Vivo en una esquina. O casi. Viviría totalmente en una esquina si mi bisabuelo paterno, al triunfo de la Revolución, no hubiera donado un espacio de 4X4 metros que, lugar que desde entonces ha sido la carnicería del barrio. Y conste que no es un reproche.

Esa circunstancia, que en cuestiones prácticas limitó la vivienda familiar a un par de cuartos, me sitúa en la convergencia de dos de los espacios de debate informal más ricos de de Cuba: las esquinas, aunque la mía sea casi una, y las colas.

Ambos son espacios que, por lo menos en Cuba, la sociología debería estudiar más a fondo. Espacios que, por alguna circunstancia que no acabo de entender, se convierten en sitios catalizadores del debate social, sin las poses o cuidados con que pudiera emprenderse en otros sitios.

Se habla de todo. Temas que van desde la pelota hasta la política. En un segundo se debate el último chisme del barrio y en el siguiente se sumergen en las más impensables deliberaciones sobre el conflicto internacional de turno.

Y hablan todos. Las amas de casa y los trabajadores, el asere y el muchachito que en otros términos parece como si un ratón le hubiera cercenado la lengua. Opina el que vive en la casa de dos plantas y el que pernocta en el solar. El que tiene plaza fija y el otro que vive del invento.

Son espacios liberalizadores, plurales…, aunque cada uno tiene sus características propias.
 A la esquina se va a hablar. 

Es un punto de cita, una elección posible las 24 horas. La esquina tiene su gente. Miras y te miran, eres el centro y desde ahí de cierta forma dominas el paisaje, cuatro calles que de pronto te pertenecen, como si de un zarpazo fuera posible arrancarlas de cuajo y meterlas en un bolsillo.

La periodista venezolana Lil Rodríguez decía que las esquinas están hechas para desalinear el mundo, eso me dice otro amigo, también periodista. Y le creo a ambos, y uso la frase.
En la cola, por el contrario, abrir la boca es un asidero, una manera de sentir que el tiempo pasa rápido. Las colas son más esporádicas, y son interesantes según lo que llegue, por lo menos desde mi ventana, justo al lado de la carnicería del barrio.

Las del picadillo y el pollo por pescado, por ejemplo, son largas y tremendas.
La gente se recuesta de las paredes, una sobre la otra, se sientan en los quicios de las puertas, en las aceras, en los corredores…, mientras habla, cuenta su vida a quien quiera escuchar, “arregla” el mundo.

Pero las hay cortas, tan dóciles y simples, que no alcanzan más que para un buenos días, si acaso para un breve reporte de clima, un “está nublado”, que seguramente no encontrará respuesta: la colas de dietas, para niños, mujeres embarazadas y las llamadas especiales, esas que nadie quisiera merecer. Todo eso, bajo mi ventana.

Mi ventana, un trono para el oído…

Sin moverme de la silla, el debate social, rico, profundo, sin frenos a la orden. ¿Quién dice que en Cuba la gente no habla, no debate, no defiende lo que cree, sea el tema que sea? Lo invito a mi silla por un rato.

Y sé que no es suficiente. El debate debe llevarse a sitios donde enriquezca, aporte más allá del placer de hablar, de ser escuchado. El cubano dice y dice mucho, lo que quiere decir, pero no siempre donde debería decirlo.
Barrios bullangueros. Colas, esquinas donde se discuten pros y contras de decisiones nacionales. La disminución de los precios. El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Los integrantes del equipo nacional. Dayron Robles primero hundido y ahora Ave Fénix.

Reuniones tranquilas, oficinas calladas. Sitios donde la voz importa y se discuten asuntos, si se discutieran, con posibilidades de cambios: los pros y contras de decisiones nacionales. Asuntos de todos.
Todo lo que no se dice en otros sitios, parece congregarse bajo mi ventana, democrática, pluralmente. Yo solo siento que no pueda clonar esos espacios, que no pueda cargarlos en mi bolso y llevarlos a esos otros sitios donde la voz importa, donde hablar puede cambiar las cosas, o por lo menos hacer el intento.