Nos hacen falta tantas cosas, a nosotros, al pueblo grande. Nos hace falta, por ejemplo, la verdad sin el oficio tosco del cálculo y el disimulo; nos hace falta también, se puede decir de modo muy sencillo, el valor, sin la bravuconería del saberse impune, sin la coartada del irrespeto y la vileza; nos hace falta soñar sin que nuestros sueños sean desestimados y proscritos por ser sueños, o por ser, tristemente, los miedos de otros; nos hace falta ser sinceros sin otro dolor que el de serlos con nosotros mismos; nos hace falta que la dignidad no sea andar solitario entre cobardes; nos hace falta, por qué no, que las cosas que más admiramos, la bondad, la sensibilidad, la virtud y la decencia conduzcan al éxito, o que por lo menos, o por eso, que la cobardía y el miedo, la traición y el disimulo sean entre nosotros sinónimo de fracaso.

Nos hace falta la rabia ante la injusticia que se comete sobre el otro, la rabia como justicia, la rabia como rebelión por nosotros mismos, y por eso, necesitamos creer, como antes, que la injusticia nunca era un caso muy particular y personal sino un caso de todos; nos hace falta poder mirar a los ojos sin tener que agradecer a quien nos sirve, por todo aquello que nos corresponde por derecho; nos hace falta la nobleza de pensar como el otro porque se vive y se siente entonces como el otro; nos hace falta ser iguales sin que el diferente nos diga que somos iguales.

Nos hace ser íntegros cuando nadie nos ve y sobre todo cuando no es conveniente; nos hace falta pasión para dar testimonio de la pasión ajena; nos hace falta un poco de luz para descubrir otra vez las sombras; nos hacen falta poder torcer el destino para que nos deje ser nuestro propio destino; nos hace falta olvidar los nudos, no porque ellos no existan, desgraciadamente existen, sino porque están hechos para que siendo nosotros libres creamos que debemos desatarnos de ellos.

Nos hace falta volver a hablar sin que las palabras sean solo palabras; nos hace falta escuchar para poder escucharnos, para que no sea nuestra voz un grito, para recuperar la poderosa voz de nosotros sin tener que aclarar que es la voz de todos; nos hace falta recordar que siempre que elegíamos era porque necesitábamos elegir a uno de nosotros para hacer lo que nosotros sabíamos era lo mejor para nosotros.

Necesitamos olvidar, tercamente se pudiera precisar, que un bien se paga con un mal, que no vale la pena, que la vida es una sola, y no porque la maldad no exista, y no porque la vida no sea una sola, o dos, o tres, quizás, o porque todo sea tan importante, sino porque siempre dará bochorno decir a nuestros hijos cuando fue que aprendimos a callar; necesitamos sabernos el más pobre de nosotros, el de la casa de suelo, techo y paredes frágiles, el ilegal, el que mendiga, el enfermo, el extraviado, el abandonado, porque ellos fueron niños, como nosotros, porque ellos son nuestra derrota aún sin ser derrotados.

Necesitamos nosotros, el pueblo grande de cosas tan naturales, de no darle cobija al hastío, de no saber y no preguntar y esperar que nos digan, porque necesitamos de seguro, de algo más que el silencio, o la indiferencia, acaso porque cuando nosotros callamos es porque tenemos el pudor suficiente, la humildad de sabernos uno más; necesitamos escoger confiar para aprender a confiar en nosotros mismos y poder decir auténticamente, así no más, sin vergüenza, que no queremos aquello, que está mal aquello, que no cuenten conmigo para hacer aquello, que estoy en contra de aquello, no porque ese plural impreciso lo escoja antes, ahora, o después el miedo, sino porque podemos decir con la misma autenticidad que decimos del pan malo sin ser panaderos, o del edificio feo sin ser arquitectos, o de la calle rota sin ser ingenieros, de las otras cuestiones, todas las demás que son tan importantes que el pan, que el edificio, o que la calle quebrada, porque por suerte todos, absolutamente todos, podemos escoger ser ciudadanos, porque no hace falta más, porque somos siempre nosotros los ciudadanos, los que podemos escoger por nosotros mismos el futuro, los que en definitiva lo hacemos;

Y es por eso que además nos hace falta la Ley, no tanto porque seamos consumidores, es lo de menos, sino porque somos sobre todo ciudadanos, y porque escogimos la República y sabemos que la dignidad plena del hombre y la mujer, del anciano y el niño, del otro que somos todos, puede ser Ley, porque escogimos tener deberes pero también derechos, no tanto porque no los cumplamos sino porque necesitamos que todos las cumplan, sin fueros, sin privilegios, sin dolor, sin lágrimas, porque el derecho de uno es el deber de otro; nos hace falta, a nosotros, el pueblo grande, más que una reforma, una Revolución constitucional que sueñe el país que soñamos, el bien común que soñamos, la justicia para todos que soñamos, la democracia que soñamos, nosotros, los del pueblo grande, a ver si el pueblo pequeño que nos desvela y acecha, no acaba haciendo su país soñado.

 

*Este texto fue publicado por su autor originalmente en su perfil de Facebook.