“Yo NO soy el Guerrero Cubano”, afirmaba entre sollozos el humorista Juan Karlos en una directa de Facebook días atrás. “He tenido que hacer la denuncia a la policía”, decía. Temía por su seguridad y la de su familia, y responsabilizaba a Alex Otaola, youtuber cubanoamericano que reside en Miami, por cualquier cosa que le sucediera a él o a los suyos. El Gordo —como es conocido—, su madre e hija menor, habían estado recibiendo insultos y amenazas continuas a través de las redes sociales desde que Otaola lo acusara en uno de sus programas de ser el Guerrero Cubano.

El Guerrero… es un youtuber que transmite desde Cuba y defiende las posturas del Gobierno y de las autoridades de la isla. Además de hablar sobre hechos polémicos como protestas y asaltos ocurridos en los últimos meses, varios de sus videos se centran en Otaola y en otros youtubers de Miami, así como en figuras críticas al Gobierno. En sus transmisiones dice conocer los contactos, movimientos, familiares o propiedades de quienes están involucrados con esas personas y cuestiona fuertemente sus valores y motivaciones.

Los detractores del Guerrero afirman que su canal en Youtube y sus videos forman parte de una operación de la Seguridad del Estado cubana; sus defensores argumentan que es la única forma de enfrentar la creciente influencia de Otaola y sus aliados, quienes defienden una política radical de máximo aislamiento hacia Cuba y, por lo tanto, provocan más sufrimiento al pueblo cubano. El Guerrero es todavía una voz anónima y, a pesar de los pedidos para que muestre su rostro, continúa presentándose tras la imagen de un guerrero yoruba.

Volviendo a los hechos relacionados con el humorista Juan Karlos, la situación escaló cuando apareció en las redes una foto del artista en la camilla de un centro hospitalario en la isla, cubierto por las ventosas de los equipos de diagnóstico cardiovasculares. Los seguidores de Otaola y otros youtubers de la llamada “derecha” de Miami se enfocaron en desmentir el reporte de la hospitalización; mientras que sus detractores cuestionaron las evidencias mostradas por el presentador cubanoamericano, y atacaron directamente su credibilidad y la de sus seguidores. En solidaridad con Juan Karlos, varios dijeron que se trata de una irresponsabilidad que podría provocar una tragedia como la muerte por infarto de una persona inocente y dejar a una niña huérfana.

No es la primera vez que vemos a un artista cubano descompuesto ante la cámara de su celular, defendiéndose de lo que dijera Otaola. El año pasado, el cantautor Descemer Bueno realizó una serie de directas en las que se le veía muy contrariado y afirmando que no era “comunista”. Descemer había sido caracterizado como tal por Otaola, debido a una foto suya con un nieto del general Bordón. También en noviembre de 2019, un concierto de la cantante Haila Mompié programado en Miami fue cancelado después de una campaña en su contra impulsada por el presentador y otros youtubers afines.

Entre los argumentos de quienes defienden este tipo de activismo contra los artistas cubanos que residen en la isla y viajan con frecuencia a Estados Unidos está exigir que dejen de servir como instrumento de propaganda del Gobierno de La Habana. No solo deben abstenerse de participar en cuestiones políticas y de exhibirse con los herederos de la clase gobernante, sino que también deben expresarse abiertamente sobre la situación de los derechos humanos en Cuba, o si no abandonar sus planes de viajar a Miami. Quienes apoyan estas acciones consideran que es la única manera de “darles donde les duele: el bolsillo”, solamente así se van a pensar dos veces el prestar cualquier apoyo al régimen, argumentan.

El grupo de youtubers de Miami que hoy ataca a Juan Karlos no solo se ha centrado en acusar a artistas, también ha hecho transmisiones sobre otros usuarios cubanos a quienes caracterizan como “ciberclarias”, “comunistas” o “colaboradores” del Gobierno cubano. Periodistas y otros profesionales o ciudadanos con alguna presencia pública han sido blanco de estos episodios. Las reacciones emocionales de Juan Karlos, Descemer y otros no son solo producto de las acusaciones hechas contra ellos, sino también de la sucesión de mensajes de odio, insultos y amenazas, incluyendo de agresión y muerte. A los comentarios de Otaola en su espacio habitual, se suma el movimiento de perfiles reales y falsos que comienzan a acosarlos a través de mensajes privados.

En el caso de Juan Karlos, las evidencias presentadas son, literalmente, un chiste: una de ellas es que ambos personajes, El Gordo y el Guerrero Cubano, usan la palabra “botonso” (bobo, tonto y sonso) para calificar a determinadas personas. Yo recuerdo haber hecho ese chiste decenas de veces en los años noventa en Cuba, cuando fue popular. También en la evidencia contra El Gordo se muestra una cadencia similar de la voz y el tono cuando se aplica un filtro. Hasta el momento toda la evidencia es preceptiva (cuán similares nos parecen ambas voces), pero no es la primera ocasión en que parecidos y coincidencias han llevado a personas inocentes ante el tribunal.

Las redes sociales han subvertido parte de los filtros que articulaban el discurso público en épocas anteriores. Ya no se trata de cumplir con reglas que establecen las cadenas televisivas o radiales, de mínimos éticos y de cierto nivel de responsabilidad periodística o derecho a réplica. En el mundo de hoy, las audiencias parecen ejercer menos una escucha crítica y más el deseo entusiasta de tomar un bando y actuar a su favor, con la inmediatez que les ofrecen las redes sociales.

La Habana hace rato sentenció que “contra la Revolución, nada…”, poniendo coto a los tipos de expresión que estaba dispuesta a admitir; ahora los influencers del exilio establecen un plan similar: “con la revolución nada…”. Mucha gente de la comunidad cubanoamericana ha comenzado a limitar sus opiniones, por temor a la ira en las redes sociales. Otro creciente número de personas ha comenzado a simpatizar con el trabajo del Guerrero Cubano. Es importante señalar que Otaola y los demás youtubers hacen sus transmisiones responsabilizándose personalmente por lo que dicen, en un sistema judicial independiente como el norteamericano, en el que cualquier persona puede pedirles cuenta, si acaso atraviesan la frontera de lo legal. Evidentemente, quienes viven en la isla tendrán mucho más limitado el acceso a la justicia estadounidense, como sucede en el caso de El Gordo.

En cuanto al Guerrero, en cambio, y si se trata de una operación de la Seguridad cubana, no es probable que los youtubers de Miami puedan argumentar las acusaciones de difamación contra él en los tribunales cubanos. Incluso, si Otaola y sus seguidores recibieron fondos de la campaña de reelección de Donald Trump o de la USAID, de lo cual no tengo evidencias, estoy convencido de que no pueden tomar decisiones sobre el actuar del estado norteamericano. Tampoco tienen agentes profesionales a su mando, yo no conozco que ninguno de los youtubers haya conducido una operación militar en Miami, de la magnitud que cualquier agencia de seguridad de un estado lo puede hacer. La asimetría de poder entre los youtubers de Miami y el Guerrero Cubano es simplemente incomparable.

Tal vez sea más beneficioso a largo plazo esforzarnos por encontrar valores y aspiraciones comunes, en lugar de atemorizar con descréditos públicos, asesinatos de reputación y minutos de odio. Aunque, seguramente, esto será menos divertido y requerirá de más esfuerzo y complejidad de ideas. Estoy convencido de que, si los cubanos continuamos por la senda actual, la fractura de la comunidad será todavía mayor y quedaremos todos expuestos, en algún momento, a estar en el spotlight del coliseo de la revancha.

Algunos sugieren ignorar completamente estas confrontaciones y alimentar una realidad paralela con discursos matizados y debates sobre principios y no sobre personas, a pesar de las decenas de miles de seguidores de estas tendencias, con cuyos clics se refuerza su presencia. Habrá que ver por qué rumbo logramos conducir nuestro destino y qué somos capaces de desatar con este; por el momento, parece que hemos retrocedido a la justicia del espectáculo, en la que como asistentes a plazas del repudio, decidimos quién tiene un futuro al señalar con los pulgares arriba, o quién obtiene nuestra condena terrible a través de un mensaje privado.

 

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