Resulta gracioso lo fácil que es reconocerlos. Desde que entras en la cuadra de CADECA sabes quiénes son. Están acodados en los postes, o sentados en los resquicios que dejan los ventanales de las tiendas. Escuchas un susurro, y sí, es contigo, te dicen divisa, dólares. Son dos tipos altos y musculosos. No quiero nada, explicas y te escapas, zigzagueante.

Comúnmente visten ropa deportiva, tenis de marca, short de mezclilla, y pulóver del Real Madrid. Sus miradas siempre andan al acecho y no se lo piensan mucho para abordarte: vas a CADECA, vas a cambiar algo?, y les repites “que no, que nada, intentando deshacerte de tan fastidiosa insistencia.

Y a veces sí quieres cambiar, pero lo quieres hacer tranquilo dentro de la Casa de Cambio, disfrutando, al menos por dos minutos, del aire acondicionado, evitando el mal rato de sentir que estás haciendo algo indebido; pero muchas veces se las arreglan para que no puedas escaparte, así que terminas haciendo la transacción, casi impávido ante la naturalidad con la que asumen el hecho. Hace unos años se escondían un poco, disimulaban, todo ocurría con suma discreción, pero ya no, ahora lo hacen como si consumaran algo totalmente lícito.

E insisto en que es una situación jocosa porque los policías, que recorren a diario la misma cuadra —como si lo que estuvieran llevando a cabo fuera un paseo y no una ronda—, no logran diferenciarlos del resto de la turba del boulevard. Para ellos son gente común, y por eso los dejan proliferar, hacer de la compraventa de dólares y pesos convertibles, un trabajo natural y rutinario.

La permanencia de las dos monedas, una dura y otra no tanto, es lo que se puede señalar como causante de esta situación

Para llegar al colmo de lo burlesco, estos personajes pueden ser, incluso, necesarios. Me ha ocurrido que la Casa de Cambio ha estado cerrada, que he necesitado con urgencia cambiar dinero, y he tenido que acudir a sus servicios; al final no pierdes ni ganas, sus precios son los mismos que dispone el sistema oficial, y además te cambian el dólar americano a mejores costos, o sea: pueden resultar hasta más convenientes. La única diferencia es que no te dan un comprobante, ese papelito blanco que al salir de CADECA arrojas a la basura.

La permanencia de las dos monedas, una dura y otra no tanto, es lo que se puede señalar como causante de esta situación. Demasiada tela para cortar, como si fuera el cuento de Perogrullo, mientras más inminente y necesaria parece la disolución de una de ellas, la bola pica y se extiende.

Otra de las causantes se debe a que la venta oficial del peso convertible es a un precio y la compra a otro más bajo, o sea, que desde lo estatal ya existe un negocio de ganancias redondas. Si ambas operaciones fueran por un mismo importe, los susodichos casi estarían a raya.

Una vez comenté el tema de los cambistas en público y para mi sorpresa no faltó quien defendiera a estas personas con la sencilla objeción de que no le hacen daño a nadie, y que quienes le compran o venden no son forzados, sino que así lo prefieren.

Por lo cual este problema resulta múltiple e intrínseco en los andamiajes oscuros de nuestra sociedad, que comienza a percibir a estas personas como constructo del afamado guapeador —el hombre que se las arregla día a día para luchar contra los embates de la escasez y la necesidad—; y que ya no sabe deslindar entre el hombre emprendedor y el maleante, entre el luchador y el ladrón, entre el trabajador y el vago.

¿Cómo lidiar con esta prole oportunista que vive cebándose en la necesidad y la urgencia de sus conciudadanos? La sociología y la ley se nos van quedando cortas. Y no solo contra ellos, sino también contra los que proporcionan y condicionan tan molestos escenarios.