Lo cuenta el otrora jardinero estelar de Industriales, cuya decencia ha sido tan elogiada como su calidad atlética. Ante una pregunta en torno al hecho de que él no estuviera al frente del equipo que topó con los Rays de Tampa Bay en su visita a Cuba, en 2016, respondió Javier Méndez: “La dirección del béisbol en aquel momento me habló de que yo era la propuesta para dirigir aquel histórico juego. Tuvimos varias reuniones e hicimos un plan de entrenamiento. […] Se había dado a la prensa el cuerpo de dirección, pero, inexplicablemente, el director del equipo no se había dicho. […] Preguntaba y me decían que había que esperar. Yo esperé, estuvimos 15 días entrenando en San José de las Lajas, sin el mando de un director. Nadie decía nada. Crecía el suspenso y aquello empezaba a preocupar, hasta que después de dos semanas tuvimos una reunión en la cual se comunicó el director del equipo: Víctor Mesa”.

Lo afirma el único escritor de la Isla que ha obtenido el Premio Princesa de Asturias de las Letras, Leonardo Padura: “Lo cierto es que tengo más presentaciones, ediciones, reconocimientos fuera de mi país que en mi país y, esas presentaciones, ediciones y reconocimientos apenas tienen eco en Cuba, cuando creo que deberían ser elementos de los que se congratule la cultura cubana, pues soy un escritor cubano, que incluso, vive y escribe en Cuba. // ¿Quién o quiénes determinan tal estado de cosas? No lo sé. ¿Por qué? Tampoco…”.

Es opinión del sociólogo y reconocido investigador Carlos García Pleyán: “Se ha proclamado y reiterado que el programa por el 500 aniversario [de La Habana] pretende ser no tanto una culminación sino un punto de partida de un largamente esperado proceso de recuperación de la ciudad. Pero muy pocos son los que conocen, si los hay, en qué consiste esa continuación, cuáles son sus objetivos y sus modos de hacer. Puestos a desconocer, lo que es el colmo, también se ignora públicamente el contenido del Plan director de la ciudad, recientemente aprobado. ¿Hacia dónde vamos?”…

Tres referencias. Tres ámbitos. Deporte nacional. Cultura. Restauración de la urbe más importante de la nación. Un mismo denominador común: falta de transparencia.

Década tras década, indicaciones tras indicaciones, quienes dirigen en Cuba —cualquiera sea su especialidad y área— se han acomodado tanto a hacerlo sin transparentar los mecanismos y procedimientos, que ya parece una cuestión normal, tan normal como la sentencia popular de origen hispana, “se acata, pero no se cumple“ o la sinonimia práctica entre “lucha”, “guapeo” y “robo”, “soborno”, “corrupción”.

En la misma medida en que se construyó un orden de cosas en el cual se demandaba de los ciudadanos (trabajadores, estudiantes, milicianos, amas de casa, deportistas,…) “incondicionalidad”: cumplir las tareas, dar el paso al frente y no cuestionarse nada, se les pedía “confianza” absoluta en las autoridades, mucho más si estas eran parte del liderazgo triunfante en 1959. Y al desconfiado, ya sabemos: presión, cierres, etiquetas, aislamiento, hasta que perdiera la batalla.

De tal manera que los mecanismos de control, desde abajo, para fiscalizar en qué se emplean los dineros públicos, cómo se designan los que dirigirán una entidad o proceso y en qué forma se determinará el precio (y los gravámenes) a los productos de una tienda —por solo citar unos ejemplos— han quedado tan comprimidos, tan enmarañados por informes globales, discursos y secretismo que la gente, poco a poco, ha ido perdiendo el interés y el espíritu cívico para exigirlos. Total, resume la conciencia extenuada de Liborio, ¿para qué?, ¿qué voy a cambiar? Mejor me ocupo de ir escapando (es decir: sobreviviendo).

Claro, muchas veces los que tienden el manto de oscuridad sobre los asuntos no son tan escandalosamente chapuceros y justifican un tanto su proceder con las ciertas, pero en algunos aspectos y periodos sobredimensionados, presiones externas; o acuden al socorrido tópico de la seguridad nacional, con frases de José Martí descontextualizadas, como aquella de “en silencio ha tenido que ser […] porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas” o “Lo que el enemigo ha de oír, no es más que la voz de ataque”. Sin aclarar jamás que en la ejecutoria del Apóstol se trataba de organizar una Guerra de liberación y, aun así, el poeta revolucionario tenía la lucidez necesaria para distinguir que “un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

La importancia de la comunicación —idea archireiterada por la actual administración— parece no estar muy en el centro de su propia agenda cuando la Política de Comunicación Social del Estado y el Gobierno cubanos, que se viene estudiando, procesando, meditando (y todos los andos posibles) desde hace años, se aprobó finalmente el 24 de enero de 2018 (fecha que aparece en el portal oficial Cuba Crece) y solo se puso íntegramente a disposición de la ciudadanía (en formato digital) en julio de 2019. ¿Dónde estuvo ese documento, y por qué, el año y medio en que no salió a la luz sino en resúmenes, extractos, reuniones de pequeño formato? ¿Cómo se hará finalmente su implementación? ¿Qué contendrá el “Decreto-Ley que establezca el marco legal para el desarrollo de la comunicación social en todas sus formas en los ámbitos mediático, institucional y comunitario”? ¿Por qué no se somete dicha normativa, ya que nos implica a todos, a la voluntad del soberano en un referendo?

Sería ingenuo pensar que algo en política es totalmente límpido. En ningún país o época lo ha sido. Pero se puede, al menos, hacer el mayor esfuerzo por adecentar la gestión pública, exigiendo y cumpliendo —cada quien lo que le toque— un mínimo elemental de transparencia.

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