El 28 de octubre de 2018, poco después de las 8 de la noche, nació mi hija Marina. Y el 28 de octubre de 2018, poco después de las dos de la tarde, antes de que naciera mi hija Marina, yo me quise morir. No hay ninguna pretensión dramática en esto, son apenas dos hechos. Morir con seriedad, no morir como cuando una es adolescente y tu madre no te deja salir con tus amigas y le gritas que estarías mejor muerta para ver cuánto horror eres capaz de causar. Lo primero que hay que hacer para solucionar un problema es reconocer que existe. No tuve depresión posparto porque el parto no había ocurrido. No tuve depresión preparto porque mi embarazo fue seguro, acompañado por mi familia, mi pareja, mis amigos; atendido correctamente desde el punto de vista médico, sin grandes sobresaltos, sin diabetes gestacional ni hipertensión arterial. Mis ultrasonidos de génetica mostraban a una bebé sana. Nada más podía pedir.

Cuando mis contracciones comenzaron tres días antes de que me admitieran en el hospital sabía que parir era un proceso largo. Que de contracciones nadie se muere y tenía mi contador a mano. El agua tibia del baño aliviaba los dolores y era mejor esperar en casa, con más comodidades, que en un hospital. Nunca pasó por mi mente la posibilidad de una cesárea. Yo tenía tantas ganas de parir que creía que solo esas ganas eran suficientes. Cuando ingresé tenía tres centímetros de dilatación. El primer tacto fue incómodo pero el número tres tan alentador que sentí que ya había ganado parte de la batalla. Estaba a solo siete centímetros de conocer a Marina. Me enviaron a la sala de preparto con mi bolso, mi madre, mi esposo, mi tía… pero ninguno de ellos entraría. Ni mi bolso, ni mi madre, ni mi esposo, ni mi tía, ni mi celular, ni un libro. Ni siquiera el tarjetón que llevaba todo el recuento de mi parto. Los médicos y enfermeras estaban tan apurados por pasarme a mi cubículo que solo pidieron un par de chancletas, un pomo de agua y un vaso de jugo. Eran poco más de las 8 de la mañana y yo había entrado, completamente sola, a la sala de preparto del hospital América Arias de La Habana. “En preparto no hay acompañante”, me dijeron. Traté de agarrarme de mis tres centímetros de dilatación y entender que eran las reglas. Mi cubículo estaba limpio, me entregaron una sábana que no cubría toda la cama y me senté a esperar en el sillón que no es para acompañantes. Me mandaron a quitarme el blumer y a quedarme solo con una bata. Mi vagina expuesta era la manera que tenían los médicos de saber si había roto la fuente, o estaba sangrando, o si algo iba mal. No protesté. No dije nada. Una señora vestida de verde, de unos cincuenta o sesenta años, se me acercó. No era médico, no era enfermera, era la persona que lavaba tu vagina para que el doctor pudiera realizar los tactos. “¿Hiciste los ejercicios de psicoprofilaxis?”, me preguntó. “No”, le dije, “nunca me los mandaron”. “Pues levántate y camina”, me respondió. “Esa es la peor posición en la que puedes estar para parir”. Yo me había acostado en la cama, no por dolor, sino por aburrimiento. Sin nadie con quien hablar, sin libros ni celular, no había mucho que hacer. Del otro lado, una embarazada a punto de parir sufría lo indecible sus dolores. Debía tener casi 10 centímetros de dilatación. Caminé el pasillo de poco más de cinco metros varias veces. Miraba a mis compañeras en otros cubículos pero nunca me atreví a hablarles. No conversé con ellas, no les pasé la mano, no les pregunté cómo se sentían. No hablábamos entre embarazadas y nada nos invitaba a hacerlo. En aquella sala cada una andaba por su cuenta. A las 10 de la mañana me hicieron el segundo tacto. El médico dijo que tenía 6 centímetros de dilatación. Yo estaba feliz. Toda la oxitocina del mundo debía estarme circulando por el cuerpo en ese instante. La señora negra me miró con ojos nobles, quizás ella intuía que pasaría más de doce horas en ese sitio antes de conocer a mi hija, y me hizo una trenza. “En unas horas no vas a querer saber nada de todo este pelo”. No sé su nombre, no sé a dónde se fue después de las dos de la tarde, solo la recuerdo cada día de mi vida como el mejor ser humano que conocí ese día. A veces creo que la imaginé. Como creo que imaginé que me quise morir. Pero ambas cosas sucedieron. La señora de la trenza y mis ganas de morirme.

No hubo un centímetro más de dilatación. A las 10 de la mañana tenía contracciones más seguidas pero soportables. Parir, le dije una vez a una amiga, es contar hacia atrás. Yo contaba desde 100 cuando empezaba una contracción y llegaba hasta 79. En 79 se iban, pasaban unos segundos de descanso, y comenzaban nuevamente en 100. De nada vale que hagas trampa, si empiezas a contar más rápido, si dices los números como cien, noventioch, setentttt, solo conseguirás tener que usar más números. Lo mejor es respirar y contar con serenidad. Así ya sabes que cuando llegues a 79 se habrá ido la contracción. A mis contracciones se sumó un dispositivo en la vena de mi mano conectado a un aparato de sueros, un monitor de latidos del bebé y de contracciones que me obligaban a estar acostada, boca arriba, en una camilla totalmente horizontal, durante los 30 minutos que duraba el monitoreo. Prueba a ponerte un saco de 20 libras de boniatos encima de la panza mientras estás acostada a ver cuánto tiempo sobrevives. No entendía por qué no podían usar el monitor mientras yo estaba sentada. Todos los obstetras del mundo deberían pasar un examen de resistencia: la prueba de las 20 libras. Si cada uno de ellos sufriera lo que sufre una mujer con todo el peso de su panza encima, acostada horizontalmente, quizás los hospitales y las prácticas médicas cambiarían. En La Habana dirían, por supuesto, que ese método de enseñanza requeriría una inversión inicial para la cual el país no está preparado por culpa del bloqueo. Pero donde dice boniatos usted ponga piedras. Así sale gratis la preparatoria. Y no se necesita cambiar las camillas, apenas dejar a las mujeres sentadas.

Ya a esa hora había firmado un documento de consentimiento informado que me llevó una estudiante angolana. Decía que cada procedimiento me sería explicado, que yo debía aprobarlo y que liberaba a los médicos y al hospital de toda responsabilidad por cualquier cosa que fuera mal. Me parecieron hermosas las oraciones donde prometían una explicación de cada procedimiento. Pero esas explicaciones jamás llegaron. Nunca me dijeron por qué querían apresurar con un suero de oxitocina un parto que hasta ese momento había progresado sin riesgos, ni por qué rompieron la fuente si el corazón de mi bebé marchaba bien, ni qué significaban (después de que el médico rompiera mi fuente) esos coágulos de sangre que salían por mi vagina.

Tuvieron que pasar dos o tres cosas antes de que me entraran ganas de morir.

Primero, que el método de contar no funcionara. Con un químico en mi cuerpo para apresurar mi parto mis contracciones eran inducidas, no naturales, por tanto no se iban. No podía contar desde 100 hasta 79 sabiendo que en 79 tendría descanso, solo podía pronunciar mentalmente la palabra 100 unas mil veces y el dolor seguía ahí, igual, sin dejarme respirar. No podía caminar porque con el suero puesto debía permanecer en el mismo lugar. Segundo, que no pudiera estar sentada porque después de romper mi fuente debían monitorear a mi bebé con más detenimiento por si había sufrimiento fetal, aumento de la presión o cualquier otro problema. Estaba yo, sola, con mis contracciones siempre en el número 100 y mis 20 libras de boniato encima, acostada en una camilla totalmente horizontal. Y, tercero, que el tacto de alrededor de la una de la tarde no fuera un tacto. Me acosté en la camilla rezando porque al menos mi vagina hubiera dilatado unos centímetros más pero ambas, mi vagina y yo, sabíamos que eso no iba a ocurrir. Toda esa energía y felicidad que había sentido en los centímetros del uno al seis se habían esfumado. El médico estaba contrariado, no sé si conmigo o con mi vagina, pero los seis centímetros seguían allí. Ni uno más. Y tuvo a bien incluir un momento pedagógico en mi parto. Ya que yo no iba a parir pronto, ni me iba a cagar encima (lo cual es un buen síntoma antes de parir) le pidió a cada uno de los estudiantes que realizara el tacto. No me pidió mi consentimiento, ni me explicó el procedimiento. Solo sentí una, dos, tres, cuatro y cinco manos (contando las del médico) pasando por mi vagina y mis contracciones siempre en 100 soportando el momento. No dije nada. No protesté. Cerré los ojos y seguí diciendo mentalmente el número 100 hasta que me ordenaron levantarme. ¿Qué es una violación? ¿Cinco manos dentro de mi vagina sin mi consentimiento se consideran una violación? Si a una mujer embarazada fuera de un hospital cinco personas le meten los dedos en la vagina sin su consentimiento, ¿se considera violación? ¿Por qué lo hace menos violación el hecho de estar en un hospital?

Lo que pasó después fue una aburrida sucesión de violencias. Yo miraba mi cuerpo desde fuera de mí. Mi hija sentía que algo no estaba bien y su presión arterial se disparó. No sé por qué los obstetras creen que las mujeres a punto de parir somos imbéciles y no entendemos el inglés. High pressure, high pressure, high pressure. “Quiero una cesárea”, le dije, “no me haga sufrir más, por favor”. Realmente no dije, supliqué, sin llorar, sin fuerzas, pero supliqué. No estaba suplicando por una cirugía, estaba suplicándole que me devolviera la fe en la vida, que me ayudara a tener ganas de vivir, y si esas ganas se podían resolver con un piquete en la panza, que fuera pronto porque una buena madre no se quiere morir el día que nace su hija y yo quería ser cualquier cosa menos una mala madre. El tiempo entre las dos de la tarde y las ocho de la noche se compactó en mi memoria. Con contracciones, todos los minutos cuentan, pero a doce meses de distancia esas horas resultan borrosas. Sé que cerca de las ocho de la noche me quitaron el suero de oxitocina, que tenía una sonda para orinar, que olvidé tapar el colchón con la sábana pequeña de hospital y me sentaba y me acostaba directamente en el hule, que miraba el monitor y seguía leyendo high pressure, high pressure, high pressure. Sin tarjetón el médico poco a nada sabía de mí. Ni dónde trabajaba, ni dónde vivía, ni qué hacía. Pero las llamadas de mi familia se hicieron más insistentes y una amiga llegó a otro amigo y a otro amigo y finalmente dieron con alguien del hospital con el suficiente rango como para que el celular del obstetra sonara y le preguntaran directamente por el caso de Elaine Díaz. Después de esa llamada el médico preguntó por qué no le había dicho que era periodista. “Usted no me preguntó”, le respondí. Los periodistas siempre despiertan morbo y todos los estudiantes que estaban en la sala, los mismos que me habían tocado unas horas antes, se pararon en la puerta a verme. Querían saber si era periodista de la televisión. Los demás no importan mucho. “Yo no escribo en ningún sitio”, le dije, “yo solo soy profesora de Periodismo (mi antiguo trabajo), pero escribir lo que se dice escribir, no escribo”. Tenía miedo. Sentí terror de que a todos mis problemas se sumara el prejuicio que existe sobre los medios alternativos y que mi hija sufriera la primera de las consecuencias de las decisiones de su madre. No sé si me creyeron o no, solo recuerdo que la cesárea fue decretada. Eran las ocho de la noche y me quitaron el suero de oxitocina.

La operación duró menos de media hora. Mi médico asumió que sin suero yo no tenía contracciones y ordenó la anestesia sin siquiera preguntarme. La única cosa que me preguntaría durante todo el parto es si yo era periodista y sin ser periodista de los que salen en la televisión supongo que yo tenía poco o ningún valor para él. Le expliqué a la anestesista que aún tenía contracciones, que temía que el pinchazo en la espalda llegara en el mismo momento en que una contracción y que no pudiera mantener la postura. Me agarró la mano y me dijo que le avisara cuando se hubieran ido. Sin suero, mis contracciones volvieron a ser la sucesión de números entre 100 y 79. Dejé de sentir una parte de mi cuerpo y me agarró un frío de esos que debió sentir la persona que escribió la frase trillada del frío que calaba los huesos. El frío, peor aún, no me dejaba tener los ojos abiertos. Las manos me temblaban y lo que estaba sucediendo en mi panza era como si estuviera pasando a millas de distancia. Quise dormir. Era la primera vez que no sentía dolor en más de doce horas. Pero una enfermera me dijo que no quería perderme el momento en que mi hija naciera, que la viera primero y luego durmiera. Yo, en ese instante, quería perdérmelo todo.

Mi niña nació sana, llorando, como se supone que nazcan los niños, y me la mostraron unos segundos antes de llevársela. El médico me dio la mano y dijo felicidades. Yo le agradecí. Sentí que todo estaba perdonado. Que la vida de mi hija disculpaba todas las horas anteriores. Lo cierto es que la vida de mi hija, un año después, no ha disculpado todas las horas anteriores. Sobre todo cuando comprendí que la vida de mi hija no podía ser el saldo por toda la violencia anterior. Que mi hija debió haber nacido sana, viva, y que nada de lo que ocurrió en esa sala de preparto debió haber ocurrido.

En el salón de cirugía quedaron dos hombres limpiando la sangre de mis piernas, de mi panza, no sé bien porque nada sentía, solo frío. Cuando terminaron llevaron mi camilla a otra sala. Le pedí una colcha. Mi familia le había dicho al enfermero que si era bueno conmigo ellos lo “ayudarían”. Es la regla del buen trato en un hospital cubano. Casi todos la cumplimos, más cuando nace otro ser humano. El enfermero me dio de buena gana la última sábana pero el frío no se fue a ningún sitio. Estaba allí, en el hígado, en la vejiga, en la sangre, en mis oídos, el frío me había entrado quizás cuando me abrieron durante la cirugía y ya nunca más se iría. Iba a vivir con frío para siempre.

No recuerdo la hora, quizás después de las once de la noche, la neonatóloga llegó a mi sala y gritó: “Cada madre con su hijo”. Me entregó a una niña envuelta en un pañal amarillo y supuso que yo sabría qué hacer. Era la primera vez en todo el día que no me sentía sola. Hablé con aquellas siete libras que estaban en mis brazos cansados y le pedí que me ayudara, que íbamos a salir de esta, que todo estaría bien. Le hablaba sin palabras porque no quería que la estudiante angolana me escuchara. Supuse que si esa era mi hija teníamos una especie de telepatía que le permitía entender lo que yo estaba diciendo sin necesidad de decirlo. Mi hija lloraba y yo le puse mi teta en la boca lo mejor que pude que es bastante peor que lo que se hubiera podido hacer con una asistente de lactancia. Marina se calló al instante. Le pasé la mano por su cabecita y me sentí segura. Mi seguridad duró minutos. Los minutos que demoró el vómito en subir por mi estómago. Tenía miedo de vomitar, de que se abriera la herida, pero más miedo sentía de que mi hija se cayera de mis brazos. Llamé a la estudiante y le dije que tomara a Marina, que necesitaba vomitar. La estudiante se llevó a la niña al cunero y buscó un recipiente para que yo pudiera vomitar. No había. “Vira la cara hacia el lado”, me dijo un enfermero. Mi cabeza no era lo suficientemente fuerte como para ladearse bien y terminé vomitando sobre mí misma. Creo que era la forma que tenía mi cuerpo de liberarse de todas las horas anteriores. A las tres de la mañana el frío se había ido y el vómito estaba lo suficientemente impregnado en mi pelo y mi ropa como para no molestar. No era vómito recién caído, eran los restos del parto. Entre las manchas de sangre y el churre de las horas sin bañarme qué más daba un poco de vómito. A las tres de la mañana salí de la sala de recuperación a la sala de maternidad. Pregunté por mi hija y me dijeron que estaría esperándome allí. La anestesia se había ido y la herida comenzaba a doler. Sentí que mi cuerpo se había partido en dos pedazos, allí donde estaba la herida quedaba ahora la frontera entre mi cuerpo de antes y mi cuerpo de después del parto. Cuando llegué a la sala vi mi cama. No sabía cómo iba a lograr salir de la camilla de recuperación hasta la cama de la sala, con alturas diferentes, con mi herida matándome. “Dale, mete el piscinazo”, dijo el enfermero. Así le llamaban. Piscinazo. El piscinazo era inclinar tus manos, apoyarte en tus codos, levantar tu cuerpo, mover el pie derecho, luego el izquierdo y cambiarte de cama. Todo eso sin morir de dolor. No podías olvidar devolver la sábana de la sala de recuperación durante ese proceso. Si por casualidad la sábana se quedaba debajo, debías volver a moverte para devolver la sábana.

A los cinco días me dieron el alta. El 70 por ciento de las embarazadas regresan al hospital por complicaciones en el parto, me había explicado la neonatóloga. Yo quería ser del 30 por ciento que no regresa. Cada una de las noches del mes siguiente lloré. De rabia, de lástima por mí misma, de rabia nuevamente, de impotencia. Lloraba como si necesitara soltar una cantidad determinada de lágrimas para curarme sin saber que el llanto nunca iba a ser cura. Lloraba porque temía reconocer que el día que parí fue el primer día en toda mi vida que me quise morir y no se suponía que una buena madre sintiera eso. Yo podía lidiar con cualquier cosa en mi vida menos con ser una mala madre. En los siguientes doce meses aprendería que la perfección no existe, que con los bebés se desarrolla una complicidad donde se vale hacer cosas mal siempre que sientas la valentía para pedir perdón. Nunca le he pedido perdón a mi hija por quererme morir el día que nació. Conociéndonos, viéndola crecer, creo que no lo necesito. Mi hija y yo, a doce meses de distancia, sabemos que mis ganas de morir no fueron mi culpa, ni fueron un acto de cobardía. Mis ganas de morir fueron la mejor estrategia de supervivencia que tuve en ese momento. Eran unas ganas tan fuertes, tan intensas, que nos mantuvieron vivas.