El programa de Instructores de Arte, la escuela, la idea, formaban parte del sueño de Fidel Castro de hacer de Cuba “el país más culto del mundo”. Pero ese proyecto —como el de Trabajadores Sociales y el de Maestros Emergentes— fue más ambicioso que la realidad.

De los 30 mil Instructores de Arte graduados en Cuba entre el 2004 y 2014 solo se encuentran desempeñando la profesión, ya sea en escuelas o en Casas de Cultura, 14 mil informó al parlamento cubano en julio de 2017 Liliam Mendoza, Presidenta de la Brigada José Martí (organización que reúne a los instructores de arte).

Frustraciones artísticas y/o profesionales, y problemas asociados con la captación y formación masiva –independientemente de las aptitudes artísticas reales– se encuentran entre las principales razones del éxodo masivo.

Por eso, ante la escasez de profesores, comenzó en silencio, en noviembre último, un nuevo programa de formación de Instructores de Arte con un total de 263 estudiantes en 8 de las 37 escuelas de arte del país.

El nuevo programa, que no va a satisfacer las necesidades del país, —según reconocen fuentes consultadas del Centro Nacional de la Enseñanza Artística (CneArt) y de la Brigada Nacional José Martí— es experimental, por lo que todavía está sujeto a cambios y se desconoce el camino que seguirá.

programa de instructores de arte

¿Porqué se agotó el programa de los años 2000? Foto: Tomada de ACN.

Saidier Piñeiro Ferrales se graduó en 2011 de Instructor de Arte en la especialidad de Plástica. Ahora tiene 25 años, vive en Bahía Honda en la provincia Artemisa y trabaja —por ironías de la vida— como pintor de brocha gorda en una brigada de mantenimiento en la Termoeléctrica Mariel. Él, como Niurka, o Yulian, forman parte de los más 15 mil Instructores de Arte que, por diferentes motivos, abandonaron su profesión.

Sadier inició el Servicio Social en la Escuela Primaria José Ramón López Tabranes hasta que —declara— “llegó el momento en que la cuenta no daba”. Por eso renunció pronto al oficio, y también porque “(…) tuve una decepción al encontrarme con el burocratismo, eso no era más que la cuna de la mediocridad. Solo me permitían desarrollar una vida como profesor, no como artista; mi progreso creativo y profesional no interesaba, y yo soy artista…”

Ese fue un dilema que estuvo presente desde el inicio mismo de la formación de los Instructores de Arte; aunque Fidel Castro afirmó en el discurso de graduación del primer curso de las EIA —el 20 de octubre del 2004 en Santa Clara— que no tenía por qué existir contradicción entre una función y otra, pues “no habría que mutilar la posibilidad de desarrollar su obra artística, si son capaces de cumplir con sus deberes como instructores de una escuela”; la realidad fue otra.

Durante todos esos años los instructores tuvieron vetado el acceso a las evaluaciones artísticas que generan los “avales” para ser considerado un artista profesional y cobrar por su obra; con algunas excepciones conseguidas por la insistencia de los jóvenes y la participación a profunidad (en batallas caso por caso contra la burocracia institucional del Ministerio de Cultura) de representantes de las asociaciones de jóvenes artistas (Hermanos Saíz) y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

O sencillamente, como explica Niurka Torres Hodelín, Instructora de Arte en la especialidad Teatro, “cuando te graduabas era que te dabas cuenta de la realidad: 8 horas cuidando niños, aulas, pruebas, incluso teníamos que cubrir a otros profesores de diferentes asignaturas, cuando estos faltaban, lo que no estaba dentro del contenido de nuestro trabajo; quizás un poco tarde supimos que nuestra vocación no era el magisterio, sino lo artístico”.

Hoy Niurka trabaja como coordinadora musical y colaboradora periodística en Radio COCO, después de haber estudiado también Comunicación Social en la Universidad de La Habana.

En el caso de Yulián Pérez  laboró como instructor de música durante cuatro años ahora se se desempeña como tractorista en la UBPC «Humberto Cárdenas» de Quemado de Guines en Villa Clara. Él le achaca a la desorganización la gran culpa de la decandencia de ese programa. “Me tuve que ir porque todo el mundo mandaba de manera diferente y estábamos en territorio de nadie. Ni pertenecíamos a Educación ni a Cultura, y los dos organismos querían que las cosas se hicieran a su manera. Me dolió porque era lindo el trabajo, sobre todo con los niños de primaria”, dice.

Saidier León, por su parte, se niega a abandonar su sueño, pinta en los ratos libres para no dejar morir al artista que lleva dentro y se comparte entre el trabajo en la Termoeléctrica Mariel y el Proyecto Arte Cubano II en La Habana, dedicado a educar a los niños en la apreciación de las artes visuales y dirigido por la profesora y pintora cubana Miosotis Rivacoba Mesa.

Saidier, graduado de Instructor de arte

Saidier explica uno de sus cuadros titulado El peso de la sonrisa. Foto de la autora.

De acuerdo con el informe presentado en noviembre en la VI reunión del Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) “con el acuerdo de los ministerios de Educación y Cultura se ha iniciado la formación con graduados de 12 grado en casi todas las provincias, teniendo en cuenta la deficiente formación profesional recibida por los que ahora están en ejercicio no solo en lo que atañe a las especialidades artísticas, sino sobre todo en lo referente a la función social del instructor como ente coordinador de esfuerzos, para poder detectar las fuerzas intelectuales o de diferentes saberes disponibles en cada comunidad”.

A diferencia del plan anterior, la formación actual tendrá una menor duración: en tres años cursarán talleres profesionales cuya línea fundamental está en el futuro trabajo comunitario y se prepararán de manera práctica en todas las especialidades: Danza, Teatro, Artes Plásticas y Música.

Una vez graduados, y a la par del cumplimiento de su servicio social, podrán realizar pruebas de ingreso a carreras universitarias y desarrollarse artísticamente según lo deseen.

Aparentemente, los problemas parecen estar resueltos, al menos aquellas trabas al desarrollo artístico. Sin embargo, de acuerdo con los graduados entrevistados, el problema fundamental no era la formación, sino el ejercicio profesional. Y ahí también el asunto del salario tiene su peso clave, no solo en la satisfacción de los educadores, sino en la sostenibilidad misma de un programa completamente subsidiado por el presupuesto estatal de un país con la economía precaria. Recuperar (y financiar) un plantel de 30 mil instructores no parece un plan realista ni para las autoridades que buscan recuperar el terreno perdido.

Dayán Moreno, uno de los jóvenes que inició en el nuevo programa en La Habana cuenta que, para él, las alternativas son dos: o te vas del país o estudias algo hasta que te puedas ir del país. “Yo no quiero ser Instructor de Arte, esto es un invento de aquí, y tampoco pude coger ninguna carrera en la Universidad. Así que, antes de meterme en problemas inventando en la calle o de estar trancado en mi casa con la presión de mis padres, mejor estudio en lo que resuelvo el problema”.

La primera iniciativa de las Escuelas de Instructores de Arte surgió en 1961 para hacer llegar la formación cultural a cada rincón del país. El programa culminó en 1969 debido a la carencia de recursos y se retomó indistintamente hasta que, en el año 2000, como parte de la Batalla de Ideas, surgieron las nueva EIA. A la altura de 2018, las perspectivas de este programa de perdurar en el tiempo, con calidad y sin cíclicas reactivaciones, no lucen muy promisorias.