Oye, Curbelo:

Hoy me estaba acordando de cómo empezó nuestra amistad. Superbásico todo.  Yo te encontré por tus escritos. Tú me encontraste por mi blog. Yo te escribí por Messenger. Tú me respondiste. Y, rápidamente, pasamos a escribirnos por correo, porque abrir Facebook era muy costoso en Cuba y porque yo te iba a mandar mi libro y porque tú me ibas a enviar tu libro. Además, yo vivía en Nueva Zelanda y tú vivías en La Habana. Diecisiete horas de diferencia. Un día entero de adelanto para mí. Un día entero de atraso en tu universo. El tiempo y la tecnología, dispares para nosotros, jugaban un papel fundamental en nuestra comunicación. Ya está.

Así, los correos comenzaron a volverse conversaciones interminables. ¿Te acuerdas? Tú conocías a gente que yo conocía. Yo conocía a gente que tú conocías. Había seres queridos de por medio. Y literatura. Los correos, la nueva versión de las epístolas, se remodelaban en la Bandeja de entrada, en la Bandeja de salida y en la de elementos Enviados. Había veces en que pasaba la tarde entera escribiéndote. Primero sobre un texto que me hubieses mandado, luego sobre algún texto que hubiese escrito, luego sobre el clima extremo y brutal en el cual vivía, luego sobre mis problemas, luego sobre mis no problemas, luego volvía a los textos, luego volvía a los problemas. Eras mi diario, maifren.

¿Recuerdas cuando me mudé a México? El problema del clima desapareció, pero aparecieron nuevos problemas y nuevas palabras. También tus problemas comenzaron a cambiar. Tu hijo estaba creciendo, había más calor en La Habana, fumabas más, te deprimías más. A veces, estabas más contento, tu mamá se enfermó, se recuperó, escribiste un libro de poemas y una novela. Tu niño seguía creciendo. Creo que yo también era tu diario.

Cuando la apertura en Cuba, ya era más fácil que abrieras Facebook y Messenger. La existencia del uno para el otro comenzó a definirse por el botoncito verde y tu comprensión, y mi comprensión, por el sonidito tiquiti tiquiti de que alguno de los dos estaba escribiendo. Ese tipo de existencia no solo pasó a ser la tuya y la mía, sino la mía con mi mamá, la mía con mis amigos de La Habana, la mía con mi editor, la mía con un mundo de gente. Y la tuya, supongo también, con otro mundo de personas.

Así estuvimos hasta que, en noviembre más o menos, empezaste a tener Whatsapp y a viajar. Y las cosas volvieron a cambiar. Te guardé como Curbelo. Primera vez que estabas guardado, de forma material, con tu nombre, en algún dispositivo mío. Otro grado más de existencia, similar a la existencia de la mayoría de mis contactos por acá. Además, escuché tu voz por primera vez, así con acento de Centro Habana, y tú escuchaste la mía, ya toda distorsionada porque hablo medio cubano, medio mexicano. Las notas de audio, otra cosa que hace que la percepción de la distancia sea diferente. ¡Qué padre! Pero también qué raro, porque ya, en nuestras catarsis, aparecieron palabras como, espérate que voy a comer, espérate que voy a la escuela, espérate que están tocando la puerta. Es como hablar por teléfono. Como aquellos días en que estaba en la secundaria y me pasaba horas hablando con mi mejor amiga.

Eso me desconcierta porque con el resto del mundo, la sensación que provoca el Whatsapp es diferente a cuando hablas con un cubano de Cuba, de esta forma. Yo te enseño a utilizar cosas de esta app y tú me pasas stickers cubanos. Además de que ya ni tú, ni nadie de allá, eran más el botoncito verde del Messenger, o el correo en la Bandeja de entrada, de salida, de Enviados: ahora Cuba entera se convirtió en dos palomitas marcadas en azul.

Aún no entiendo bien cómo funciona eso de Whatsapp en la isla y tú no me acabas de explicar bien, porque nuestras conversaciones, actualmente, son conversaciones; y aunque eso trajo consigo que pasaras de ser maifren a ser mi hermano menor chillón, no hay tanto tiempo para la catarsis clásica de las cartas, en las que somos más egocéntricos, en las que hay un tiempo indefinido para hablar de uno, para hablar de los traumas de uno, para hablar de las locuras de uno. Ahora todo es más concreto. Es más real. Me entero casi al momento de si tuviste algún problema, o de si te pasó algo. Y resolvemos las cosas más rápido. Esa rareza que siento contigo y el Whatsapp la siento con Cuba entera. ¿Acaso todo el mundo está igual allá? ¿Acaso los problemas se pueden hablar más rápido, se pueden discutir más rápido, se pueden resolver más rápido allá? ¿Acaso las cosas van a cambiar o han cambiado por allá porque casi todo el mundo se convirtió en dos palomitas azules? ¿Cuba es, ahora, dos palomitas azules?

Aprovecho y te envío este correo porque el archivo que te quiero mandar no te entra por esa otra vía. A ver si, con calma, respondes mis dudas y me entero de qué has pensado, lentamente, por estos días. También podríamos comunicarnos de esta forma, acumular ideas, crear un libro. Un libro de epístolas. Como los tantos que he leído. Como los tantos que has leído. Ya imagino todas, agrupadas. Ya imagino la continuidad. Ya imagino las discusiones. Ya imagino las arrugas virtuales que le saldrán a las letras. Ya imagino a la gente leyéndolas y leyéndolas. Pocas personas, pero con tanta avidez como si fueran un continente. A ver qué te parece. Podríamos volvernos famosos.

Te saludo,

Amanda

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