Márquez nunca se dio por vencido porque comprendió que su futuro no involucraba a la derrota. Claro, hay varias derrotas. La de él tenía que ver, en lo principal, con el lugar. Quedarse y perder.

Al comienzo, el rechazo lo dirigió al barrio. Por eso salíamos. El sábado nos encontramos en Coppelia tomando helado de guayaba. Después paramos en el malecón, y Márquez está apurando el efecto demoledor del ron Bocoy.

El malecón es una estructura que, por impersonal, se ha vuelto de todos. Ahí estaba, como tabla de náufrago, antes de la Wi Fi, antes de los pingueros y las jineteras, antes de las concentraciones de homosexuales carnavalescos del Bim Bom, antes de la Batalla de Ideas. Antes de que un policía nos multara por atravesar el césped del parque mientras una turba desfilaba a nuestras espaldas arrollando la hierba, bailando la conga del descreído. El oficial solo monta el juego para sacarnos de quicio y cargarnos por desacato a la autoridad, según nuestro socio Landy.

Y hay más de un malecón. El malecón, refugio y fuga. Ir al malecón es huir. La gente piensa que la gente va al malecón, y se equivoca, porque lo que hace es huir en masa al malecón. Huyen de la economía doméstica y la hostilidad diaria de mantenerse, la ojeriza, el miedo, los menoscabos, las heridas de amor, estudiantiles, laborales, etcétera. Huyen o solucionan un problema concreto. Digamos, pescan.

Márquez cree que en unos días va a sepultar todo eso.  También a Landy, a Daniel, al Bocoy y, de paso, a mí. Desde el gris impersonal del muro, el horizonte muestra su línea pronunciada e incalculable. La Habana vierte sus lágrimas en el malecón.

Cuatro de la mañana. Hemos extinguido la botella imposible de Bocoy, el peor ron del mundo en el país del mejor ron del mundo. Hemos escuchado, a distancia, esa especie de trovadores callejeros que canta boleros famosos a cambio de donativos. Hemos visto a las vendedoras de flores y a un grupo de preuniversitario que juega a adivinar los nombres de las películas mediante mímicas.

Una muchacha ha vuelto a pasar oteando, empinando la nariz al vernos como en un saltito orgulloso de conejo. A esta hora —es previsible— no ha conseguido nada de lo que quería; se arrastra o bien se acomoda la minifalda luego de bajarse del muro. Landy babea, pero sin Daniel no se va a arrojar. La muchacha no es ninguna muchacha, lo que haya hollado sus líneas le deforma la edad; es probable que no rebase los treinta. Tampoco es de las putas universitarias. Las universitarias suelen afanarse en otras avenidas cuando salen emperifolladas de las residencias estudiantiles y, con suerte, las recoge algún extranjero joven y no un viejo de sudor agrio.

Márquez expulsa un vómito azulado.

En este instante entiendo que desembocamos en el malecón solo a esperar que se consumiera la madrugada o a que se restableciera el transporte público hacia Alamar, el reparto del Este al que Landy llama La Siberia, desconociendo que el lunes Márquez se iría a Miami.

Es muy rara la vida de los emigrantes, como si la rasgaran en dos pedazos y uno nunca pudiera volver a juntarlos. Siempre de un lado pensará en el otro y en sentido opuesto. Siempre de un solo lado, permaneciendo en dos, con él, con nosotros en el malecón. Siempre en conjugación.

Salir, ir, irse. Conjugar el verbo es, muchas veces, la conjugación de uno mismo. Márquez no lo entiende ni espero que lo haga. Yo tampoco, pero creo que es aproximadamente tal cosa, que uno vive haciendo combinaciones de sí y de los otros, en tiempos y modos distintos. Siendo de otra forma, estaríamos, por ejemplo, vencidos del todo.