Existen muchas Cubas dentro de Cuba, así como existen muchas Habanas. La fragmentación social y la paradójica coexistencia de las más opuestas realidades, a veces con solo una pared de por medio, se han convertido en parte de nuestra cotidianidad. Una de esas divisiones es la que separa a las instituciones oficiales de la calle. En algunos momentos, he llegado a sentir que en Cuba el socialismo solo empieza cuando cruzas la entrada de tu escuela o centro de trabajo.

Esa división, como yo la veo, es ante todo una estructura mental. Las mismas personas que conocen la realidad de la calle, que la padecen de una forma u otra, se desdoblan dentro de la institución en defensores de las posiciones oficiales. Si se descuidan, pueden llegar a compenetrarse tanto con la visión “desde arriba”, que se la creen. Bueno, para los que hemos leído a Freud, esta clase de sociopatías ligeras no son un escándalo.

Lo que ha ocurrido con la reapertura del mercado de Cuatro Caminos me parece arquetípico. En un acto de loable esfuerzo, las autoridades políticas y los empresarios de CIMEX hicieron realidad la aparición de un mercado de lujo, bien abastecido, en una zona de la capital caracterizada por la precariedad habitacional, laboral y existencial. Luego, ocurrió lo que todos sabemos, los aspirantes a consumidores entraron en masa, hubo violencia, cristales rotos, etc. Más tarde, en un acto poco común, tendríamos la versión oficial de los hechos en el Noticiero de la Televisión, donde a Talía solo le faltó hablar sobre la “turba vulgar” para referirse a los acontecimientos.

Esa manera de referirse al pueblo no es nueva. Desde hace mucho tiempo, el establishment burocrático tiene tres niveles para referirse a la ciudadanía. Cuando quiere conectar con la fibra revolucionaria, y reafirmar el pacto social revolucionario, la llama “pueblo”. Cuando lo quiere convertir en un objeto manipulable, beneficiario pasivo de la política oficial, la llama “población”. Cuando tiene que lidiar con el lado más feo, calibanesco y no normalizado de esa ciudadanía, entonces habla de “lumpens” y “elementos antisociales”. Lo malo para mí es que cada vez se habla menos del pueblo, y más de la población y de los elementos antisociales, lo que me hace pensar en un lento giro conservador.

Vamos a estar claros. No fue una genialidad crear un mercado así en esa zona, sin antes abastecer al menos los otros mercados de los alrededores. Por el contrario, lo que ocurrió habla de una mentalidad paternalista y desconectada de la realidad por parte de las autoridades. La intervención de Talía en el NTV, a su vez, habla de un lado feo y burgués en nuestro socialismo, que a veces nos cuesta aceptar.

Esos que rompieron los cristales de Cuatro Caminos son el pueblo real, el de la calle. Es incivilizado, procaz e irrespetuoso, como lo fueron las masas francesas que tomaron la Bastilla. Esa falta de civilización no debería ser tan mal vista en un país socialista, toda vez que la forma hegemónica de civilización en el mundo actual es la capitalista. Pero bueno, la verdad es que el socialismo cuando se queda a medias, cuando se estanca en su fase de vanguardia y degenera en burocrático, se convierte en un Frankenstein hecho con pedazos de capitalismo.

El comentario de Talía, que solo ve el problema del lado de los “indisciplinados sociales”, muestra eso de lo que hablaba al principio, la fractura entre las instituciones y la calle. Los que organizaron el mercado, al parecer lo hicieron sin contar con lo que estaba ocurriendo en la calle, sin conocer la jungla furiosa en que se ha convertido el mercado negro en las calles de esa parte de la ciudad. Al parecer, son funcionarios que, una vez más, viven dentro de su propio discurso.

No sé qué clase de socialismo se pretende construir de espaldas a la calle. Solo la educación popular de esa ciudadanía, que es una pedagogía donde no hay un maestro en lo alto, sino donde todos se enseñan los unos a los otros, puede generar civilidad, de tipo no burguesa sino comunitaria. Esa educación popular necesita por supuesto de sus agentes, de los que den el primer paso, de los que luchen al lado de los más humildes. Que conste, de paso, que no niego el poder pedagógico de la violencia y la coerción amparadas en la ley: pero ese debe ser el último recurso.

Me parece que uno de los más ambiguos resultados del Periodo Especial fue que el Estado y sus organizaciones perdieron la calle. La hegemonía del socialismo, que es innegable, se retrotrajo a las instituciones. La vida cotidiana en la calle siguió su propio rumbo con relativa independencia. Fue ambiguo, porque por un lado se eliminaron barreras que tenían atada a la ciudadanía, pero, por otro lado, se renunció a construir el socialismo en la base de la sociedad.

Ese espacio, el de la calle, es un espacio donde los valores del socialismo están en continuo reflujo. Podríamos decir en caída libre. El Estado, mientras tanto, se conforma con saber que el pueblo en los momentos críticos responde positivamente, en defensa de la soberanía o de las conquistas sociales. Pero el socialismo no es una cosa de momentos críticos. Si no se gana la lucha cultural en la cotidianidad todo va hacia el fracaso.

¿Quién disputa ese espacio? Hoy por hoy resulta difícil, por lo menos en La Habana, pararte en la esquina de la cuadra a defender el comunismo. Empiezan las miradas atravesadas. Alguien dice que eres un comecandela. El tipo que está en el invento procura no cruzarse contigo, no vaya a ser… Hasta el que va mucho a los trabajos voluntarios comienza a resultar sospechoso.

Muchos izquierdistas defendemos nuestras ideas hoy en las redes sociales, en la academia, en las reuniones. ¿Pero cuántos nos dedicamos a construir esperanza desde la comunidad? Lo digo como crítica y autocrítica. Yo considero que en mi momento fracasé como dirigente de base en la FEU. Lo que hago ahora me parece útil, pero no olvido que el trabajo en el mundo físico, comunitario, organizacional, es indispensable para que haya socialismo. Ese trabajo, alguien tiene que hacerlo.

Para contactar con el autor: yasselpadron1@riseup.net

 

Este texto fue publicado originalmente en La Joven Cuba y su autor es Yassel A. Padrón Kunakbaeva. Se republica íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.