El chino habla con ese tono oriental tan peculiar, esa musiquilla agitada que  lo delata. Cuando se le escucha parece que circula las erres, luego las trastoca hasta convertirlas en eles. Y a las eses las deja huérfanas, las deja más solas que nunca.

-Apaga la grabadora- me exige mientras señala mi teléfono – te doy la entrevista y te digo cómo funciona esto, pero sin grabación.

Desde el primer momento el chino me deja claro par de cosas. La primera que es un santiaguero que sobrevive en La Habana. La otra: su “trabajo” es ilegal. Viola el artículo 150.1 de la Ley No. 62 del Código Penal cubano, le han advertido. Por tanto nada de audios con su voz o retratos suyos. Son sus condiciones, y lo entiendo. Ambos sabemos que pueden acusarlo de enriquecimiento ilícito o de promover juegos prohibidos, que podrían multarlo o hasta terminar encarcelado.

El chino tiene uno de esos nombres con Y imposibles de memorizar, un tosco aspecto de asere de taberna y la piel amarillenta, como si lo cubrieran capas de polvo. Sobre los hombros carga una mochila donde guarda los comprobantes. Siempre hace dos copias. Una para  él y la otra para “el cliente”. En los diminutos papeles  relaciona cantidades de dinero, posibles números  afortunados y los nombres de los jugadores. El chino es, desde hace cuatro años, un apuntador más del Cerro. Un “bolitero,” como se define él.

Foto: Alejandro Trujillo

 

“Recojo las apuestas en la Bolita dos veces al día. Antes de las 12 del mediodía y luego antes las 6:00 de la tarde. Si me demoro en pasar la gente  no espera y va a mi casa. Desde abajo me gritan el número. Nadie se esconde. Aquí casi todo el mundo ha apostado al menos una vez, desde la jefa del CDR hasta el médico del consultorio. Hay tremendo vicio, dicen algunos, pero yo creo que ven la charada como la última esperanza de que les pase algo bueno,  y la gente se aferra a sus ilusiones. Aunque pierdan más de lo que ganen.

“Debo entregar una norma mínima de 100 pesos diarios y obtengo el 20% de lo que recojo. Le doy el resto del dinero y los comprobantes a una de  las “cabezas de banco” quien agrupa los datos en una lista y se la lleva al jefe. Cada banquero tiene varios apuntadores. Como cada zona, varios bancos. Por  aquí, que yo sepa, hay tres.

“El premio varía. Nosotros damos 75 pesos por el fijo y 900 por el parlés. Tengo dos clientes que apuestan diario, son dos viejitas hermanas que varias veces, desde que las conozco, han ganado. Ellas apostaban antes de 1959 y nunca dejaron de hacerlo. Han anotado fechas y números que han salido durante décadas. No sé si sea ese el factor de su éxito o simple suerte.

-¿Cómo se enteran del resultado?

– Por la “antena” (conexión satelital clandestina). Casi todo el mundo tiene en el barrio. Aquí a las 8 nadie se acuerda de Serrano, el locutor del noticiero. Cualquiera que pase por aquí y mire un televisor va a ver los canales de afuera. Va a ver la “Bolita”.

“El cubano se agarra de cualquier cosa para hacer negocio. Últimamente se estila mucho preparar rifas paralelas a la charada para vender otras cosas”.

-¿Rifas?

-Sí, te explico: por ejemplo si ahora tú tienes un pantalón y lo quieres ofrecer organizas una rifa en el barrio y vendes los tickets (ese dinero es para ti). Si el fijo que sale esa noche coincide con alguno de los números de los tickets esa persona se gana el pantalón. Esto no tiene nada que ver con el banquero. Lo organizan gente normal que quiere vender algo y se aprovecha del número de la bolita. Un juego dentro de otro juego.”

“Yo no apuesto. Cuando estás adentro sabes que quien gana es el banquero. Solo cuando tengo cábalas muy claras me tiro a ver qué resulta. Pero esto es para mí es un trabajo, no una afición.

“Antes la policía nos perseguía más, pero eso se ha suavizado un poco. Al final quienes más riesgos corren son los jefes. Pueden decomisárselo todo. A mí qué me van a quitar ¿la bicicleta? Yo vivo al día. Eso sí: la pincha está menos tensa que antes, pero siempre hay que cuidarse de un chivatazo”.

“Tú no grabate nada de eto, ¿verdad?”, me pregunta escrudiñando nuevamente mi teléfono, mientras tanto aspira todas las eses, las devora.