“¡Hace ya 23 días que no llueve! Todo en el batey está cubierto de polvo, creo que de tanto rogar por un aguacero me ha caído un dolor de cabeza desde anoche, que me tiene medio turulato”.

Es la conversación con la que se presenta Yoandi Fagundo Daniel, en un tono que pretende ser alegre, pero que solo deja ver su preocupación.

Yoandi vive en Jagüey Grande, en un batey intrincado que se llama Santos Reyes, a unos 150 kilómetros de La Habana. Hace varios años, cuando era casi un niño, heredó la finca de su abuelo. Apenas estudió. Desde ese entonces comparte las labores agrícolas con su hermano. Allí siembran maíz, frutabomba (papaya) y guayaba, entre otros cultivos.

Tienen salud sus plantaciones, pero crecen con dificultad. Grandes rocas calizas se adueñan de cada palmo de tierra.

El joven agricultor posee además 76 reses para producir carne, “porque con lo pedregoso del terreno solo dan leche en polvo”.

Con el chiste intenta sonreír y continúa el diálogo: “aquí no hay pasto, la hierba solo crece dos meses en el año”.

Foto: Yamila Sánchez

“Construimos un pozo para regar parte de los cultivos. Sin embargo, lo único que puedo regar es la frutabomba, y lo accidentado del terreno nos impide hacerlo a ras de suelo. Por todo esto aquí sembramos nosotros solos, ¡nadie más se atreve! Ojalá yo tuviera una tierra llana para regar por aniego. ¡Ahí sí te iba a hacer un cuento! ¡En estas condiciones hemos sembrado hasta frijoles!.

En la finca Santos Reyes, además, regar no es cosa fácil. Un viejo motor diésel extrae el agua desde un pozo de 17 metros de profundidad; Yoandi y su hermano cargan entre los surcos los grandes tubos del regadío, mientras evitan perder el equilibrio o tropezar con una piedra. En cada bombeo gastan más de 100 litros de petróleo, y por eso solo pueden humedecer las plantas una vez por semana.

“Mira como están esas matas, dormiditas”, mira Yoandi a las hojas mustias, azotadas por un fuerte sol. “Aquí riegas hoy y mañana amanece como si no hubieras regado. La tierra roja es muy fértil, pero se reseca mucho.

“Yo me dedico a la agricultura, aunque lo que más me agrada es la ganadería. Soy un montero frustrado. Eso sí, me encanta sembrar frutabomba, da trabajo, pero te deja algo de dinero, al igual que el melón y la guayaba. En la cosecha pasada vendimos decenas de carretas de frutabombas.

Foto: Yamila Sánchez

“Lo primero que hay que tener para impulsar una finca es ganas de trabajar, y también contar con los recursos necesarios: plaguicidas, abono y abundante agua. Pero la mayoría de las veces tenemos que adquirirlo de nuestro bolsillo. Lo que dan por la cooperativa no alcanza ni para empezar, y eso, todos lo saben…”.

“El problema serio aquí es la falta de electricidad. A este batey no llega la corriente, por eso regamos con un viejo motor soviético conectado a la turbina. De contar con electricidad regaríamos cada tres días, pero hoy no podemos, en cada riego se nos van 100 litros de petróleo, y la agricultura da, pero no pa’ tanto.

“Quienes me visitan y ven el pedrerío me dicen: ¡tú lo que estás es loco! Pero ya me he adaptado. Nací y crecí aquí. Amo este lugar. Para sembrar las posturas abrimos huecos con picos. A veces cuando golpeas una piedra se te estremece todo el cuerpo.

“Esto pertenece a Jagüey Grande, pero el poblado queda a 32 kilómetros, y se llega por un terraplén en pésimo estado. En Jagüey viven mis dos niñitos y mi mujer. Llevo 16 años casado con ella. Soy un hombre sin electricidad, sembrando sobre las piedras… pero digamos que feliz”.