Una mañana Onasis me llamó insistentemente para decirme que su padre había muerto en Cuba. Otra vez recibí un mensaje suyo sobre un trabajo que había conseguido en algún restaurante y en el que ganaba algo de dinero. Luego me llamó el día en que el Instituto Nacional de Inmigración holandés (IND) le concedió asilo político. Me escribió también cuando se mudó a una casa propia con su novio.

Meses antes nos habíamos conocido en el campamento AZC Leersum, a las afueras de Ámsterdam, durante un día fresco y largo en el que Onassis, después de una tanda estresante de entrevistas, cocinó un arroz congrí con bistec y vianda frita que yo agradecí tremendamente.

Desde entonces he pensado que Onasis ya ha vivido suficientes momentos importantes en Holanda: la muerte del padre, el primer empleo como emigrante, su casa fuera de un campamento, la condición de asilado. A eso agreguémosle los días alegres, los días tristes, las resacas, alguna fiebre, la gente que llega a la vida de uno y la gente que se va.

Cuando alguien ha vivido esas y otras cosas en un lugar durante una estancia determinada, no hay manera de que ese lugar no empiece a asumirse como propio. Se comienza a pertenecer a un sitio, más que todo, por la suma de cosas que te suceden en él. No por el tiempo transcurrido. En unos meses Onasis será, oficialmente, residente holandés, pero de algún modo ya había comenzado a serlo desde antes.

En su cuarto de AZC Leersum, que hasta hace varias semanas compartía con su pareja también cubano, Onasis Torres tiene una olla para cocinar arroz, varios platos, vasos y cubiertos, una bandera cubana de papel, una bandera LGBTI, dos carros de juguete, una litera, una imagen de la Virgen del Cobre, velas, varios girasoles, una mesa de trabajo y un estante con libros y tazas para el té o el café.

Acomodaron el cuarto lo mejor posible para que fuera agradable, porque no sabían el tiempo que tendrían que permanecer en él. En el mismo piso donde se encuentra el cuarto, hay un espacio para lavado, un baño que comparten con emigrantes de muy distintos países, y una cocina amplia también compartida, con grandes ventanas de cristal.

Onasis es esencialmente tímido y cariñoso. Me llama amiga. Dice que me vaya unas vacaciones a su casa de Holanda. Yo le digo que algún día regresaré. En mi reciente viaje a Cuba, fui a conocer a su madre en la casa de la calle Genes, municipio de Cárdenas. Niurka Fernández vende en el pueblo lo que le caiga en manos. Tiene 50 años, varios achaques encima, y su mayor y único miedo es morirse sin volver a ver a Onasis.

«Esta es su casita», me dice en cuanto pasamos a la sala. Le pregunto qué siente una madre cuando su hijo ya no está en casa. «Ay, mija, no me menciones eso», responde.

Niurka cuenta que Onasis, desde muy pequeño, quería irse de Cuba. «Es que él no encajaba aquí. Como madre nunca hubiese querido que se fuera, pero si era su deseo y quería echar pa’ alante, bueno».

Onasis en Cárdenas trabajaba como asistente de enfermería en el hospital del municipio. A los 17 años comenzó a tener sexo con otros hombres y poco después se encargó de que todo el mundo supiera que era homosexual. Niurka lo aceptó desde el primer momento: «¿Qué le íbamos a hacer?», me dice. «Nadie es perfecto».

No obstante, su tío materno se la puso más difícil. Onasis no olvida, no olvidará ya, una noche hace diez años en la que estaba teniendo sexo en una explanada oscura y desierta. Solo había un asta y una bandera, y a los pies de la bandera Onasis besaba y penetraba y se dejaba penetrar, cuando su tío llegó de repente en su carro, encendió las luces, lo sorprendió y le cayó a palos. Onasis tenía 20.

Luego la familia insistió en que Onasis tuviera un hijo. Fue tanta la presión que salió otra noche a la discoteca, conoció a una muchacha, se acostaron y la muchacha salió embarazada. De ahí nacería Enmanuel Leonardo Torres. El padre de la chica, un conocido presidiario del pueblo, amenazó con que había que celebrar una boda en 15 días. Y la boda se hizo.

Onasis confiesa que siguió teniendo relaciones con hombres a escondidas. A ella le decían que Onasis era gay, pero no le importaba. Duraron un año. Hoy Enmanuel, a punto de cumplir 11, llama a Onasis a Ámsterdam por la aplicación IMO y le dice que quiere aprender holandés para irse a vivir con su papá.

Onasis tiene desde niño sueños reiterados donde se ve en los Estados Unidos. Nunca ha visitado el país, pero Onasis puede incluso llegar a decir que conoce muy bien la ciudad de Miami.

A veces se levanta cansado en las mañanas porque se pasó la noche soñando que caminaba y caminaba por largas carreteras de Estados Unidos, y veía grandes edificios, y grandes casas, y tenía también su propia casa allí, y un carro, y se iba de compras.

En la realidad, por su parte, Onasis intentó cinco veces cruzar en lanchas caseras el Estrecho de la Florida, pero ninguna de las cinco veces resultó.

Onasis no emigró por motivos estrictamente económicos. Las razones fueron otras. Niurka recuerda que en varias ocasiones la policía les tocó la puerta por dos banderas que Onasis tenía colgadas en el techo de la casa, una de Estados Unidos y otra de Canadá. Varias veces también fue amenazado por las autoridades cubanas por participar en la campaña “Nosotros También Amamos”,a favor del matrimonio igualitario en el país. En una oportunidad terminó en la estación de policías por repartir volantes de la campaña en la calle Real, avenida principal de Cárdenas.

Hay unas fotos en las que Onasis aparece con la cabeza ensangrentada y suturada. Son la confirmación de una noche en el anfiteatro de Varadero en la que estaba reunido con un grupo de amigos, y aparecieron varios hombres y les dieron con palos a todos. Luego llegó la policía y los llevaron al puesto médico. «Yo estoy seguro de que fueron ellos mismos», dice Onasis.

Esa agresión en el anfiteatro de Varadero selló todo. Cuando Onasis se enteró de que cientos de cubanos estaban comprando su vuelo a Rusia y pidiendo refugio en los Países Bajos durante una escala en Ámsterdam, demoró solo dos semanas en irse. Si le preguntas a Onasis qué llevaba en su mochila el día de la partida, te dirá que dos pulóveres, dos shorts, tabletas de Dipirona, Kogrip, Amoxicilina y Salbutamol.

En Schiphol, el principal aeropuerto holandés, Onasis le dijo a su novio: «Víctor, vamos a relajarnos, dejemos que se vaya el avión y tomémonos unas cervecitas». Luego preguntaron dónde quedaba el buró de inmigración y solicitaron asilo político.

El IND recibió las fotos que Onasis cargaba consigo, las citaciones a la policía, e incluso, más tarde, una carta que las autoridades le dejaron a Niurka por debajo de la puerta de la casa y que dice que el ciudadano Onasis Torres Fernández, en caso de arribar de nuevo a su país, sería considerado “traidor a la Patria”, un crimen que puede llegar a pagarse con la pena máxima, tal como sostiene el artículo 3 de la Constitución cubana.

Por su parte, el instituto holandés negó dos veces su caso, alegando que no tenían confirmación de la historia, si era verdadera o no, a pesar de las pruebas presentadas. Finalmente, el día 13 de diciembre de 2018, a la 1:39 de la tarde, Onasis recibió un breve correo de su abogado, Carlien Stassen, que decía: «Estimado Onasis, en el Anexo encontrará la decisión positiva del IND. Estoy muy feliz por ti».

Tras la aprobación, Onasis recibió 1260 euros como compensación por la respuesta demorada de las entidades migratorias. Próximamente, además, Onasis tendrá una casa asignada y 3500 euros para amueblarla. A su novio, también aprobado por el IND, le dieron otra casa y viven ahí por ahora.

Los días de Onasis en Holanda son aburridos, más que todo. Se levanta, revisa el teléfono, compra algo de comida, cocina platos cubanos, vuelve a revisar el teléfono, ve alguna película, teléfono de nuevo, se duerme. Incuba, mientras, un propósito: quiere convertirse en asistente de enfermería.

De Holanda, a Onasis le gusta el frío y le gusta que podría darle un beso en la boca a un hombre en cualquier sitio sin que pase nada. No le gusta, en cambio, la comida, y no le gusta que su madre está muy lejos. De Holanda, a Niurka le gusta que no ha oído malas noticias del país en ninguno de los canales de las televisoras de Miami que ella consume religiosamente. Y no le gusta lo lejos que está su hijo.

A veces en las madrugadas, según cuenta, Niurka se la pasa sentada al pie de la puerta que da a la calle como esperando que Onasis llegue de la discoteca. También lo llama de vez en vez para recordarle que cuando salga de fiesta en ese país lejano que es Holanda, y beba toda la noche, por favor no se acueste bocarriba, que es malo, que se puede atorar, que se cuide.

Onasis obedece y, es un hecho, jamás se duerme bocarriba.

Este texto fue publicado originalmente por la revista digital El Estornudo, como parte de su Especial sobre emigración cubana en Europa. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.