En climas como el de Cuba, incluso con pocos recursos, una hectárea puede aportar más de 50 toneladas de caña, y cada decena de toneladas cosechada puede ‘traducirse’ en diez o doce toneladas de azúcar. Al menos así fue en algunas zafras de la década de 1980. Pero en el 2002 esos números parecían una utopía. La baja productividad de los campos de caña (solo 33 toneladas cosechadas por hectárea ese año) y la depresión del precio del azúcar en el mercado mundial fueron motivos suficientes para emprender la Tarea Álvaro Reynoso.

Con ese nombre fue conocido el reordenamiento de la agroindustria azucarera cubana, que tuvo como eje el cierre de más de 70 centrales en el país. Como parte del programa fueron abiertas escuelas para más de 90 mil trabajadores del sector azucarero que quedaron desvinculados de su tradicional puesto de trabajo.

Sobre esta idea de concentrar los recursos para elevar la productividad, el historiador Oscar Zanetti Lecuona, en su libro Esplendor y decadencia del azúcar en las Antillas hispanas, aporta su visión sobre la decisión del gobierno cubano de producir más azúcar con menos centrales El propósito general de la restructuración no podía calificarse de ambicioso […] pero las bases sobre las cuales se pretendía sustentarla sí se apreciaban mucho más aventuradas. Se proponía un rendimiento industrial cercano a 12, que solo por excepción se había alcanzado en alguna zafra de las tres décadas anteriores”, y cosechar 54 toneladas por hectárea, como en los mejores años del decenio de 1980”.

Para el Dr. Lázaro Peña Castellanos —citado por Julio Batista en un texto de Periodismo de Barrio—, el intríngulis negativo de la Tarea Álvaro Reynoso estuvo en la renuncia a asumir un proceso inversionista capaz de mantener la agroindustria al nivel competitivo mundial”.

Al igual que ahora, la ‘sombra de las 30 toneladas por hectárea’ oscurecía cualquier planificación a futuro. Pero la escasez de recursos e incentivos para compulsar a los cañeros impedía —y aún impide— conjurarla.

Como consecuencia de este proceso y contrario a lo que se pretendía, un país que en 2001 produjo 3,6 millones de toneladas de azúcar y que en 1970 movilizó a gran parte de la población para alcanzar los 10 millones, en los últimos años se ha quedado por debajo de los 2 millones de toneladas.

POCA CAÑA, POCA AZÚCAR

Al noroeste de la provincia de Camagüey se ubica el municipio de Esmeralda, y en uno de sus poblados más importantes, el central azucarero Brasil, la mayor factoría del dulce en la Isla durante la década de 1950 según el historiador Guillermo Jiménez Soler, autor de Los propietarios de Cuba 1958. Cada 24 horas sus molinos podían procesar hasta un millón cien mil arrobas de caña que, traducidas al sistema métrico decimal, equivalían a más de 12 600 toneladas. De acuerdo con las estadísticas de la época, rara vez una campaña suya quedaba por debajo de las 200 mil toneladas de azúcar.

Menos de 200 mil toneladas —exactamente 192 mil— conforman el plan de Las Tunas para la presente zafra. Será el mayor entre todos los de las provincias implicadas en la campaña.

Conocer el dato no resulta tarea fácil. Solo apelando a múltiples fuentes es posible reconstruir la historia azucarera de la Isla en los últimos tres años: en la cosecha 2016-17 se alcanzaron 1,9 millones de toneladas (según la Organización Internacional del Azúcar), en la siguiente la producción cayó hasta poco más de un millón (por cuenta de fenómenos meteorológicos como el huracán Irma y la tormenta tropical Alberto), y hace 12 meses fueron 1,3 millones de toneladas las elaboradas por los 54 centrales que echaron a andar sus maquinarias.

Ahora serán puestas en funcionamiento solo 44 fábricas, detalló en una sesión reciente del Consejo de Ministros el presidente de Azcuba, Julio Andrés García. En su intervención, transmitida el pasado 28 de noviembre en el Noticiero Nacional de Televisión, el dirigente detalló que 13 centrales habían iniciado operaciones en noviembre, a otros 26 les corresponde hacerlo en diciembre y los últimos cinco se incorporarán a poco de iniciarse enero. Como al paso, acotó que se prioriza el trabajo para obtener caña de más calidad. Contamos con los herbicidas y fertilizantes principales y estamos incrementando la tracción animal”.

La falta de materia prima es la causa fundamental de la reducción en el número de centrales. Tal circunstancia había sido anticipada en diciembre de 2018 por el segundo secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba Machado Ventura, al resaltar que el país no puede darse el lujo de gastar recursos y alistar los centrales para moler apenas cien días”. Durante octubre y noviembre, le correspondió al vicepresidente Salvador Valdés Mesa visitar todas las provincias que se preparaban para la molienda, y criticó el estado en que se encontraban las labores de siembra y cultivo.

Un caso paradigmático fue el de la provincia de Las Tunas, donde a comienzos de junio solo se había sembrado el 42,7 % de los campos proyectados para la campaña de primavera. A finales de octubre en la vecina Camagüey la situación se anticipaba aun más comprometida, con un magro 39 % de cañaverales plantados. En los últimos cinco años se dejó de sembrar el equivalente a los planes de un año y medio. Ese es el principal problema en Camagüey, la disminución de las áreas cañeras, reconoció en la ocasión el presidente de Azcuba.

El problema no es nuevo ni se limita a un par de territorios. En septiembre de 2014 el diario Juventud Rebelde divulgó el programa de recuperación de plantaciones aprobado por el Grupo. La intención era incrementar la superficie de cultivo desde las 617 mil hectáreas de entonces hasta más de 903 mil en el año 2020, acortando a un máximo de 20 kilómetros la distancia entre las industrias y los cañaverales. En paralelo, habrían de elevarse el rendimiento por hectárea (del que no se especificaban datos) y la superficie bajo riego (que pasaría del 10,6 a más de un 25%).

Tan ambiciosos planes no podrán cumplirse en la fecha proyectada. Pero incluso si se hubieran alcanzado, habrían quedado lejos de los indicadores que registraba el país al comenzar este siglo.

Cañaveral cubano. Foto: Alain Gutiérrez Almeida.

Cañaveral cubano. Foto: Alain Gutiérrez Almeida.

NEGOCIO REDONDO PARA ALGUNOS

La amplia gama de subproductos que pueden obtenerse luego de la elaboración del azúcar ha impulsado la expansión de las plantaciones a nivel internacional, según una documentada investigación publicada en 2015 por el Centro Bildner de Estudios sobre el Hemisferio Occidental, adscripto a la Universidad de la Ciudad de Nueva York. El negocio al que nos referimos alcanza una magnitud tal que en los últimos años la caña de azúcar es la planta más cultivada en el mundo. La superficie ocupada por sus sembrados y el volumen de sus cosechas duplican los alcanzados por el maíz, el segundo fruto agrícola con mayor difusión planetaria.

Entre los beneficios más notables de la gramínea, además de la producción de azúcar, resaltan los vinculados con dos necesidades urgentes de la sociedad contemporánea: la generación de energía y la protección medioambiental.

El estudio plantea: La caña de azúcar es una materia prima con excelentes condiciones para captar y almacenar energía solar, y partir de ella generar importantes cantidades de electricidad (…), en un año una hectárea de caña de azúcar puede absorber más de 60 toneladas de CO2 y producir 40 toneladas de oxígeno puro, dando lugar al llamado efecto bosque. Este es capaz de crear el equilibrio necesario entre las emisiones de CO2 durante el proceso de producción agroindustrial cañera. Según los especialistas, este no solo compensa, sino que además contribuye positivamente al balance, mejorando y conservando el medio ambiente.

Mientras en Cuba, la otrora ‘primera industria’ ha retrocedido y es hoy el turismo  el sector que todos los días hace sonar la contadora, declaró en agosto último el presidente Díaz-Canel.

GUARDARRAYAS SOLITARIAS

Entre los censos de 2002 y 2012 Santa Cruz del Sur fue el segundo municipio de Cuba que más habitantes perdió.

La partida de miles de santacruceños coincidió en el tiempo con el cierre de los tres ingenios azucareros que se levantaban en el municipio. Con el desmontaje de la infraestructura fabril también entraron en crisis las cooperativas y los campesinos individuales que proveían la caña para sustentarla. Muchos antiguos agricultores decidieron abandonar el campo para probar suerte en la capital de la provincia, en La Habana o fuera del país. Hoy, los llamados a recuperar las plantaciones llegan a comunidades donde quedan pocos brazos que convocar.

A 150 kilómetros de allí, en Esmeralda, la historia siguió un derrotero diferente, pero con semejante fin. Luego de más de una década de inactividad, el central Brasil -ese que el historiador Jiménez Soler calificó como la mayor factoría del dulce en la Isla durante la década de 1950-, fue reconstruido y reinició sus operaciones en la zafra 2016-17. Los pobres resultados de la molienda de ese año fueron el anticipo de la devastación sufrida por el ingenio al paso del huracán Irma, en septiembre de 2017. En la actual zafra no molerá, debido a la falta de caña y de trabajadores con que cubrir su nómina (otro problema nacional, en la zafra 2018-19, las plantillas alcanzaron a cubrirse solo en un 85 %, según el vicepresidente Valdés Mesa).

Jaronú, el poblado donde se levanta el Brasil, es el punto de entrada al pedraplén que conduce a Cayo Cruz. Hace alrededor de un mes allí se inauguró el primer hotel de lujo del que se espera sea un polo con más de 20 mil habitaciones. En Esmeralda y los municipios cercanos resulta difícil encontrar algún joven que no pretenda encontrar empleo en el turismo, o, al menos, en las empresas de construcción y servicios que lo sustentan. Pocos contemplan un futuro dentro de la industria para la que alguna vez trabajaron sus padres y abuelos.