos seres van a tientas, aferrándose a su inestable gusto, o al de quienes los rodean, aseverando ante lo que no dominan, pues los hay que apenas dirigen como cuadros y no como conocedores del medio.

Y, justamente, cuando más se trata de promover el refinamiento del gusto estético, lo que prima en las programaciones culturales de las más diversas instituciones, incluso en nuestra televisión, es un derroche de mal gusto que sonroja a cualquiera que tenga un somero conocimiento del tema.

Por lo que vale preguntarse, entonces, hasta qué punto el Arte y la Cultura resultan indispensables o necesarios a nuestra sociedad, hasta qué punto nuestro pueblo es un pueblo culto, y no hablo de esa cultura de carnaval que hoy se pregona, sino del justo conocimiento de nuestras tradiciones y de los artistas que conforman nuestro patrimonio intangible.

Más que englobar en un término, o entronizar otro, vale saber deslindar lo que puede pertenecer a una esfera u otra. Lo que puede llegar a ser o simplemente aspirar eternamente a ello.

Todos los caracteres no conforman la Cultura, muchas de las expresiones que nos definen son dignas representantes de la tosquedad y el analfabetismo. Decir que todo es Cultura, o que todo cabe dentro de ella, es querer tapar el sol con un dedo, es no definir con más rigor lo que en un futuro bien pudiera orientarnos hacia un destino, ubicarnos en tiempo y espacio, salvarnos de la barbarie.