A una altura de 1974 metros sobre el nivel del mar se eleva el punto más alto de la Isla. La cima, contrario a como muchos imaginan, es un espacio circular, plano y cubierto de árboles y otros matojos. No hay vista alguna. No hay algo así como ver toda Cuba –parte de ella- desde un punto. No hay algo así como la sensación de que caminas más arriba que los once millones de habitantes. Solo la idea de que estás entre las nubes. Que puede llover, puedes escuchar cómo llueve allá abajo y tú no te mojas. Suficiente.

Tres y media de la madrugada y empieza la caminata. A los 13 kilómetros que supuestamente hacen el recorrido “más fácil” por la provincia de Granma hay que sumarle ahora cinco de carretera, la más pendiente de Cuba, por demás. Antes, escucho decir, los camiones te dejaban en el mismo Alto de El Naranjo, donde se encuentra la estación biológica de Flora y Fauna; y punto que marca el kilómetro 0 hasta la cima del Pico Turquino. Pero con los accidentes y otros avatares se ha limitado la circulación. Un cartel en bajorrelieve sobre madera así te lo advierte: “si no estás seguro de tu vehículo, mejor no continúes en él”. Ahora solo suben jeeps (“yipis”) 4 x 4 modernos, para pasajeros turistas (extranjeros) exclusivamente.

Foto: Alba León Infante. Vista desde el sendero

El Parque Nacional Pico Turquino -me cuenta durante la bajada Rogelio, el guía- abrió hace justo 20 años. Antes de eso los excursionistas igual se atrevían, por su propia cuenta y riesgo, para llegar literalmente a la cima. No existían las señalizaciones, ni bancos, barandas y escalones fabricados con los troncos de los árboles, de un acabado bien rústico, que tanto sirven de apoyo. Y aunque existía el sendero, no era del todo seguro.

De ahí que surgiera la idea de fundar el Parque y establecer dos caminos: uno por Santiago de Cuba y otro por Granma. En el primero se asciende y desciende en un día; en el segundo se toma una noche de descanso en Aguada de Joaquín, campamento de madera y mampostería ubicado a cinco kilómetros de la cima, ya entre las nubes.

Foto: Alba León Infante. Vista desde la Loma del León

La apertura del Parque ofreció oportunidades de empleo a los habitantes de los pueblos cercanos.

Empleos que van desde los guías, con un salario de 325 pesos en moneda nacional, hasta el personal que atiende a los extranjeros en la villa homónima, con un salario mínimo según los estándares del país, pero con mayores ventajas por las propinas en divisas que reciben, se entiende.

Rogelio fue fundador del Parque. Ha recorrido desde entonces los 36 kilómetros de la base hasta el Pico al menos tres veces por semana: “Ya van más de mil”, me dice. Aun así, alega más adelante en el camino, “aquí hay que cuidar el trabajo como cosa sagrada. Si te descuidas, va y viene alguien y te lo levanta”.

“Desde noviembre es temporada alta, llegan muchos turistas y a uno siempre se le pega algo”, sigue contando. Y en efecto, durante el trayecto de ida y vuelta no encontramos más cubanos que nosotros mismos.

Grupo de bloqueros cubanos en la cima del Pico Turquino

Lo acompaña de a ratos su novia, que lleva como único implemento un par de binoculares en la mano. Ningún pomo de agua o bordón como tercer punto de apoyo. Ya al pie de la carretera, donde parquean los 4 x 4 a la espera de un grupo de europeos que visitan la Comandancia de los rebeldes de Fidel Castro, me advierte que ni lo intente, porque los choferes no dan “botella”: “Los únicos pies llenos de fango que pueden entrar ahí son los de los extranjeros, para eso ellos pagan”. Por suerte, habla con más recelo que certeza.

Mientras se desanda en pleno monte, uno no tiene consciencia de la verdadera altura, de los 1974 metros sobre el nivel del mar en los que andamos. Digamos que no se sienten. Pero ya abajo, de regreso y con el camino agotado, a uno le cuesta creerse semejante subida; y comienza a cuestionarse todo, empezando por su propia fuerza.

“Lo importante”, me dice Rogelio, “es no detenerse nunca. Y si lo haces, que sea por poco tiempo”.

Foto: Alba León Infante. Amanecer en la Sierra Maestra.

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