Amanda, hace unos días puse en Facebook:

Dos mujeres en la cola:

El coronavirus ha acabado con todo.

La pobreza se ve más que nunca.

Esto ya no es pobreza, esto es miseria.

La cola era en una tiendita en Playa. Cualquiera cree que aquí no pasa eso porque este es el barrio más pomposo de la ciudad. Pero, sí pasa. En Playa la gente también madruga para salir a cazar la comida como los cavernícolas.

El post tuvo unos cuantos comentarios: que la culpa no es del coronavirus, que es del Gobierno cubano y todo eso. En Facebook, sí. En la vida real a casi nadie le interesa la culpa. Debería, porque la gente debe saber qué monstruo enfrenta para buscar la forma de vencerlo. Pero las cosas están tan oscuras que no se puede pensar a largo plazo ni con claridad.

Yo lo único que pienso es en aquellas mujeres terminando una cola interminable, sabrá Dios desde cuándo y para comprar qué. Y en que ellas somos todos los que estamos aquí adentro ahora mismo. No puedo pensar —creo que nadie puede— en el 2021 ni en noviembre, si no sé cómo sobrevivir la noche. Y si para sobrevivir la noche aquellas mujeres tienen que decir que la culpa de todo es del coronavirus, pues es del coronavirus y no hay más que hablar.

Una de ellas contó que hace café dos veces al día: una temprano, como desayuno, y otra al mediodía, como almuerzo. La segunda vez lo cuela con la borra de la primera. Yo también lo hago. Saco un poco para que no se hinche porque eso es mitad chícharo y ha hecho explotar quinientas cafeteras. Sale un agua oscurita que se parece al café americano. No sabe a nada, pero es lo que hay, porque el café está perdido.

En la merienda, dijo la mujer, toma agua con azúcar. “Y gracias que me queda azúcar”, dijo. El picadillo o lo que sea que tenga de plato fuerte lo prepara en la tarde, sobre las seis. Una comida al día. Duerme temprano para madrugar para caer en la cola. El mes que viene, cuando entre el azúcar y el café racionado a la bodega, seguirá haciendo lo mismo. Encogiéndose. Comiendo poco para no morirse.

Esto se está pareciendo bastante al Período Especial.

Estuve pensando en lo que me dijiste de enviar una caja con comida. Me dijiste que conseguirla en México no es un problema, a pesar del dinero, que está perdido, y de todos los trabajos que tienes a la vez. En aquel momento te respondí que no me hacía falta, yo me resuelvo la vida pero, en serio, me gustaría tener cien cajas de esas para repartir, como me gustaría tener un edificio para la gente que no tiene casa; te lo escribí antes.

Parezco una ONG, ja, ja, qué clase de anormal soy. El congelador vacío y preocupado por otros. Lo que me queda por ahí es un pan que voy a comerme ahorita con la grasa del picadillo de anoche. Y tú mandándome fotos de tacos y dulces extravagantes. No lo hagas más. Te cojo mucha roña.

A lo que iba: si Playa está llena de gente como aquellas dos mujeres, que no lo dudo, imagínate Cueto, Alacranes, Puerta de Golpe, Diez de Mella, La Máquina, Alto Songo, La Lima, La Cuchilla… barriecitos de tierra colorá con un hambre histórica.

Sigo en lo mismo. Te juro: estoy cansado de hablar de Cuba, de despertar en Cuba, de mirar Cuba, de analizar Cuba, de nunca haber querido huir de Cuba y de todavía no querer hacerlo.

Dice Dheformer, un rapero que me cuadra, que cuando hay hambre todo se vuelve guerra. Contra el coronavirus y contra el que va delante en la cola. Contra el revendedor y contra el bloqueo. Y contra Dios, por ponernos estómago.

La gente debe saber qué monstruo enfrenta para buscar la forma de vencerlo.

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