Cuando entré por primera vez a Casa Prado vino a mi mente una escena de “Moulin Rouge”. Las paredes estaban pintadas de rojo y dispuesta toda la vajilla sobre las mesas. Cada cierto tiempo veía pasar a un joven con delantal y otro impecablemente vestido llegaba hasta mi mesa para preguntar si necesitaba algo; y por unos segundos pensé que apartarían los manteles y bailarían frente a mí mientras cantaban a coro Like a virgen. Eso no sucedió, no sé si por suerte, pero el placer que provoca estar en ese lugar sorprende de maneras inimaginables.

El entramado promocional que en seis años ha logrado Maxiller, dueño de la paladar cienfueguera Casa Prado, es casi impecable. Él ha pensado en todo: animaciones 3D para el paquete; plegables y pegatinas repartidos en carros y bicitaxis por toda la ciudad; página en Facebook, en la web de Trip Advisor, en A la mesa… Actualmente se mantiene como la paladar más reconocida en el centro sur de la Isla, incluso por las autoridades estatales.

Maxiller conversa con sutileza; se cuida de criticar a mano suelta. Cuando le pregunto, sin adornos, cómo ha logrado triunfar dentro del difícil entorno que tiene un cuentapropista en el país, solo sonríe y cuenta sus hazañas e “inventos” como si fuesen lo más natural del mundo.

Como la mayoría de los cuentrapropistas, trabajaba en el sector estatal pero prefirió invertir su ingenio en un negocio personal.

“Empecé casi sin recursos, apenas con el apoyo de los ahorros familiares. Solo tenía un salón de 12 plazas. Éramos el restaurante más pequeño de toda la ciudad”. Hoy la paladar cuenta con 48 plazas a las que se suman una terraza y una cafetería que Maxiller codirige junto a su esposa. Todo funciona con 33 trabajadores.

Casa Prado mantiene el menú más amplio de la ciudad de Cienfuegos así como el personal más estable. Hace unos años podía vanagloriarse de ser el restaurante local que mayor abanico de precios tenía. Esa realidad cambió como consecuencia de la ley del más fuerte.

“Nuestro restaurante ya no es asequible a toda población, por la escasez de productos y su alto costo. Quisiéramos seguir como cuando abrimos, con la política de que alcanzábamos para todos los bolsillos, pero simplemente no se puede”, comenta Maxiller.

La paella y la albondiguilla Casa Prado están inscritas en el patrimonio culinario de Cienfuegos, pero confeccionar estos platos se vuelve un desafío cada vez mayor.

“Paso mucho trabajo para conseguir los alimentos necesarios. A veces debo viajar por varias provincias en busca de los insumos. Las tiendas en CUC no son suficientes como para cubrir nuestra demanda; uno necesita determinada mercancía, pero hay poca y a mí me da pena con el resto de los clientes cuando tengo que llevarme todo. Me ven como un acaparador. Siempre llevo con mucho tacto esas situaciones, pero es desagradable.”

El desabastecimiento es grave, la inexistencia de un mercado mayorista golpea los negocios de este tipo.

“En fin de año yo parecía más taxista que chef, pues tuve que moverme fuera de Cienfuegos para garantizar los servicios. En unas ciudades encontraba algunas cosas y en otras el resto; fue como armar un rompecabezas. También está la competencia dispareja que llevamos con los establecimientos estatales. Por ejemplo: ellos compran una cerveza a 38 centavos, yo a 1 CUC; el pollo les sale a centavos, a mí mucho más caro, no hay diferencia porque yo compre mucho o poco”.

Hoy el mayor golpe de capital de Casa Prado está en el crecimiento del turismo de paso en la ciudad. Su clientela es 70 por ciento extranjera. “Tenemos contratos con varias agencias (Cubanacán, San Cristóbal, Paraíso, Cubatur y Habanatur) y nos pagan por un boucher.

La Real Academia Francesa, en conjunto con la Asociación Mundial de Cheffs y la Culinaria Cubana otorgó un reconocimiento especial a cuatro restaurantes en Cienfuegos entre los que está el de Maxiller. “Es como si fuera una estrella Michelín, pero Cuba está muy lejos de ese reconocimiento hasta tanto en el territorio no se comercialicen esos neumáticos.” Si esta no fuera Cuba, hace unos meses hubiera sido noticia que la Casa Prado obtuvo tal reconocimiento; paralelamente, si esta no fuera Cuba, quizá la estrella de Maxiller no significase lo que hoy representa.