Un querido Maestro me confesó años atrás lo que hacía cuando estaba desorientado, sin tema para entrarle al diario de la realidad nacional. Abría al azar algún libro de Jorge Mañach (1898-1961) — Pasado vigente, Glosario, Estampas de San Cristóbal, u otro con sus memorables ensayos y artículos—, leía tres o cuatro párrafos y a partir de ahí, como los músicos cuando captan el tono preciso, comenzaba a escribir su propia visión de la actualidad.

Hagamos la prueba, me dijo entonces, para ilustrar el método. Tomó de un anaquel un añoso volumen, lo abrió con la destreza de los magos cuando parten el juego de naipes; leyó y… en efecto, lo que Mañach decía de la circunstancia cubana de los años 30 y 40 del siglo pasado, podía alumbrarnos, sin demasiadas cañonas, los enfoques de la Isla en pleno siglo XXI. O el escritor tenía una infalible visión de futuro, o el futuro-presente nacional tenía una incomprensible vocación de pasado, pensé entonces.

La historia me vino de golpe a la mente cuando comprobé hace algunos días que los repetitivos, enérgicos y patrióticos llamados a la productividad y eficiencia de la jefatura del país, por un lado, y la “ricurancia” y “gozancia” a que está conduciendo la situación “coyuntural” en cuanto a las tareas y servicios que se brindan en establecimientos públicos, conforman una deliciosa pareja “dialéctica”, cuyos efectos pican y se extienden.

Terminal Nacional de Ómnibus. Finales de octubre último. 2y30 a.m. Llego desde Pinar del Río, debo hacer una escala larga pues mi guagua hacia Holguín no sale hasta las 9:15 a.m. y para no andar con todo el equipaje a cuestas, busco, naturalmente, el local de “custodia de equipaje” que para eso existe. Cerrado. Averiguo por el responsable. Nadie sabe. Continúo buscándolo por toda la instalación hasta que lo encuentro. Le explico mi interés. Y casi sin dejarme terminar, riposta:

—No, “Papi”, la custodia de equipaje comienza a las 8:00 de la mañana, ahora nada más estamos entregando los que ya teníamos guardados.

—Pero… ¿ese servicio no debe funcionar las 24 horas, normalmente?

—Sí, pero no estamos “normalmente”. Y yo estoy cubriendo. Aquí no hay ni gente pa’ trabajar.

Resignado, agarro mi paquetera y trato de cuidarla lo mejor posible, sin dormirme, por el riesgo de un robo, hasta que amanece.

Unos días después. Holguín.

—¿Trajo la laptop cargada?, pregunta, con su habitual amabilidad, la recepcionista de la Biblioteca Provincial Alex Urquiola.

—¿Por qué?, respondo intrigado.

—Es que ya no se puede permitir que ningún usuario conecte su laptop a la electricidad. El plan de consumo que nos pusieron es muy muy bajito.

—Discúlpeme, pero con eso le entorpecen el trabajo a todos los profesionales que vienen con sus laptops. La carga de estos equipos apenas dura una hora y pico o dos, a lo sumo…

—Imagínese… Lo sentimos mucho, pero esa es la indicación.

Resignado, nuevamente, salgo, por si en otra biblioteca de la ciudad “la indicación” es distinta. Mas, como suele suceder, es igual y hasta peor. En el Centro de Arte, también colindante al parque Calixto García de la urbe holguinera, me cuentan que hasta pueden incurrir en multas de cientos de pesos si los inspectores observan que dejaron conectar algún equipo eléctrico ajeno a la institución.

Pregunto a algunos amigos, por si en sus respectivos espacios de trabajo hay archivos, salas de documentación, etc., en las que se pueda trabajar con la computadora. Nada. Apagones de las oficinas de 11:00 a 1:00 p.m., jornadas laborales reducidas. Y el personal, como es lógico, haciendo lo que pueden, según las señas de las alturas. En buen cubano: “escapando”.

Y no es que esté mal la táctica, a nivel de nación, de proteger a toda costa el consumo eléctrico del sector residencial, para no volver a la triste realidad de los apagones de los años 90. Y no es que esté mal que la gente —tú, yo, nosotros, nuestra familia— “escapemos” como podamos de las responsabilidades laborales, cuando, en definitiva, ni alcanza el salario ni el transporte para llegar a las casas cada día funciona bien, y hay que “resolver” la supervivencia como se pueda.

Sin embargo, lo preocupante es que si ya sufríamos desde hace décadas la ineficiencia de muchos servicios, las oficinas públicas que con total tranquilidad comenzaban a atender media hora después de su horario de apertura y cerraban media hora antes del de cierre, los “hoy no podemos, venga mañana”; los errores en documentos cuya subsanación costaba horrores; la indolencia y apatías, puras y duras… ¿qué esperar ahora, cuando existe la mágica justificación de “estamos en coyuntura”, que parece alargarse y alargarse como un chicle?

Jorge Mañach quizá tenga la respuesta: “Un choteo, es decir, confusión, subversión, desorden; —en suma: «relajo». Pues ¿qué significa esta palabra, sino ese, el relajamiento de todos los vínculos y coyunturas que les dan a las cosas un aspecto articulado, una digna integridad?”.

 

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